jueves, 26 de marzo de 2009
miércoles, 25 de marzo de 2009
Candombe contra el Golpe (I)
Me sorprendió la cantidad de grupos afro (de distinto tipo) que participaron este año en la marcha contra el inicio de la última dictadura militar. Además de las danzarinas afro que salieron, por cuarto año consecutivo, convocadas por Oduduwa y al son de los tambores de la Chilinga, también participaron tres cuerdas de candombe y los miembros del Movimiento Afrocultural y de Alabasé danza de orixás.
Aquí, las integrantes de la comparsa de mujeres Iyákereré muestran como invocar a la justicia con tambores.
domingo, 22 de marzo de 2009
Inmigrantes africanos en Página 12
Definitivamente, los medios argentinos descubrieron a los inmigrantes africanos. Ya subí al blog varias notas al respecto; ahora le toca a la nota del diario Página 12.
El portafolios es la herramienta para pasar desapercibido y vender en los bares. Pero se vende menos. Foto: Página 12
Página 12, domingo 22 de marzo de 2009
EL COTIDIANO DE LOS VENDEDORES AMBULANTES AFRICANOS
Por la calle y con la piel negra
Por Emilio Ruchansky
Son refugiados y sufren el desarraigo de lengua y costumbres. Encontraron un rebusque que parecía viable y entonces se toparon con la policía. Y con la curiosa situación de una discriminación tal que ni coimas quieren cobrarles.
Desde que comenzaron a refugiarse en Buenos Aires, a mediados de los ’90, los inmigrantes africanos se las arreglaron para subsistir entre la negligencia de la burocracia local y el racismo. Algunos vendieron remeras o artesanías en madera y plata; otros trabajaron en la construcción, padecieron la explotación y los accidentes laborales. Hasta que un día los distribuidores de baratijas del barrio de Once captaron esta mano de obra desesperada ofertándole revender relojes y bijouterie enchapada en oro. Y estos inmigrantes, que poco entienden del castellano rioplatense, recorrieron la calle con relativo éxito... hasta que se toparon con la policía. “Al principio, los oficiales nos cobraban coima o nos pedían algo de la mercadería”, confió a Página/12 un vendedor liberiano a cambio de mantener su anonimato. “Pero desde diciembre vienen uno tipos vestidos de civil, que son de la Brigada, y nos echan. Dejan que todo el mundo venda y a nosotros nos exigen un permiso, ¿de qué permiso están hablando? Si nadie lo tiene. Y a diferencia de los demás, a nosotros no nos aceptan la coima”, se quejó el joven, parado sobre la vereda de la calle Brasil, en la estación Constitución, con su paraguas rojo lleno de anillos y pulseras.
Por el momento, este refugiado no se quiere resignar a pasearse con la mercadería en un maletín y ofrecerla en bares, como hacen muchos de los inmigrantes africanos del barrio de Constitución. “Esa es la forma más segura de que no te agarre la policía, pero ganás menos plata”, apuntó. El cambio del paraguas al maletín comenzó a mediados de año, cuando los uniformados que recorren Constitución los obligaron a él y a otros inmigrantes a “circular”, sin dejar de garronearles plata o relojes, según denunció el vendedor. Los que la pasan peor, reconoció, son los que tienen un documento provisorio (más conocido como “la precaria”); él ya consiguió el DNI argentino y vive en Buenos Aires hace cinco años.
Desde que llegó, sólo recibió ayuda de la Comisión Católica, que maneja los fondos del Acnur, el organismo de la ONU que asiste a los refugiados. Ahora le dan 150 pesos y le costean sus estudios de Gastronomía. “Acá no estoy mejor que en mi país, no tengo plata ni trabajo. La gente es muy racista o me toma como estúpido”, se lamentó el hombre y en seguida aclaró lo de “estúpidos” con esta paradoja: “Muchos creen que el oro que vendemos lo traemos de Africa, imaginate. No vendo nada que cueste más de 18 pesos, pero algunos clientes pagan un anillo y se lo llevan a casa para probar si es de oro. Y después te lo devuelven enojados. ¿Cómo pueden pensar que vamos a vender oro macizo por esa plata?”.
Es evidente que los distribuidores de baratijas del barrio de Once tuvieron en cuenta la ignorancia y las fantasías del público respecto de los inmigrantes africanos, este vendedor no lo niega. Mal que bien, cientos de refugiados o peticionantes de refugio de Senegal, Nigeria, Libia, Mali, Camerún y Ghana se las siguen arreglando para sobrevivir con la venta de bijouterie. El problema viene cuando les confiscan una y otra vez la mercadería: los maletines llenos se compran a 500 pesos y nadie les fía.
Curtidos
Los policías llaman a la fiscalía, que muchas veces autoriza el procedimiento, y a los vendedores se les labra un acta por infringir el artículo 83 del Código Contravencional, que sanciona las actividades con fines de lucro en espacio público cuando no están autorizadas. “Es muy importante aclarar que esta norma no tiene validez cuando la venta es para la mera subsistencia y se trata de baratijas”, explicó Malena Derdoy, abogada del Colectivo para la Diversidad (Copadi).
Luego, el acta recorre los vericuetos de la Justicia Contravencional porteña. Allí, comprueban que no se puede aplicar el artículo 83 y que, en todo caso, se trata de una falta porque los refugiados no tienen permiso para vender. En el apartado 4.1.2 del Código de Faltas, referido al tema, se establece que “el/la que venda mercadería en la vía pública sin permiso o en infracción con la autorización otorgada será sancionado con una multa de entre 50 y 1000 pesos y el decomiso de la cosas”.
Normalmente, a los refugiados se les impone la multa mínima y “de apelar esta medida, la causa vuelve a la Justicia Contravencional. El problema es que durante todo el proceso la mercadería permanece incautada”, señaló Derdoy, “además, no hay un ente que dé permiso para vender en la calle”. La Copadi asesoró y resolvió varios casos similares que, en general, no llegan a juicio. Sin embargo, uno de ellos incluyó un arresto por “resistencia a la autoridad” y el caso fue enviado en enero a la sala de feria de la Cámara del Fuero Contravencional, donde los abogados de la Copadi presentaron un recurso de apelación por “Racismo y Xenofobia del Ministerio Público y la Policía Federal en Aplicación del Código Contravencional”.
Este caso involucra a tres personas de origen senegalés que sufrieron el acoso policial por vender baratijas “en el mercado de la gente humilde”, como expresó Derdoy durante su charla con Página/12. Lo que se denuncia es la “selectividad” policial y el uso de la fuerza, permitida por el fiscal de turno, hacia los refugiados africanos que recorren los barrios de Constitución, Once, Liniers y Palermo. La fiscalía aseguró que no “existe persecución a personas de determinadas características, sino que este tipo de casos se abre contra un grupo grande de gente”.
La respuesta de la apelación es contundente. “La afirmación de inexistencia de xenofobia y racismo en base a estos argumentos es contraria a derecho, ya que, como consigna el derecho vigente, no es necesario acreditar o probar una intención o móvil discriminatorio a los fines de configurar jurídicamente un caso de discriminación, sino sólo un resultado discriminatorio.” La apelación fue rechazada de inmediato, y ahora los abogados de la Copadi planean enviar la causa al Tribunal Superior de Justicia porteño.
En Constitución, el joven liberiano consultado por este diario contó que cada vez que los integrantes de la Brigada lo echan, camina un par de cuadras y vuelve al mismo lugar. “La verdad es que no me queda otra”, admitió el refugiado. En los últimos meses le confiscaron la mercadería “dos veces”, dijo, reafirmando con los dedos. “Y eso que ya tenemos muchos problemas como para que nos persiga la policía por ser negros”, agregó. La venta de baratijas le deja entre 500 o 700 pesos por mes y encima, a la hora del regateo, se banca “esas cosas estúpidas” que dicen los racistas. “Me gritan negro de mierda, como mínimo.”
Desde que comenzaron a refugiarse en Buenos Aires, a mediados de los ’90, los inmigrantes africanos se las arreglaron para subsistir entre la negligencia de la burocracia local y el racismo. Algunos vendieron remeras o artesanías en madera y plata; otros trabajaron en la construcción, padecieron la explotación y los accidentes laborales. Hasta que un día los distribuidores de baratijas del barrio de Once captaron esta mano de obra desesperada ofertándole revender relojes y bijouterie enchapada en oro. Y estos inmigrantes, que poco entienden del castellano rioplatense, recorrieron la calle con relativo éxito... hasta que se toparon con la policía. “Al principio, los oficiales nos cobraban coima o nos pedían algo de la mercadería”, confió a Página/12 un vendedor liberiano a cambio de mantener su anonimato. “Pero desde diciembre vienen uno tipos vestidos de civil, que son de la Brigada, y nos echan. Dejan que todo el mundo venda y a nosotros nos exigen un permiso, ¿de qué permiso están hablando? Si nadie lo tiene. Y a diferencia de los demás, a nosotros no nos aceptan la coima”, se quejó el joven, parado sobre la vereda de la calle Brasil, en la estación Constitución, con su paraguas rojo lleno de anillos y pulseras.
Por el momento, este refugiado no se quiere resignar a pasearse con la mercadería en un maletín y ofrecerla en bares, como hacen muchos de los inmigrantes africanos del barrio de Constitución. “Esa es la forma más segura de que no te agarre la policía, pero ganás menos plata”, apuntó. El cambio del paraguas al maletín comenzó a mediados de año, cuando los uniformados que recorren Constitución los obligaron a él y a otros inmigrantes a “circular”, sin dejar de garronearles plata o relojes, según denunció el vendedor. Los que la pasan peor, reconoció, son los que tienen un documento provisorio (más conocido como “la precaria”); él ya consiguió el DNI argentino y vive en Buenos Aires hace cinco años.
Desde que llegó, sólo recibió ayuda de la Comisión Católica, que maneja los fondos del Acnur, el organismo de la ONU que asiste a los refugiados. Ahora le dan 150 pesos y le costean sus estudios de Gastronomía. “Acá no estoy mejor que en mi país, no tengo plata ni trabajo. La gente es muy racista o me toma como estúpido”, se lamentó el hombre y en seguida aclaró lo de “estúpidos” con esta paradoja: “Muchos creen que el oro que vendemos lo traemos de Africa, imaginate. No vendo nada que cueste más de 18 pesos, pero algunos clientes pagan un anillo y se lo llevan a casa para probar si es de oro. Y después te lo devuelven enojados. ¿Cómo pueden pensar que vamos a vender oro macizo por esa plata?”.
Es evidente que los distribuidores de baratijas del barrio de Once tuvieron en cuenta la ignorancia y las fantasías del público respecto de los inmigrantes africanos, este vendedor no lo niega. Mal que bien, cientos de refugiados o peticionantes de refugio de Senegal, Nigeria, Libia, Mali, Camerún y Ghana se las siguen arreglando para sobrevivir con la venta de bijouterie. El problema viene cuando les confiscan una y otra vez la mercadería: los maletines llenos se compran a 500 pesos y nadie les fía.
Curtidos
Los policías llaman a la fiscalía, que muchas veces autoriza el procedimiento, y a los vendedores se les labra un acta por infringir el artículo 83 del Código Contravencional, que sanciona las actividades con fines de lucro en espacio público cuando no están autorizadas. “Es muy importante aclarar que esta norma no tiene validez cuando la venta es para la mera subsistencia y se trata de baratijas”, explicó Malena Derdoy, abogada del Colectivo para la Diversidad (Copadi).
Luego, el acta recorre los vericuetos de la Justicia Contravencional porteña. Allí, comprueban que no se puede aplicar el artículo 83 y que, en todo caso, se trata de una falta porque los refugiados no tienen permiso para vender. En el apartado 4.1.2 del Código de Faltas, referido al tema, se establece que “el/la que venda mercadería en la vía pública sin permiso o en infracción con la autorización otorgada será sancionado con una multa de entre 50 y 1000 pesos y el decomiso de la cosas”.
Normalmente, a los refugiados se les impone la multa mínima y “de apelar esta medida, la causa vuelve a la Justicia Contravencional. El problema es que durante todo el proceso la mercadería permanece incautada”, señaló Derdoy, “además, no hay un ente que dé permiso para vender en la calle”. La Copadi asesoró y resolvió varios casos similares que, en general, no llegan a juicio. Sin embargo, uno de ellos incluyó un arresto por “resistencia a la autoridad” y el caso fue enviado en enero a la sala de feria de la Cámara del Fuero Contravencional, donde los abogados de la Copadi presentaron un recurso de apelación por “Racismo y Xenofobia del Ministerio Público y la Policía Federal en Aplicación del Código Contravencional”.
Este caso involucra a tres personas de origen senegalés que sufrieron el acoso policial por vender baratijas “en el mercado de la gente humilde”, como expresó Derdoy durante su charla con Página/12. Lo que se denuncia es la “selectividad” policial y el uso de la fuerza, permitida por el fiscal de turno, hacia los refugiados africanos que recorren los barrios de Constitución, Once, Liniers y Palermo. La fiscalía aseguró que no “existe persecución a personas de determinadas características, sino que este tipo de casos se abre contra un grupo grande de gente”.
La respuesta de la apelación es contundente. “La afirmación de inexistencia de xenofobia y racismo en base a estos argumentos es contraria a derecho, ya que, como consigna el derecho vigente, no es necesario acreditar o probar una intención o móvil discriminatorio a los fines de configurar jurídicamente un caso de discriminación, sino sólo un resultado discriminatorio.” La apelación fue rechazada de inmediato, y ahora los abogados de la Copadi planean enviar la causa al Tribunal Superior de Justicia porteño.
En Constitución, el joven liberiano consultado por este diario contó que cada vez que los integrantes de la Brigada lo echan, camina un par de cuadras y vuelve al mismo lugar. “La verdad es que no me queda otra”, admitió el refugiado. En los últimos meses le confiscaron la mercadería “dos veces”, dijo, reafirmando con los dedos. “Y eso que ya tenemos muchos problemas como para que nos persiga la policía por ser negros”, agregó. La venta de baratijas le deja entre 500 o 700 pesos por mes y encima, a la hora del regateo, se banca “esas cosas estúpidas” que dicen los racistas. “Me gritan negro de mierda, como mínimo.”
SOCIEDAD
El hotel de los africanos
Por Emilio Ruchansky
El hotel de los africanos
Por Emilio Ruchansky
El hotel, que más bien es un conventillo, está a media cuadra de Bolivia y Avellaneda, en el barrio porteño de Flores. Allí van a parar muchos refugiados recién llegados de Africa por obra y gracia de la Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones (Fccam), que maneja los fondos destinados por la Acnur a los refugiados. Página/12 fue en compañía de Nengumbi Celestín Sukama, un congoleño que llegó en el ’95 e integra la Asociación por los Derechos Civiles (ADC) y el foro afro del Instituto Nacional contra la Discriminación (Inadi).
Allí, el anfitrión es un joven nigeriano que llegó al país una semana atrás. La cocina y los baños son compartidos (con inodoro y ducha juntos), hay mucho olor a humedad en los cuartos con paredes descascaradas y pisos de madera. Algunos tienen camas marineras con colchones de goma espuma, otros camas matrimoniales. El ambiente es sombrío y los refugiados reciben a la visita con cautela. Sukama les explica que la intención es conocer cómo viven. Entonces se arma un especie de reunión sobre el piso de uno de los cuartos, lleno de ollas y trastos de cocina. De fondo suena el único CD que tienen: los grandes éxitos de Bob Marley.
A la reunión asisten el nigeriano, dos senegaleses y un hombre de Guinea Bissau, que no tiene mucho interés en hablar. Son todos menores de edad. “Los africanos quieren trabajar, quieren papel”, dice en castellano uno de los senegaleses, el más experimentado y desconfiado, que invita mate dulce. Su compatriota agrega en francés: “Tuvimos muchos problemas, mucho sufrimiento”. Ambos se conocieron en el hotel y de vez en cuando, durante la charla, cruzan frases en uolof, lengua mayoritaria en Senegal. El más experimentado ya vende baratijas desde hace seis meses. “Por ahora, no problema”, asegura. Sukama sonríe y le responde: “La discriminación se ve con el tiempo”.
“Yo estudié para enseñar francés, pero no conseguí trabajo”, dice el otro senegalés, que llegó hace dos meses en barco y no quiere contar cómo viajó porque “duele mucho volver a contarlo”. “No tenemos amigos, ni familia acá. Necesitamos ayuda, queremos trabajo y si hubiera oportunidad de seguir estudiando me gustaría hacerlo”, sigue contando. Sukama les comenta que la comunidad senegalesa en Buenos Aires es grande y muy unida, que cuando la policía los agrede o les roba la mercadería juntan dinero para reponerla. Los dos compatriotas escuchan contentos.
Sukama se toma un tiempo para contarles su propia vida, la de un inmigrante ya radicado, con un título en Administración de Empresas, que habla inglés, francés y español, y constantemente se capacita, aunque todavía no consiguió un trabajo fijo. Después tantea en qué estado legal están, si tiene “la precaria”, si estudian castellano en el lugar que provee la Fccam. Todos responden afirmativamente.
A la salida, Sukama explica que la decisión del Acnur de utilizar una fundación católica para administrar el dinero que reciben los refugiados es llamativa. “En Australia este trabajo lo hace la Cruz Roja y el dinero se deposita en el banco. La Cruz Roja nunca toca el dinero destinado a los refugiados, sólo hacen la logística”, ejemplifica. La Fccam se hace cargo de la ayuda mientras su solicitud de refugio es analizada en el Cepare (el Comité de Elegibilidad para los Refugiados), órgano dependiente del gobierno nacional.
En ese ínterin que dura como mínimo un año, los peticionantes de refugio tienen derecho de permanecer legalmente el país, trabajar, acceder a la salud y a la educación pública. Cada tres meses deben renovar sus documentos provisorios. “El problema es que les dan 400 pesos por mes durante cuatro o seis meses. Y después les dan 1000 pesos de una vez y les suspenden la ayuda”, explica Sukama. Cuando él llegó al país, a mediados de los ’90, los refugiados africanos recibían 200 pesos mensuales, de los que se descontaban 150 para pagar el alojamiento. “Y te largaban a la calle, con esos 50 pesos –recuerda–. Nos decían: ‘arreglate’”. Y en eso está desde que llegó a la Argentina.
Fuente de la nota y foto:
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/121917-38888-2009-03-22.html
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sábado, 21 de marzo de 2009
Día Mundial de la Eliminación de la Discriminación Racial (ONU)
Contra el racismo y las cadenas que no se rompenPor (Mãe) Susana Andrade (de Oxum)
Por siglos desde las conquistas en América se pregonó que valíamos menos, y nuestras costumbres. Tanto que hasta nosotros lo creímos.
Importante recordar cómo surge la conmemoración del 21 de marzo Día Internacional contra la Discriminación Racial, y no lo haremos sin nombrar al apóstol sudafricano adalid mundial en la lucha pacífica contra el racismo; Nelson Mandela. Esa fecha en 1960 en la ciudad de Johanesburgo, capital de África del Sur, 20 mil sudafricanos negros protestaban contra la llamada “Ley de pase” que los obligaba a portar tarjetas de identificación especificando los lugares por donde podían circular. En el barrio de Shaperville, los manifestantes se enfrentaron con tropas del ejército que aún siendo una manifestación pacífica tiró sobre la multitud matando a 60 personas e hiriendo a más de 180. Esta acción fue conocida como la “Masacre de Shaperville”. En memoria de la tragedia, la ONU -Organización de las Naciones Unidas- instituyó el 21 de marzo como Día Internacional de Lucha por la Eliminación de la Discriminación Racial en 1966. El racismo es una flagrante violación a los derechos humanos existente desde hace mucho tiempo y a la que hoy todavía se enfrentan millones de personas en el mundo. Erradicar este mal supone comprender que existe una sola raza y es la humana. Reflexionando sobre este día relataré algunos hechos llamativos contenedores de mensajes vinculados a la discriminación por el origen étnico y el color de la piel.
1) Descubrimos gratamente que el libro uruguayo de 4to año 2009 de Primaria: Ciencias Sociales - Editorial Rosgal, de Ignacio Cassi y Elina Rostán, al hablar de la contribución africana a la identidad uruguaya dice así: “Otro aporte está relacionado con la religión. Los esclavos africanos obligados a cristianizarse, tomaron imágenes católicas y le dieron el significado de sus dioses africanos. Es así como aparece Oxalá como imagen de Jesús. Hoy estas imágenes son centrales en la Umbanda, religión con muchos adeptos en Uruguay”. Frases breves que marcan un avance sustantivo en la comprensión colectiva del tema al reconocer a la religión Umbanda, mística de la cultura africana que a pesar de todos los pesares se conserva hoy día en nuestro país, forma parte del patrimonio intangible y de nuestra preciada diversidad cultural.
2) En el Museo Histórico Nacional-Casa de Rivera, acompañado por la Intendencia y el Foto Club de Artigas el Dr. En medicina y fotógrafo profesional artiguense Martín Sánchez Vera, inauguró junto a autoridades de gobierno, académicos, cuerpo diplomático y organizaciones culturales, la exposición fotográfica “Una mirada desde la orilla” sobre fotos de ofrendas a la Orixá africana Yemanjá en el río Cuareim los dos de febrero en el departamento fronterizo. Estuvimos cantando canciones rituales del mar y tocando el atabaque sobre el piso de piedra donde en 1821 sucedió el hecho trágico de la muerte de la esclavista Celedonia Wich de Salvagnac, a manos de sus siervas Encarnación y Mariquita ahorcadas luego en Plaza Matriz. Las esclavas del Rincón, en vida día a día castigadas salvajemente por su ama a latigazos hasta dejarles en carne viva, escucharon los tambores de liberación desde el além.
3) En el Brasil, la Iglesia Universal del Reino de Dios IURD fue condenada por el Ministerio Público y Fiscal en San Pablo por ofensas religiosas a los cultos afro en televisión. Red Record y TV Gazeta, deberán pagar cuantiosas sumas de dinero como indemnización. El fallo judicial íntegro y la noticia pueden verse en la web del organismo público: http://www.prsp.mpf.gov.br/noticiasindice.htm Vale la pena repasar algo textual para Uruguay: 06/03/09- Programas de las emisoras utilizan hace años expresiones que discriminan a las religiones de matriz africana. MPF quiere que Record y Gazeta no demonizen más las religiones afro. La Procuradora Regional de los Derechos del Ciudadano, Adriana da Silva Fernández, autora de la acción civil, verificó que programas transmitidos por las dos emisoras utilizan palabras ofensivas contra las religiones de matriz africana, como “encosto”, “demonios”, ”espíritus inmundos”, “hechicería”, entre otras, y siempre intercalándolas con el vocablo “macumba”. “El abuso practicado por los canales de tv contraría la dignidad de la persona humana, así como los propios objetivos de construcción de una sociedad libre, justa y solidaria, basada en la promoción del bienestar de todos, sin preconceptos de origen, raza, sexo, color, edad y cualquier otra forma de discriminación”. “Record y Gazeta son responsables por las ofensas a las religiones de matriz africana proferidas reiteradamente por los programas religiosos emitidos en su programación”, resaltó Adriana Fernández.
4) Llegó a mi teléfono celular en dos oportunidades; como tantas cadenas que no se pueden “cortar” pues la superstición dice que se interrumpen las bendiciones que pretenden enviar; una oración o similar sobre el Espíritu Santo, concepto religioso respetable en sí mismo proveniente de la idiosincrasia cristiana. El cuento es interesante pues ambos mensajes eran de mujeres negras que creen en la religión afro. Tan es así que a una de ellas ciertamente activista social y practicante de la fe africanista le contesté sin ánimo confrontativo aunque marcando mi posición al respecto: “Yo creo en los Orixás” en referencia a las deidades o energías de la naturaleza veneradas por los pueblos del África. Que se entienda: no digo que mis concepciones espirituales sean mejores, digo que son mías y distintas al orden establecido. Es una cuestión de coherencia y fidelidad con la cultura subvaluada que procuramos recuperar plenamente y nada más. Comenté lo sucedido a Julio Kronberg mi esposo y compañero de tarea social y junto al cuento, amagué una justificación más para mí que para mis amigas diciendo: -“Es que no quieren romper las cadenas”, aludiendo a los mensajes de texto. Y él, desde su rubio-ceniciento cabello y piel rosada respondió: -“Justamente”, hablando de las cadenas ideológicas del sistema esclavista que aún cuesta romper.
Las situaciones son de por sí ilustrativas. Cada cual, si lo desea, puede sacar sus conclusiones.
Las situaciones son de por sí ilustrativas. Cada cual, si lo desea, puede sacar sus conclusiones.
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viernes, 20 de marzo de 2009
Perreo versión reloaded
Debo confesar que dudé acerca de si postear o no esta nota que apareció en el suplemento Si de Clarín de hoy. Si uno pensaba que el reggaeton y el "perreo" eran, como mínimo, "políticamente incorrectos" ahora llega la versión dancehall jamaiquina, y como siempre para la isla, reloaded. Van abajo direcciones de youtube donde se lo puede ver en acción, en versiones "light" (?) y hard (sin comillas). En esta última, me costó llegar al final (será "sólo un baile" pero hay demasiadas referencias a violencia de género -implícitas o explícitas) .... En fin, el artículo y los videos sirven para pensar en temas como relativismo cultural, características o estereotipaciones de la danza afroamericana, relaciones (asimétricas) de género, etc. etc. Sin duda, es parte de la "experiencia cultural afroamericana"...
Suplemento Sí, diario Clarín, 20 de marzo de 2009Con el cuchillo entre los dientes
En Jamaica, las radios tienen prohibido pasar Daggering o "La Puñalada", un ritmo que se baila en llamas.
Por Mariano Del Aguila
Si se ha armado algún escandalete por el perreo, el pasito más caliente del reggaetón del que dicen cosas como "eso es sexo con ropa", más de uno caerá de espaldas cuando chequeen este baile llamado "La puñalada", afilado en las pistas de Jamaica. Una nueva coreografía combustible al compás del dancehall y en la senda de la lambada, el baile funk y el perreo (o el "perreo chacalonero", su versión cachivache). Explícito, atlético, sexual y hasta rídiculo, ha copado los clubes y bailes callejeros donde los DJs tiran pistas incendiarias desde sus soundsystems.
Hace unas semanas, el organismo de radiodifusión de la isla decidió prohibir las canciones que hagan referencia al daggering y también ordenó sacar de la pantalla los videoclips. ¿Qué es? En la isla, "daggerin" es el slang que se usa para hablar de sexo fuerte, y también se refiere a bailar y girar en una manera agresiva.
Los temas que levantaron polvareda fueron Dagga Me Nuh (Queen Paula), Kill Her wid di Daggerin ( Natalie Storm) pero el que detonó la controversia es 100 Stabs (de Aidonia), que habla de "apuñalar" sexualmente a una mujer, cien veces en un minuto. Sí, suena a demasiado... Pero no es la primera vez que artistas de dancehall como Bennie Man, Vibz Cartel o Sizzla recibe críticas porque sus líricas son tildadas de machistas (y en ocasiones homofóbicas). También le ocurre al Soca caribeño, ese calipso más uptempo: que se ha vuelto repetitivo, en programaciones y en líricas (que sólo hablan del cuerpo de la mujer).
Hagamos un pantallazo (o mejor una pantallita) en YouTube: con la violenta intensidad del krumping y la hiper sensualidad del perreo, las parejas de bailarines coreografían sexo sin sábanas, por momentos al borde de la parodia del sexo y ¡hasta con utilería! Mientras se zamarrean, algún aliado acerca una silla o una escalerita para practicar el salto del tigre (chequear en YT el delirante Dagga Fi Di Gyal..., con DJ Skerrit Bwoy, en el club Xpose). En el caribeño Daggering, el hit comercial de Mr Vegas, sólo se lo baila en cámara lenta... . Finalmente, Bend Over, es un temazo de la dupla de productores RDX, que no para de generar remixes: el video original tiene intensidad & glamour caribeño.
"Si los niños se enteran de lo que 'daggerin' quiere decir, es que fuimos demasiado lejos", comentó el editor del Guyana Music Arts, un blog especializado en el género que, por supuesto, trasciende el Caribe. "Cuando Akon dice 'fuck you', nadie dice nada al respecto", escribe otro lector. "Puede ser brutal, pero aunque lo prohiban, la gente lo seguirá bailando", comenta Janiz, una chica que se prendió en las discusiones en foros de reggae.
Con la polémica y la prohibición vigente, el ritmo no para de difundirse. Ahora, los valientes (y los calientes) se ponen a entrenar y a practicar frente el espejo. ¿O en la cama?
Fuente de la nota y foto: http://www.si.clarin.com/2009/03/20/home/01880642.html
Versiones "light" (?) en:
Versión hard (cuidado almas sensibles):
jueves, 19 de marzo de 2009
Jornada contra el Desalojo del Movimiento AfroCultural
Sábado 21 de marzoJornada contra el desalojo del Movimiento AfroCultural
Pueblos Originarios y afrodescendientes decimos
¡Basta de racismo!
¡BASTA de desalojo permanente y genocida!
Ante la notificación intimando al desalojo, y la falta de respuestas para la reubicación, el Movimiento Afrocultural convoca a la sociedad a participar el sábado 21 de Marzo, a las 16 hs de la Jornada Contra el Desalojo, que se realizará en nuestra sede, Herrera 313, Barracas.
Ahora más que nunca necesitamos de la solidaridad y el apoyo de todos los sectores, para que se sumen a esta lucha que no es sólo nuestra ni solamente por un espacio, sino contra la opresión y el genocidio que lleva más de 500 años, contra la imposición de una cultura sobre otra, contra el exterminio de la diversidad.
Actividades de la Jornada Contra el Desalojo:
16 hs hs. Apertura
16:30 hs. Rueda de niños/as
17:30 hs. Proyección
“Até Oxala vai a Guerra”
18:45 hs. Charla Debate
Con referentes de la cultura
20:30 hs Danza
21 hs Roda de capoeira angola (Grupo Liberación Capoeira Angola y grupos invitados)
22:30 hs. Guaia mestiza - Música Afrocolombiana
23:15 hs. Candombe Bonga Fusión Latina
24 hs. Cierre
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