viernes, 31 de julio de 2015

"Negritos" -relato de Santiago Dosetti (1933)

Gracias al notable Archivo Histórico de Revistas Argentinas (AHIRA online) accedí a este relato del escritor uruguayo Santiago Dosetti (1902-1981), que pinta un panorama sombrío de la vida de los afro-uruguayos en el mundo rural. Fue publicado por primera vez en la revista porteña Crítica (14/10/1933) y luego en su libro Los Molles (1936, con otros relatos que incluyen afro-uruguayos).


viernes, 3 de julio de 2015

Asamblea del Año XIII: Creación del Regimiento de Esclavos (1813)

Reproduzco un documento histórico que apareció hace poco en el facebook del Archivo General de la Nación (transcripción abajo de las imágenes) :

Asamblea del año XIII: Decreto de creación del Regimiento de Esclavos.
(Documentos Escritos. Sala X 23-5-2)





Transcripción (AGN):

"Siendo de absoluta necesidad para la defensa común aumentar el ejército de la Patria, ha resuelto con aprobación de la Soberana Asamblea General Constituyente crear un Regimiento de Esclavos rescatados por el Estado. Cuando los envidiosos rivales de la prosperidad americana le obliga a hacer esfuerzos extraordinarios, ya que no los puede excusar, procura suavizar a lo menos tan penosa necesidad, librando de la servidumbre con esta ocasión, a una porción de hombres condenados a ella por una consecuencia de las antiguas leyes, y cree que elevados ahora a la dignidad de hombres libres, después de haber visto destruida esa fatal herencia de esclavitud a que estaba destinada sin termino su querida descendencia, sabrán apreciar tanto bien, y defender con energía, y entusiasmo una causa, a que esta unida su libertad, su dicha, y la de sus hijos y descendientes. Los amos a quien la ley obliga a vender algunos de sus esclavos no se resentirán de un sacrificio que siendo pequeño de suyo, se ha procurado conciliar en lo posible con los sagrados derechos de propiedad, y no puede compararse nunca con la consagración de la persona y bienes que la Patria exige, cuando peligra su libertad: por tanto y para llevar a efecto esta determinación ha acordado los siguientes artículos:
1º Los que tengan tres esclavos varones en servicio doméstico venderán uno al Estado: dos, los que tengan seis y en esta proporción sucesivamente.
2º Los que tengan esclavos en el servicio de Barracas, Fábricas, o panaderías, venderán uno por cada cinco. Los que los tengan destinados a la labranza, oro por cada 8.
3º Los que voluntariamente quieran vender más, le serán comprados sus esclavos hasta que el completo del número que se prefiere.
4º Los esclavos se comprarán a justa tasación. El pago se hará a justa tasación. El pago se hará a prorrata en tres años con los réditos correspondientes.
5º Podrán los mismos reintegrarse de las contribuciones mensuales. En ese caso se les admitirá un descuento de la 4ª parte de la contribución.
6º Se admitirá también el valor de los esclavos en cuenta de pago de las deudas contraídas a favor del Estado antes del año de 1810.
7º Los esclavos se engancharán por 5 años. Son libres desde el momento de su filiación con la condición de servir por su préstamo el tiempo del enganche pasado el cual podrán pedir su licencia o habilitarse de nuevo.
8º Presentarán los propietarios sus esclavos al rescate ante una junta de comisión compuesta del Jefe del Estado mayor y del comisario. El general, con asistencia de un cirujano y un tasador la que se reunirá desde el día de mañana en la casa que sirve de depósito de Reclutas.
9. Cada propietario presentará a la comisión todos sus esclavos para que sean examinados por el facult. y tasador.
10. El propietario que oculte algunos esclavos de su pertenencia será condenado a la perdida de todos ellos u otra mayor según la malicia que envuelva la ocultación.
11. Los propietarios si no tuviesen que reclamar de la tasación recibirán de la comisión los respectivos documentos con los cuales cobraran de la tesorería nacional.
12. los propietarios que se comprenden desde el Arroyo de Maldonado hasta Barracas presentarán sus esclavos dentro del preciso término de 8 días. Y los de la campaña hasta el partido de Morón, Matanza, San Isidro y Conchas inclusive dentro del término de 15 días.
Todo lo que se comunica a V.S. para su debida inteligencia para que haciéndose publicar por bando el día de mañana tenga su mas pronto y exacto cumplimiento.
Mayo 31 de 1813.
Al Gobernador Intendente de esta Provincia."

viernes, 26 de junio de 2015



El GEALA -Grupo de Estudios Afrolatinoamericanos del Instituto Ravignani (UBA/CONICET) invita al panel:

Afrodescendientes en tiempos de independencia
Aportes biográficos a la historiografía del bicentenario 

a cargo de

Dra. María de Lourdes Ghidoli (GEALA/UBA)
Los rostros de Monteagudo. La (im)posibilidad de un prócer no blanco.

Dra. Paulina Alberto (Universidad de Michigan)
María Cayetana Warnes, ¿liberta por analogía?  Negociaciones en torno a la condición de los libertos en la Buenos Aires de las primeras décadas post-revolucionarias.

Dra, Florencia Guzmán (CONICET/Ravignani/UBA).
María Remedios del Valle: “Capitana”, “Madre de la Patria” y “Niña de Ayohuma”. Historiografía y representaciones en torno a esta figura singular

Relator:
Dr. Alejandro Frigerio (CONICET/FLACSO)



martes 30 de JUNIO a las 15.00 horas en el Instituto Ravignani (25 de Mayo 221, 2º piso), Sala de Investigadores.


La actividad es libre y gratuita.

domingo, 21 de junio de 2015

Oscar Alemán -según Sergio Pujol


Trecho del nuevo libro de Sergio Pujol, que versa sobre la vida del famoso músico afrodescendiente Oscar Alemán (aparecido en suplemento Radar del diario Página 12 -y aquí una interesante entrevista que le hacen al respecto).

"Es el único músico de jazz argentino del período histórico cuyos discos de los años ’40 y ’50 fueron pasados a soporte digital. Conocido por su enorme destreza con la guitarra y con el cuerpo, Oscar Alemán rompió prejuicios en la relación entre público masivo y jazz. Nacido en 1909 en Machagai, Chaco, tuvo una ascendente carrera en París, truncada por la Segunda Guerra Mundial. Volvió a la Argentina, donde se convirtió en uno de los grandes animadores de la cultura popular y masiva casi hasta su muerte, en 1980. Aquí se anticipan fragmentos del libro de Sergio Pujol, Oscar Alemán. La guitarra embrujada (Planeta), que se distribuye esta semana."

Por Sergio Pujol:
"Verano de 2011, sábado al mediodía. La escena transcurre a centímetros de la mesa que elegí para almorzar en un restaurante típico de Buenos Aires. Una madre de más de 80 años y una hija que debe rondar los 50 y pico conversan con desánimo pero a un volumen lo suficientemente alto para que las pueda escuchar con claridad. Imagino que la madre vive en un geriátrico y la hija fue a buscarla para llevarla a almorzar a un lindo lugar. Se respira incomodidad en el ambiente. A cada comentario bienintencionado de la hija, la madre responde secamente, siempre al borde del disgusto. Discuten cada cosa pequeña, que en esa situación resulta enorme: el menú, la temperatura del comedor, la atención (para la madre es desatención) del mozo y, en fin, la desafortunada idea de la hija de ir a comer justo este día, justo a este restaurante. Lejos de marcar una tregua, la llegada de la comida empeora las cosas: “yo no pedí esto”, ataca la madre mientras con el tenedor examina el plato como si este contuviera ántrax. Entre los vanos esfuerzos que la hija hace para remontar un encuentro que sabe será breve o larguísimo según cómo logre pilotearlo, se presenta el del fisgoneo compartido. “Mirá, mamá. ¿Ese no es Dringue Farías?” Un buen intento. Las paredes del restaurante están cubiertas de retratos de argentinos famosos, todos ellos del astronómicamente llamado “mundo del espectáculo”. Todos murieron hace bastante tiempo; como suele decirse a manera de consuelo metafísico: ahora viven en el recuerdo. En efecto, se trata de Dringue. Y más allá está Troilo. Y un poco más allá, casi adentro de la cocina, Tita Merello. Todos perfectamente enmarcados, de blanco y negro. De pronto, la madre, que hasta ese momento se ha mantenido impertérrita, resistente a la seducción de ese pasado glorificado, hace un gesto de expectación y levanta la mano señalando uno de los retratos. Su rostro se transforma, lo viste una sonrisa leve que la hija celebra, aliviada, pero que no llega a entender en todo su significado. “Aquel es Oscar Alemán. Con tu padre lo íbamos a ver cada vez que podíamos. Bailábamos con su música. No sabés las cosas que hacía con la guitarra.” A partir de aquel descubrimiento y al menos durante el tiempo que dure el almuerzo, la relación entre ellas quedará mágicamente expurgada de resentimientos y malentendidos. La madre podrá rezongar de vez en cuando, como un rasgo de identidad al que no quiere renunciar, pero el recuerdo de la música que una vez la hizo feliz cortejará el resto del mediodía y la llevará en amable fox trot hasta los límites de la tarde. Insólitamente, en lugar de profundizar la brecha, el flashback de la memoria se ha convertido en un puente generacional. Piensa la hija, casi en voz alta: no bien regrese a casa, me pondré a buscar información sobre este señor que tanto le gustaba a mamá. Está bastante sorprendida. De todos los retratos de famosos que engalanan las paredes del restaurante como trofeos de cultura popular argentina, su madre sólo se conmovió con uno, el que ella nunca hubiera imaginado. El único que ella no conocía. No tuve la suerte de ver a Oscar Alemán “en vivo”. Sólo alcancé a disfrutar, sentado frente al televisor de la casa de mis padres, de su última presentación en Canal 7 (por entonces ATC). Guardo de aquello un recuerdo vívido aunque fragmentario. Un hombre negro en traje blanco, casi un boicot a la flamante TV color. Anteojos grandes sobre un rostro frágil y un tanto indescifrable. Veloces dedos corriendo por todo el diapasón de una guitarra acústica sobriamente electrificada. Algún paso de zapateo americano y, para el cierre, la madera encordada en raudo viaje hacia la espalda. La música no era rock and roll, aunque estaba cerca de serlo. Era algo más antiguo pero no necesariamente demodé. Sonaba como si la escena musical mundial, sometida a un experimento de criogenia, hubiera quedado congelada en 1950, y súbitamente recuperara el pulso de aquellos días. Como en los auditorios de las radios en los que supo reinar durante largas décadas, Oscar convocó esa tarde a un grupo de curiosos y viejos fans. No bien terminó su número, llovieron los aplausos, mientras los apuntadores avisaban que venía el corte. Y ahí –así– quedó Oscar, saludando con un leve movimiento de cabeza. Un fantasma de la Argentina de nuestros abuelos y nuestros padres nos había visitado –¿cómo saber que aquella sería la última vez?– para hacer su eficaz número de jazz y musichall en el país de Seru Giran, la música disco y la censura. 



Héroe de la guitarra
Al cabo de cuatro años de investigación en torno a su música y su época, ya no estoy tan seguro de no haberlo visto en vivo. Su presencia encandilando a miles de espectadores en las noches de los años 40 o 50 o su heroica reaparición en la década del ’70, cuando muchos ya lo daban por muerto, son imágenes que no dejan de visitarme. También lo veo descalzo en la puerta de un cabaret de Santo, niño de la calle ganándose la vida con un cavaquinho, después de que su padre se arrojara al vacío desde un tranvía carioca. Lo veo en la Buenos Aires de 1928 haciendo su número de música hawaiana a dos guitarras con el hombre que lo salvó de la indigencia, el brasileño Gastón Bueno Lobo, o participando en una jam session en el Hot Club de Francia, en uno de los descansos que le permite la gira con Josephine Baker. En fin, lo veo en los camarines del Casino de París tocando su guitarra metalizada frente a Duke Ellington que lo quiere en su orquesta. Oscar no se ha ido del todo. La escucha de su música está bastante más extendida de lo que podría suponerse. Luis Salinas lo considera uno de los tres guitarristas que más lo influyó (los otros dos son Roberto Grela y Atahualpa Yupanqui). Lo escuchan con atención los jóvenes que quieren tocar jazz de los años ’30 en guitarra: “Hombre mío”, tema de su autoría que lo identificaba en la radio y en los bailes, roza el estatus de standard del swing con cuerdas, y el riff de su versión de “Tengo ritmo” es tan idiosincrásico como los de “Sucio y desprolijo”, de Pappo, y “Postcrucifixión”, de Pescado Rabioso. Su nieta, Jorgelina Alemán, canta blues y jazz con pasión equiparable a la que vuelca en mantener viva la memoria de su abuelo. La verdad es que ningún músico argentino de jazz “histórico” puede despertar tanto interés. El hecho de que los discos que grabó en los 40 y 50 sean los únicos en su género que fueron pasados a soporte digital –el resto de la historia del jazz argentino anterior a la década del 60 sigue dormido en las pastas de los coleccionistas– debería considerarse entre las pruebas de su vigencia. Obviamente, a su música no se la escucha solamente en Argentina. Desde que cosechó los elogios de los mejores críticos de jazz de Europa –y eso fue en épocas tempranas, cuando tanto él como el jazz tenían una larga carrera por delante–, su figura nunca se desdibujó del todo. Sus fans se encargaron de avisar que su nombre era mencionado con entusiasmo por el célebre Leonard Feather, y que antes de eso los pioneros de la crítica jazzística en el mundo, el francés Hugues Panassié y el belga Robert Goffin, lo habían distinguido como a uno de mejores guitarristas. Pues bien, ese capital simbólico se viene indexando desde su muerte en 1980. En 1997, se llevó a cabo en Oslo, Noruega, un concierto en su homenaje. Entre los invitados estuvieron los mejores intérpretes argentinos del estilo gypsy swing: Walter Malosetti, Ricardo Pellican, Chachi Zaragoza y Héctor López Furst, entre otros. Unos años más tarde el documental de Hernán Gaffet, Oscar Alemán. Vida con swing, fue distinguido en el XVII Festival de Cine Latinoamericano de Trieste. En 2009, el crítico holandés Hans Koert abrió un blog titulado “The Rediscovery of Oscar Alemán”. Ese año, centenario del nacimiento del músico, un ilustrador nacido en Kosovo, Gani Jakupi, publicó la biografía gráfica Le roi invisible. Un portrait d’Oscar Alemán. Pero quizá la prueba más impresionante de cómo su música sigue viva al amparo del tiempo sea la que recientemente nos brindó el mismísimo Bob Dylan, cuando en su programa de radio satelital Theme Time Radio Hour eligió –y presentó– “Bye bye blues” (“Blues del adiós”), tema grabado por el quinteto de Alemán en 1942, en la ciudad de Buenos Aires. Fue emocionante escuchar la voz áspera de Dylan contando brevemente la vida del “true unsung heroe of swing guitar”. 

De París a Buenos Aires
A diferencia de la parábola ascendente del artista latinoamericano que finalmente triunfa en Europa o en los Estados Unidos –de Carlos Gardel a Carmen Miranda, la lista es pródiga–, la vida de Oscar, nacido en Machagai, Chaco, en 1909, dibujó una parábola descendente, en la medida que debió abandonar París y regresar a Buenos Aires en medio de la Segunda Guerra Mundial. Esto frustró su carrera internacional, justo cuando su talento empezaba a ser comparado con el de su amigo Django Reinhardt (solían presentarlos como “el indio y el gitano”). Cabe decir que resulta cuanto menos eurocéntrico afirmar que la carrera de Oscar se frustró porque debió abandonar París, ciudad en la que se había radicado en 1931. Es entendible que se lo piense de esa manera –el mismo Oscar lo creía así–, toda vez que las escenas jazzísticas más interesantes estaban por entonces muy lejos de Buenos Aires. París era la gran caja de resonancia de las culturas del mundo: siendo un músico de minorías en Francia, Oscar tenía más chances de convertirse en universal que siendo un artista masivo en Sudamérica. De todos modos, aquel dramático cambio de planes no fue algo fácil de sobrellevar. El enfant terrible de la orquesta de Josephine Baker –así lo llamaba la diva– debió hacer valer esos blasones cosmopolitas en un país que empezaba a vivir un tiempo abundante para el tango y la música de raíz nativa. Aún así, esos blasones no pasaron inadvertidos. En una de las primeras notas que le hizo la revista Sintonía, un cronista se maravillaba de su música, pero más se sorprendía por el hecho de que el personaje de la nota fuera argentino y músico de jazz: “Cuesta creer que se haya podido producir en nuestro medio un fenómeno como el de Oscar Alemán. ¡Estamos tan alejados de lo verdaderamente grande en la materia!”. La biografía de Oscar nos ofrece la oportunidad para reflexionar sobre varios aspectos de la cultura popular en el siglo XX. Por ejemplo, tenemos el tema de la hibridación, hoy tan en boga en los estudios culturales. Obviamente, Oscar nos recoloca en el mundo del jazz, esa música que nació y creció a partir de combinaciones muy audaces. Con su imaginación artística y su vida aventurera, el guitarrista realizó un personal aporte a ese proceso de hibridación propio del jazz. Primero lo hizo en Francia, en contacto con grandes jazzmen norteamericanos expatriados, allí donde siempre dio el tipo de “negro latino”. Cuando en la navidad de 1940 volvió a Buenos Aires expulsado por los nazis, encarnó el problema de lo nacional/internacional, pero esta vez en el marco de esa gran prueba de fuerza de los sectores populares que empezaba a darse en la Argentina. Fue así como de “negro latino” en París pasó a ser, en tiempo de Perón y Evita, el principal exponente de la música norteamericana en Sudamérica. Fue entonces “el negrito Oscar”, una calificación que, en virtud de su ascendencia afro, podía acreditarlo en materia jazzística pero, asimismo, situarlo en el lugar del subalterno, según los escalafones de la recelosa clase media argentina. 


Si bailas no puedes morir
La música argentina dio muchos animales escénicos, pero ninguno como Oscar Alemán. Si bien nadie discutió jamás la capacidad de entretener a su público de la que hizo gala por largos años, en el sistema valorativo del jazz, que en alguna medida reproduce el de la música académica, la destreza corporal podía ser entendida (mal entendida) como mera concesión comercial, un aditamento que nada agregaba –más bien restaba– a la interpretación. Si bien este prejuicio antishowman quedó desautorizado al confrontar con los conciertos de algunas estrellas internacionales de paso por Buenos Aires –Louis Armstrong, Dizzy Gillespie y, desde luego, del histriónico Cab Calloway–, ni siquiera el propio Oscar estuvo totalmente a salvo del mismo; en alguna oportunidad reclamó que se lo tomara “en serio”. Pero al cabo de un tiempo terminó aceptando la naturaleza espectacular de su música. Investigar los primeros capítulos de su vida y encontrarlo, antes de su viaje a Europa, ganándose el sustento en una Buenos Aires poblada de artistas excéntricos, nos ayuda a comprender la raíz de aquella infalible fórmula de espectáculo musical unipersonal, pero también a visualizar su posterior potenciamiento en la llamada Era del Swing, cuando el jazz se bailaba sin pausa. Fue en esa época que Oscar encontró su lugar definitivo en el mundo de la música, como si todo lo anterior hubiera sido una preparación para alcanzar esa explosividad rítmica que, honrando el carácter originalmente dancístico del jazz, iba y volvía entre sus pies y su guitarra, como en una cinta de Moebius. Este sentido de una música esencialmente corporal –y de un cuerpo esencialmente musical– lo abarcó por completo, incluso en sus últimos años, cuando ya no gozaba de la agilidad de otrora. Recordemos una anécdota ejemplar. En 1972, después de quince años sin grabar, Oscar pisa los estudios ION para hacer el disco Alemán 72. Los técnicos han colocado dos micrófonos a cada lado de la guitarra para captar no solo el sonido del instrumento sino también el de los pies. Pero a pedido del músico, los técnicos deberán alejar los micrófonos unos centímetros. Oscar necesita espacio para tocar. Necesita espacio para moverse mientras toca. Ese despliegue de energía que dispensaba sobre un escenario debía producir al menos una sonrisa. Su gracia mayor, esa que evocan sus viejos fans cuando afirman que “hacía lo que quería con la guitarra”, era tocar virtuosamente en una situación risueña. Había vocación de mago en esto, y sobre todo el deseo de hacer feliz al público, fuera este oyente pasivo o bailarín descocado. En esto la estampa de Oscar se asemeja a la del personaje central de Novecento, la novela de Alessandro Baricco. Allí se narra la vida de un pianista virtuoso, pionero del jazz, que nunca baja de un transatlántico. Su destino parece ser el de animar la vida de los pasajeros, hacerlos felices todo el tiempo que sea posible. En un tramo del libro, Baricco pone en boca de su personaje: “Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios”. Oscar tuvo una existencia difícil, para decirlo suavemente. Pero su música siempre contagió una energía inconmensurable. Energía propia del jazz, pero también del samba carioca, el baión, el boogie woogie, el primer rock and roll... Todas esas músicas emanaron de sus manos, de su cuerpo, de su voz. El las convirtió en puentes plateados entre la Argentina y el mundo. También en este aspecto su arte no parece condecir del todo con la tradición de tristeza y melancolía del tango y otros amores nacionales. Pero, ¿tan seguros estamos de que la música argentina es triste y melancólica?"

miércoles, 29 de abril de 2015

Las marcas de la esclavización -Buenos Aires 1637

Reproduzco un significativo documento histórico que apareció hace poco en el facebook del Archivo General de la Nación (transcripción abajo de las imágenes) :






"Puerto de Buenos Aires. Arribo de un cargamento de esclavos y registro de las marcas de cada uno de ellos, 19 de abril de 1637.
Documentos Escritos. Sala IX.Legajo 45- 5-6

Transcripción:
En la Ciudad de la Trinidad Puerto de Buenos Aires en diecinueve días del mes de Abril de mil seiscientos treinta y siete. Los señores Contador Luis de (…) Tesorero Antonio de la (…) jueces (…) les de la Real Hacienda (…) del Río de la Plata hicieron (…) de las (…) presas de esclavos varones y hembras grandes y pequeñas de que denuncia Diego Hernández, alguacil de la Real Hacienda, el cual le hizo de sus nombres marcas y (…) en la forma y manera siguiente.
Primeramente un negro nombrado Domingo con la del margen en el brazo derecho y esta (Marca) en el pecho izquierdo y esta (Marca) confusa en el brazo izquierdo de edad de dieciocho años al parecer.
Un moleque Jorge con la del margen en el brazo derecho algo confusa y esta (Marca) en el brazo derecho y esta (Marca) en el pecho izquierdo de edad de trece años al parecer.
Un negro Antonio con la del margen en el brazo derecho algo confusa y otra como ella en el pecho izquierdo asimismo confusa y esta (Marca) en el pecho izquierdo algo confusa mas debajo de esta de veinticuatro años al parecer.
Un negro Pedro con las del margen pecho derecho y otra muy confusa en el brazo derecho de edad de dieciocho años al parecer.
Otro negro Pedro con la de margen en el brazo derecho esta (Marca) en el pecho izquierdo de edad de veintiocho años al parecer.
Un negro Joan sin marca ninguna de edad de diecisiete años al parecer.
Otro negro Joan sin marca ninguna de edad de dieciocho años al parecer.
Un moleque Joan con la del margen en el brazo derecho y otra mas confusa en el otro brazo y otra (Marca) en el pecho izquierdo y otra (Maca) en el pecho derecho de edad de quince años al parecer.
Un negro Francisco con la del margen en el brazo derecho y con la misma en ambos pechos y brazo izquierdo de edad de veintidós años al parecer.
Un negro Miguel sin marca ninguna de edad de (once) años al parecer.
Un negro Paulo con una marca confusa en el pecho derecho no se pudo sacar su candado de veinte años al parecer.
Un negro Miguel (…) con la del margen en el pecho izquierdo y esta (Marca) en el pecho derecho y otra muy confusa en el brazo derecho de edad de treinta y cinco años al parecer.
Un negro Antonio con la del margen en el brazo derecho y otra (Marca) en el pecho derecho y otra (Marca) en el brazo izquierdo de edad de veinticuatro años al parecer.
Un negro Gaspar sin marca ninguna de edad de veintisiete años al parecer.
Una moleca María con las del margen en el brazo derecho confusas y otra confusa en el pecho izquierdo y en el brazo izquierdo, esta (Marca) algo confusa de edad de doce años al parecer.
Una negra María con la del margen en el brazo derecho y la misma en el pecho derecho y esta (Marca) en el pecho izquierdo de edad de veintiséis años al parecer.
Una moleca María con las del margen en el brazo derecho y esta (Marca) en el pecho izquierdo y estas (Marca) en el brazo izquierdo de edad de quince años al parecer.
Una negra Ángela con la del margen en el brazo derecho y esta (Marca) en el brazo izquierdo de edad de veinte años al parecer.
Una moleca Lucía con la del margen en el brazo derecho y esta (Marca) el el brazo izquierdo de catorce años al parecer.
Una moleca María con la del margen en el brazo derecho de edad de diez años al parecer.
Una moleca María sin marca ninguna de edad de diez años al parecer.
Una moleca (…) con la del margen en el pecho izquierdo de edad de nueve a diez años al parecer.
Un moleque Francisco con la del margen en el brazo derecho y esta (Marca) en el pecho derecho y esta (Marca) en el pecho izquierdo de nueve a diez años al parecer.
Un moleque Manuel con la del margen en el pecho izquierdo de edad de diez años al parecer.
Sigue.... "

lunes, 23 de marzo de 2015

"Dignidad Afrodescendiente" -periódico online



La revista de revisión histórica "Dignidad Afrodescendiente", editada por Manuel Altamiranda, se encuentra ahora online. 
Su objetivo es visibilizar la realidad afroargentina -y afro en general- oculta por la información oficial. 
La revista pone especial énfasis en su uso para docencia primaria o secundaria, pero también está destinada para un público más amplio.

Se puede descargar de:

http://dignidadafrodescendiente.blogspot.com.ar/

miércoles, 18 de marzo de 2015

Historia de los afrouruguayos -online


El excelente libro de George Reid Andrews sobre Afro-Uruguay se puede descargar online. 

En:
http://d-scholarship.pitt.edu/21148/5/Negros_en_la_nacion_blanca_-_5MB_version.pdf

Agradezco a Regando Flores por el dato