sábado, 16 de junio de 2012

Presencia negroafricana - Conferencia


CAMBIO: Por actividad oficial en la UTE, la conferencia se realizará en Perú 482, 5to piso, sede del CFP Nro 14. (agradezco a Darío La Vega)

Vidas que valen diferente...


Nada nuevo, pero uno no puede dejar de señalarlo.
Un avión que está por aterrizar en el aeropuerto de una importante capital se desvía, choca contra un edificio, y mueren 153 personas. Capital europea: portada, al menos una página o dos. Capital africana: algo más de un cuarto de página, sin ninguna noticia en tapa.
Vidas que valen diferente, según el régimen de representaciones sociales vigente...

Fuente: Clarín, lunes 4 de junio de 2012

viernes, 15 de junio de 2012

Miriam Gomes -entrevista en Tiempo Argentino

Miriam Gomes es una de las pioneras en la reivindicación de derechos ciudadanos para l@s afroargentin@s y afrodescendientes. Activa y visible en los medios desde la segunda mitad de la década de 1980, sabe qué reclama, y por qué....


Diario Tiempo Argentino, 11 de junio de 2012.
Miriam Victoria Gomes
“Esperamos que el Estado pida perdón”
Por Gustavo Montiel
La dirigente del Frente Afro, organización que nuclea a afrodescendientes argentinos e inmigrantes, repasa las deudas con las víctimas de la esclavitud negra en la Argentina y advierte sobre el “racismo estructural” de la sociedad. “Todavía hace falta la reparación”, subraya. También reconoce el discurso de Cristina Fernández del 25 de Mayo. “Es la primera vez que un presidente reivindica la presencia negra en el país sin tapujos”, puntualiza.



El ocultamiento histórico de la existencia de sectores sociales presentes en la vida de Argentina empezó a ponerse en discusión en los últimos años. En el caso de los afrodescendientes, la invisibilización –concepto clave–, la discriminación y la exclusión social continúan siendo problemáticas cruciales que tienen que enfrentar, más allá de los avances políticos y simbólicos que viene propiciando el kirchnerismo. Tiempo Argentino entrevistó a Miriam Victoria Gomes, representante del Frente Afro –organización de alcance nacional que nuclea a siete agrupaciones de afrodescendientes argentinos e inmigrantes– en la Mesa Nacional por la Igualdad y Contra la Discriminación, un espacio de articulación política cuya principal referente es la legisladora de la Ciudad de Buenos Aires María Rachid (FPV). Gomes dejó en claro la expectativa de gran parte de los afrodescendientes argentinos: la necesidad de que el Estado Nacional concrete un pedido de perdón por el genocidio histórico cometido y lleve adelante una reparación a los descendientes de las víctimas de la esclavitud negra en Argentina. La representante además es docente, profesora de Literatura y preside la Asociación Mutual Unión Caboverdeana de Dock Sud. 
–La presidenta en su discurso del 25 de Mayo pasado abordó varios puntos relacionados con la presencia negra en la historia de Argentina. ¿Cómo lo evalúa? 
–Fue muy interesante, porque por primera vez en la historia argentina, una presidenta reivindica la presencia negra en el país sin tapujos. Me pareció importantísimo que ella lo hiciera, porque no es lo mismo que lo diga la presidenta que cualquier otra persona. Pero sí advertí, como en muchos otros casos, que se habla en pasado. Entonces a veces se dice: “Nuestros negros, los primeros desaparecidos.” Y eso es lo que habría que corregir. No desaparecimos. Hay que reconocer, sí, el sistema esclavista, el genocidio, la persecución, el maltrato, el racismo que todavía existe. Pero también hay que decir que todavía estamos, y seguimos aportando a la cultura del país. Por otro lado, su visita a Angola me pareció muy positiva. Sin ninguna duda, hay una apertura hacia el continente africano. Hay otra mentalidad de este gobierno hacia la cuestión negra por un lado, y hacia el continente africano por el otro.




–¿Cómo es la situación actual de los afrodescendientes en la Argentina?
–Lamentablemente muchas de nuestras mujeres negras –hablo en general de las mujeres afroargentinas descendientes de aquellos africanos esclavizados que llegaron a partir del siglo XVI– siguen desempeñando las mismas tareas que en la época de la colonia: limpiar la casa de otros, cuidar hijos de otros, cuidar enfermos, lavar ropa, cosas que tienen que ver con ocupaciones subalternas. No quiere decir que no haya profesionales en la comunidad, porque sí las hay. Pero en líneas generales nuestras mujeres ocupan estos tipos de trabajo y además son cabezas de familia. Son madres con hijos sin padres, porque el hombre negro nunca pudo ejercer la paternidad. No pudo ser varón proveedor, durante la época de la esclavitud los hijos no eran suyos. La madre los podía tener mientras los amamantaba. Hoy no hay padres en los hogares negros. Estoy hablando en términos generales, los caboverdeanos tenemos otra estructura familiar, pero no quiero sustraerme a la realidad general. Estas son las consecuencias de la esclavitud en la estructura social y familiar. 
–Y el hombre, ¿en qué condición se encuentra?
–El hombre ocupa puestos precarios, chofer, portero. Había un decreto del ex presidente Alvear, de principios del siglo XX, que establecía que todos los porteros del Congreso tenían que ser negros argentinos. Muchos afroargentinos trabajaron para el Estado, en puestos menores, en oficinas estatales o de la policía, por ejemplo. También hay que tener en cuenta qué decimos cuando hablamos de negros argentinos. Porque hay un estereotipo respecto de ese tema. Un negro es de muchas maneras, la escala tonal es muy variada en la Argentina. No siempre se los identifica como afrodescendientes, pero la persona lo es. Se arrastra una serie de desventajas sociales y materiales que vienen desde el siglo XIX y antes, y que son muy difíciles de superar si no se nos reconoce como un colectivo particular con problemáticas particulares. 
–¿Qué políticas considera necesarias para comenzar a revertir esto?
–No hay políticas públicas específicas para esta comunidad como sí las hay para otros sectores. No hubo una compensación, como hubo y hay por ejemplo, para la comunidad judía, quienes después de haber sufrido el Holocausto, y demostrando que tuvieron familiares muertos en esa tragedia, reciben una compensación. A nosotros ni siquiera se nos reconoce el haber sido víctimas del tráfico esclavista. Entonces, en ese sentido todavía hace falta la reparación. La reparación moral y el pedido de perdón. Estamos esperando el pedido de perdón del Estado en primer lugar por acción o por omisión, y las reparaciones económicas. Y luego de las estructuras sociales y de un racismo estructural que forma parte de nuestra sociedad. 
–¿Cómo caracteriza a ese racismo estructural?
–Es un racismo no siempre consciente, que beneficia a las personas de piel más clara sobre las de piel más oscura. Lo podés ver en la escala social: a medida que asciende se va aclarando, y en la base somos todos oscuros, indígenas, negros, mestizos o como los llames.  Soy docente, y muchos de mis colegas tienen comentarios despectivos respecto de los alumnos. “Y bueno, qué querés con estos cabecitas negras”, ese tipo de expresiones, cuando nuestra función es enseñar. Tal vez estamos fallando, entonces. Es muy cómodo decir “al morochito no le da”. Y uno no está cumpliendo con su función, su obligación.   Otras personas me han dicho: “negra, volvete a tu país.” Contesté: “Salvo que Dock Sud sea una república independiente, no tengo otro lugar donde ir.” Porque este es mi país, y tengo derecho a quejarme y a luchar por este sector de la sociedad que somos los afrodescendientes. 

Agradezco a Maricel Martino

miércoles, 13 de junio de 2012

Afroargentinos en la escuela...

El suplemento Educación del Clarín de hoy trae una nota y dos fotos que muestran la presencia de alumnos afro-argentinos en grupos escolares de 1895 (aprox.) y 1923.
Como en otras oportunidades, la encomiable tarea del historiador de la fotografía Abel Alexander sigue aportando a la visibilización de la presencia afroargentina en nuestro pasado.

 
 Click en las imágenes para agrandarlas y leer la nota

No puede dejar de llamar la atención, sin embargo, la diversidad de formas de referirse a esta presencia. En la tapa del suplemento, se lee "Africanos en aulas argentinas". El título de la nota, sin duda más correcto, dice "Afroargentinos en la educación". El copete, "chicos de grupos étnicos cuyos ancestros provenían del Africa". Como ya dije en otras oportunidades, qué difícil está resultando hablar de raza ("raza", racialidades?, racializaciones?) en Argentina....
Cada caracterización sugiere distintas maneras de mirar, conceptualizar y situar a estos niños dentro (o fuera) de la nación.... 


Fuente: Suplemento Educación del diario Clarín, 13 de junio de 2012

martes, 12 de junio de 2012

Por qué exhibimos seres humanos...

Reproduzco una interesante y necesaria reflexión del periodista/antropólogo Marcelo Pisarro, publicada hace pocos días en Ñ. Señala los peligros inherentes a la "apreciación multicultural" -en términos de cosificación, mercantilización y escenificación de la "cultura tradicional"-  y llama la atención hacia las inadvertidas consecuencias que puede tener la aguda "folklorización" por la que pasan, actualmente, grupos afroamericanos.

Ota Benga, "el pigmeo del zoológico del Bronx", exhhibido en 1906

Revista Ñ - 29 de mayo de 2012
Por qué exhibimos seres humanos
En Sucre dos tejedoras tejen en el patio de un museo, como testimonio cultural. A partir de allí esta nota recorre una polémica aún no agotada.

Por Marcelo Pisarro


El letrero advierte que está prohibido tomarles fotografías. Objetos, salas, personas, nada puede ser fotografiado. La muchacha está sentada en el patio del museo, en Sucre, Estado Plurinacional de Bolivia. Dormita con la cabeza apoyada sobre su telar. Metonímicamente, la muchacha representa una “cultura superviviente”, una “tradición” más “genuina” y más “pura” que fue “rescatada” de los embates de la “civilización”, de “la modernidad”, de “Occidente”, por etnógrafos, organismos estatales y promotores turísticos. Esta cultura superviviente difiere de la cultura de aquellos que han sentado allí a la muchacha: la cultura de los antropólogos que dirigen el museo, la cultura de los visitantes que abonan su ticket de ingreso para observar esas culturas supervivientes.
En las salas los artefactos se amontonan en vitrinas y en estantes; en el sótano se exhiben momias y otros cadáveres que prueban que la continuidad cultural, restringida por la concordancia espacial, garantiza que el pasado y el presente converjan en un punto donde las distancias se asumen como evidencia de autenticidad.
Junto a la muchacha que dormita, en el patio, con la cabeza apoyada sobre su telar, está sentada otra muchacha frente al suyo propio. Según los desvíos metonímicos y las clausuras semióticas, la segunda muchacha representa a una cultura que difiere de la cultura de los patrocinadores y de los visitantes, pero que es también diferente de la cultura de la primera muchacha. Las han colocado allí como pruebas empíricas de la conservación de los saberes y prácticas del pasado andino. Cada mañana llegan desde sus comunidades y tejen a la vista de quienes ya han husmeado los textiles y los cadáveres en exhibición. La principal atracción del museo es una baratija de mercado llamada “cultura”.
Apenas pasa del mediodía, nadie más está en el patio. La segunda muchacha teje. Hay algo nervioso en sus movimientos, ese frío que uno siente cuando está atareado y sabe que alguien más mira por sobre su hombro. Está siendo escrutada, escudriñada no como individuo, no como sujeto con una existencia particular, sino como componente de una colectividad, de una abstracción identitaria, de un “ellos” difuso y circunscripto. Pasan los minutos, empieza a relajarse, se acostumbra, se aburre, se cansa. Deja sus utensilios a un lado y se apoya sobre el telar.
Reconozco la posición de su cuerpo. Apenas brota la tarde, ese momento en que los mercados bolivianos disminuyen la intensidad de sus intercambios de bienes y símbolos, en que los puesteros abrazan sus productos como si de un colchón se tratase, cierran los ojos y dormitan. La muchacha trazó ese movimiento: se apoyó sobre su telar, como si lo abrazara, y cerró los ojos. Ahora descansa. Estamos solos, los tres, en el patio.

Tejedoras en el museo

Las observo a poca distancia, sentado en un banco, justo a espaldas de la muchacha que acaba de dormirse. Vuelvo a notar los insistentes letreros que plagan el museo: “Prohibido tomar fotografías”. Pero el cuadro es demasiado bueno. Saco mi cámara y les tomo una fotografía. Luego otra. Y otra más. Podría preguntarme por la ética, pero no me parece interesante; prefiero preguntarme a qué llamado histórico obedece la necesidad de fotografiarlas.
Entonces la segunda muchacha, la que acaba de recostarse sobre el telar, la que está justo frente a mí, levanta la cabeza y se voltea. Bajo la cámara fotográfica. La mirada de la muchacha sigue dos inclinaciones, como si fuesen dos actos armoniosos y ensayados. Primero me observa, con fijeza, sin ningún dejo de emoción ni de interés; luego desvía la mirada levemente por sobre mi hombro, como si observara a alguien más. No volteo, allí no hay nadie, ¿o lo hay? Por fin, vuelve a su telar y me da la espalda. Le tomo una última fotografía. El resultado es malo, pero dice mucho sobre ese llamado histórico, sobre esa necesidad de fotografiarlas.
Cosas sagradas
Toda la tensión que provoca la expresión muda de esa muchacha está contenida en una fotografía tomada en 1906 a un pigmeo congolés de la etnia mbuti, un cazador recolector originario del Rio Kasai, un Twa. El pigmeo se llamaba Ota Benga y ese año fue exhibido en una jaula del Zoológico del Bronx, en Nueva York, acompañado de monos y otros animales. En esa fotografía, Ota Benga (nacido en 1884 en el Congo belga, su mujer y sus hijos –considerados “nativos en estado inferior de evolución”– asesinados y desmembrados por la Fuerza Pública del Rey Leopoldo II, capturado y cedido en trueque en el mercado de esclavos, expuesto en ferias mundiales estadounidenses como “eslabón perdido”, finalmente convertido en mano de obra asalariada y empujado al suicidio: disparo en el pecho a los 32 años) está de pie junto a un árbol, mirando a cámara; en el brazo derecho sostiene un chimpancé. Sólo se hicieron cinco imágenes promocionales, pues, al igual que una centuria más tarde, estaba prohibido tomar fotografías. El gesto de su rostro es inexpugnable, aunque un siglo después, como consumidor de baratijas, como partícipe directo de algo llamado modernidad, uno sienta un sudor frío en la nuca y se obligue a desviar la mirada.
El registro etnográfico está repleto de estas miradas, aún cuando los ojos tengan las cuencas vacías. Estas fotografías han sido tomadas en “zoológicos humanos” y “exposiciones etnográficas” enmarcadas en ferias de los siglos XIX y XX. La corrección política colonial asumía la presentación de la otredad, de la diferencia, como componente de un paradigma constituido alrededor de la raza, de la distinción biológica, del adelanto y del atraso evolutivo. Las personas pagaban su entrada, hacían cola, se amontonaban para ver a esas razas diferentes. Tampoco podían tomarles fotografías, ni alimentarlos. En una exposición de Bruselas, en 1897, cuando los africanos acabaron indigestados por la comida que los visitantes les arrojaban, las autoridades colocaron un letrero: “Los negros son alimentados por el comité organizador”. En el museo de Sucre no había letreros, pero las indias andinas también son alimentadas por el comité organizador.


Las cuencas vacías –ahora mirá los ojos muertos de los Niños del Llullaillaco en el refrigerador del Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta– tienen un marco legal más estudiado. El Código de Deontología Profesional del Consejo Internacional de Museos establece cómo deben tratarse los “objetos dedicados”: restos humanos y cosas sagradas. “Deben presentarse con sumo tacto y respetando los sentimientos de dignidad humana de todos los pueblos”, dice. Pero allí no se explicita cómo debe presentarse ese “objeto dedicado” constituido por personas vivas en exhibición, como las muchachas del museo de Sucre, en nombre de un artefacto llamado “cultura”, o como Ota Benga en el zoológico de Nueva York, en nombre de un artefacto llamado “raza”.
El llamado histórico se disuelve en la clandestinidad de los actos cotidianos. Nadie está por fuera de su época y por eso, mientras uno se horroriza ante el relato de Ota Benga, abona su entrada para observar cómo las muchachas andinas tejen en el patio del museo. Su exhibición está tan naturalizada que la correspondencia histórica entre raza y cultura se desvanece, cede ante la exigencia del gesto cínico que desnaturalice el vínculo. Raza o cultura, da igual. Todo fue hecho con amor.

domingo, 10 de junio de 2012

Omolù en cementerio de Neuquèn...

No coincido con muchos de los conceptos vertidos en la nota, y me hubiera gustado una foto que mostrara la real importancia (y ubicaciòn) de la imagen de Omolù, pero parece ser una muestra de pluralismo religioso para celebrar...

Foto: Marìa Isabel Sànchez para La Mañana 

Diario La Mañana (Neuquèn) - Viernes 8 de junio de 2012

El Cementerio Central tiene una imagen umbanda 
La colocaron ayer en el contexto de la ordenanza que permite la libertad de culto.

Con una sentida ceremonia se colocó ayer en el Cementerio Central la imagen del Orixa Omulú, divinidad de la religión umbanda. Un hecho inédito en la provincia y en Argentina que se da en el marco de la ordenanza municipal 10.407 que permite la libertad de culto en el cementerio municipal.
La imagen se pudo inaugurar por intermedio de Julio César Ros Poblet (pai de Omulú), integrante del templo “Pae Cipriano de las almas”, y contó con el apoyo de la delegación del INADI en Neuquén.  Omulú representa a los fallecidos y por eso la trascendencia para los creyentes de tener su imagen en el cementerio.
“Representa a distintas naciones de matriz afro. Dentro de ese concepto el Orixa  guía a las almas de los desencarnados hacia la luz. Es de vital importancia que nuestro guía esté dentro de lo que es el cementerio”, contó el pai Julio de Omulú.
“Hacía falta que un grupo tome coraje para que se haga respetar la ordenanza municipal. De esta manera se garantiza el derecho de las minorías. Les pido que no se autocensuren y que vengan a ejercer su fe junto a esta iconografía de acuerdo a sus creencias”, dijo Carlos García, representante de la delegación de INADI en Neuquén. 
Con rezos, canciones, música, quema de inciensos y velas se llevó adelante la liturgia Umbanda donde se descubrió la imagen del Orixa Omulú. 
Orixa es una creencia africana que se trasladó a través de los esclavos a Brasil donde nació el Umbanda hace 103 años. En tanto que el culto Omulú tiene más de 5 mil años de antigüedad.

sábado, 9 de junio de 2012

Intelectuales negros en Brasil - Conferencia

GEALA (Grupo de Estudios Afrolatinoamericanos) 
invita a la conferencia
“Términos de inclusión: Intelectuales negros en Brasil, siglo XX”


Dictada por la Dra. 
Paulina Alberto 
(Associate Professor, Department of History, University of Michigan)

Lunes 11 de junio - 15.30 hs.
Instituto Ravignani (25 de Mayo 225, 2º piso, Aula C)
La asistencia es libre y gratuita