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jueves, 24 de septiembre de 2015

El lunes 28/9 comienzan, en el Centro Cultural de la Cooperación, las IV Jornadas de Estudios Afrolatinoamericanos del GEALA.

El programa completo se puede bajar de:
https://geala.wordpress.com/



Muchas gracias a Darío La Vega por el diseño del afiche.

domingo, 30 de agosto de 2015

El periódico afro-argentino "La Broma" (1876-1882) está disponible online



La Biblioteca Nacional anuncia que el periódico afro-argentino "La Broma" está digitalizado y online. Vale la pena mirarlo, pero sobre todo leer el excelente libro de Lea Geler sobre los periódicos afroargentinos de la década de 1870 -que brinda una visión de conjunto y los sitúa en el contexto social de la época (o, al menos ver la reseña que sobre el libro hizo Florencia Guzmán).




"Se trata de un periódico publicado por la comunidad afroargentina en Buenos Aires. Su primer número apareció el 11 de mayo de 1876 y el último el 28 de diciembre de 1882. Durante su existencia, dividida en seis épocas, fue cambiando su subtítulo. Entre los números 28 y 31 de la época 5 fue Periódico Social y a partir del N° 32Órgano de las Clases Obreras.
Este periódico lucha en sus páginas contra la discriminación y reclama la igualdad de oportunidades de estudio, trabajo, progreso y bienestar.
En La Broma se pueden leer las voces, dichos y modismos propios de la comunidad, su copiosa producción musical, las congregaciones religiosas, actos sociales y la importancia de los bailes, las comparsas y el carnaval."

viernes, 26 de junio de 2015



El GEALA -Grupo de Estudios Afrolatinoamericanos del Instituto Ravignani (UBA/CONICET) invita al panel:

Afrodescendientes en tiempos de independencia
Aportes biográficos a la historiografía del bicentenario 

a cargo de

Dra. María de Lourdes Ghidoli (GEALA/UBA)
Los rostros de Monteagudo. La (im)posibilidad de un prócer no blanco.

Dra. Paulina Alberto (Universidad de Michigan)
María Cayetana Warnes, ¿liberta por analogía?  Negociaciones en torno a la condición de los libertos en la Buenos Aires de las primeras décadas post-revolucionarias.

Dra, Florencia Guzmán (CONICET/Ravignani/UBA).
María Remedios del Valle: “Capitana”, “Madre de la Patria” y “Niña de Ayohuma”. Historiografía y representaciones en torno a esta figura singular

Relator:
Dr. Alejandro Frigerio (CONICET/FLACSO)



martes 30 de JUNIO a las 15.00 horas en el Instituto Ravignani (25 de Mayo 221, 2º piso), Sala de Investigadores.


La actividad es libre y gratuita.

domingo, 21 de junio de 2015

Oscar Alemán -según Sergio Pujol


Trecho del nuevo libro de Sergio Pujol, que versa sobre la vida del famoso músico afrodescendiente Oscar Alemán (aparecido en suplemento Radar del diario Página 12 -y aquí una interesante entrevista que le hacen al respecto).

"Es el único músico de jazz argentino del período histórico cuyos discos de los años ’40 y ’50 fueron pasados a soporte digital. Conocido por su enorme destreza con la guitarra y con el cuerpo, Oscar Alemán rompió prejuicios en la relación entre público masivo y jazz. Nacido en 1909 en Machagai, Chaco, tuvo una ascendente carrera en París, truncada por la Segunda Guerra Mundial. Volvió a la Argentina, donde se convirtió en uno de los grandes animadores de la cultura popular y masiva casi hasta su muerte, en 1980. Aquí se anticipan fragmentos del libro de Sergio Pujol, Oscar Alemán. La guitarra embrujada (Planeta), que se distribuye esta semana."

Por Sergio Pujol:
"Verano de 2011, sábado al mediodía. La escena transcurre a centímetros de la mesa que elegí para almorzar en un restaurante típico de Buenos Aires. Una madre de más de 80 años y una hija que debe rondar los 50 y pico conversan con desánimo pero a un volumen lo suficientemente alto para que las pueda escuchar con claridad. Imagino que la madre vive en un geriátrico y la hija fue a buscarla para llevarla a almorzar a un lindo lugar. Se respira incomodidad en el ambiente. A cada comentario bienintencionado de la hija, la madre responde secamente, siempre al borde del disgusto. Discuten cada cosa pequeña, que en esa situación resulta enorme: el menú, la temperatura del comedor, la atención (para la madre es desatención) del mozo y, en fin, la desafortunada idea de la hija de ir a comer justo este día, justo a este restaurante. Lejos de marcar una tregua, la llegada de la comida empeora las cosas: “yo no pedí esto”, ataca la madre mientras con el tenedor examina el plato como si este contuviera ántrax. Entre los vanos esfuerzos que la hija hace para remontar un encuentro que sabe será breve o larguísimo según cómo logre pilotearlo, se presenta el del fisgoneo compartido. “Mirá, mamá. ¿Ese no es Dringue Farías?” Un buen intento. Las paredes del restaurante están cubiertas de retratos de argentinos famosos, todos ellos del astronómicamente llamado “mundo del espectáculo”. Todos murieron hace bastante tiempo; como suele decirse a manera de consuelo metafísico: ahora viven en el recuerdo. En efecto, se trata de Dringue. Y más allá está Troilo. Y un poco más allá, casi adentro de la cocina, Tita Merello. Todos perfectamente enmarcados, de blanco y negro. De pronto, la madre, que hasta ese momento se ha mantenido impertérrita, resistente a la seducción de ese pasado glorificado, hace un gesto de expectación y levanta la mano señalando uno de los retratos. Su rostro se transforma, lo viste una sonrisa leve que la hija celebra, aliviada, pero que no llega a entender en todo su significado. “Aquel es Oscar Alemán. Con tu padre lo íbamos a ver cada vez que podíamos. Bailábamos con su música. No sabés las cosas que hacía con la guitarra.” A partir de aquel descubrimiento y al menos durante el tiempo que dure el almuerzo, la relación entre ellas quedará mágicamente expurgada de resentimientos y malentendidos. La madre podrá rezongar de vez en cuando, como un rasgo de identidad al que no quiere renunciar, pero el recuerdo de la música que una vez la hizo feliz cortejará el resto del mediodía y la llevará en amable fox trot hasta los límites de la tarde. Insólitamente, en lugar de profundizar la brecha, el flashback de la memoria se ha convertido en un puente generacional. Piensa la hija, casi en voz alta: no bien regrese a casa, me pondré a buscar información sobre este señor que tanto le gustaba a mamá. Está bastante sorprendida. De todos los retratos de famosos que engalanan las paredes del restaurante como trofeos de cultura popular argentina, su madre sólo se conmovió con uno, el que ella nunca hubiera imaginado. El único que ella no conocía. No tuve la suerte de ver a Oscar Alemán “en vivo”. Sólo alcancé a disfrutar, sentado frente al televisor de la casa de mis padres, de su última presentación en Canal 7 (por entonces ATC). Guardo de aquello un recuerdo vívido aunque fragmentario. Un hombre negro en traje blanco, casi un boicot a la flamante TV color. Anteojos grandes sobre un rostro frágil y un tanto indescifrable. Veloces dedos corriendo por todo el diapasón de una guitarra acústica sobriamente electrificada. Algún paso de zapateo americano y, para el cierre, la madera encordada en raudo viaje hacia la espalda. La música no era rock and roll, aunque estaba cerca de serlo. Era algo más antiguo pero no necesariamente demodé. Sonaba como si la escena musical mundial, sometida a un experimento de criogenia, hubiera quedado congelada en 1950, y súbitamente recuperara el pulso de aquellos días. Como en los auditorios de las radios en los que supo reinar durante largas décadas, Oscar convocó esa tarde a un grupo de curiosos y viejos fans. No bien terminó su número, llovieron los aplausos, mientras los apuntadores avisaban que venía el corte. Y ahí –así– quedó Oscar, saludando con un leve movimiento de cabeza. Un fantasma de la Argentina de nuestros abuelos y nuestros padres nos había visitado –¿cómo saber que aquella sería la última vez?– para hacer su eficaz número de jazz y musichall en el país de Seru Giran, la música disco y la censura. 



Héroe de la guitarra
Al cabo de cuatro años de investigación en torno a su música y su época, ya no estoy tan seguro de no haberlo visto en vivo. Su presencia encandilando a miles de espectadores en las noches de los años 40 o 50 o su heroica reaparición en la década del ’70, cuando muchos ya lo daban por muerto, son imágenes que no dejan de visitarme. También lo veo descalzo en la puerta de un cabaret de Santo, niño de la calle ganándose la vida con un cavaquinho, después de que su padre se arrojara al vacío desde un tranvía carioca. Lo veo en la Buenos Aires de 1928 haciendo su número de música hawaiana a dos guitarras con el hombre que lo salvó de la indigencia, el brasileño Gastón Bueno Lobo, o participando en una jam session en el Hot Club de Francia, en uno de los descansos que le permite la gira con Josephine Baker. En fin, lo veo en los camarines del Casino de París tocando su guitarra metalizada frente a Duke Ellington que lo quiere en su orquesta. Oscar no se ha ido del todo. La escucha de su música está bastante más extendida de lo que podría suponerse. Luis Salinas lo considera uno de los tres guitarristas que más lo influyó (los otros dos son Roberto Grela y Atahualpa Yupanqui). Lo escuchan con atención los jóvenes que quieren tocar jazz de los años ’30 en guitarra: “Hombre mío”, tema de su autoría que lo identificaba en la radio y en los bailes, roza el estatus de standard del swing con cuerdas, y el riff de su versión de “Tengo ritmo” es tan idiosincrásico como los de “Sucio y desprolijo”, de Pappo, y “Postcrucifixión”, de Pescado Rabioso. Su nieta, Jorgelina Alemán, canta blues y jazz con pasión equiparable a la que vuelca en mantener viva la memoria de su abuelo. La verdad es que ningún músico argentino de jazz “histórico” puede despertar tanto interés. El hecho de que los discos que grabó en los 40 y 50 sean los únicos en su género que fueron pasados a soporte digital –el resto de la historia del jazz argentino anterior a la década del 60 sigue dormido en las pastas de los coleccionistas– debería considerarse entre las pruebas de su vigencia. Obviamente, a su música no se la escucha solamente en Argentina. Desde que cosechó los elogios de los mejores críticos de jazz de Europa –y eso fue en épocas tempranas, cuando tanto él como el jazz tenían una larga carrera por delante–, su figura nunca se desdibujó del todo. Sus fans se encargaron de avisar que su nombre era mencionado con entusiasmo por el célebre Leonard Feather, y que antes de eso los pioneros de la crítica jazzística en el mundo, el francés Hugues Panassié y el belga Robert Goffin, lo habían distinguido como a uno de mejores guitarristas. Pues bien, ese capital simbólico se viene indexando desde su muerte en 1980. En 1997, se llevó a cabo en Oslo, Noruega, un concierto en su homenaje. Entre los invitados estuvieron los mejores intérpretes argentinos del estilo gypsy swing: Walter Malosetti, Ricardo Pellican, Chachi Zaragoza y Héctor López Furst, entre otros. Unos años más tarde el documental de Hernán Gaffet, Oscar Alemán. Vida con swing, fue distinguido en el XVII Festival de Cine Latinoamericano de Trieste. En 2009, el crítico holandés Hans Koert abrió un blog titulado “The Rediscovery of Oscar Alemán”. Ese año, centenario del nacimiento del músico, un ilustrador nacido en Kosovo, Gani Jakupi, publicó la biografía gráfica Le roi invisible. Un portrait d’Oscar Alemán. Pero quizá la prueba más impresionante de cómo su música sigue viva al amparo del tiempo sea la que recientemente nos brindó el mismísimo Bob Dylan, cuando en su programa de radio satelital Theme Time Radio Hour eligió –y presentó– “Bye bye blues” (“Blues del adiós”), tema grabado por el quinteto de Alemán en 1942, en la ciudad de Buenos Aires. Fue emocionante escuchar la voz áspera de Dylan contando brevemente la vida del “true unsung heroe of swing guitar”. 

De París a Buenos Aires
A diferencia de la parábola ascendente del artista latinoamericano que finalmente triunfa en Europa o en los Estados Unidos –de Carlos Gardel a Carmen Miranda, la lista es pródiga–, la vida de Oscar, nacido en Machagai, Chaco, en 1909, dibujó una parábola descendente, en la medida que debió abandonar París y regresar a Buenos Aires en medio de la Segunda Guerra Mundial. Esto frustró su carrera internacional, justo cuando su talento empezaba a ser comparado con el de su amigo Django Reinhardt (solían presentarlos como “el indio y el gitano”). Cabe decir que resulta cuanto menos eurocéntrico afirmar que la carrera de Oscar se frustró porque debió abandonar París, ciudad en la que se había radicado en 1931. Es entendible que se lo piense de esa manera –el mismo Oscar lo creía así–, toda vez que las escenas jazzísticas más interesantes estaban por entonces muy lejos de Buenos Aires. París era la gran caja de resonancia de las culturas del mundo: siendo un músico de minorías en Francia, Oscar tenía más chances de convertirse en universal que siendo un artista masivo en Sudamérica. De todos modos, aquel dramático cambio de planes no fue algo fácil de sobrellevar. El enfant terrible de la orquesta de Josephine Baker –así lo llamaba la diva– debió hacer valer esos blasones cosmopolitas en un país que empezaba a vivir un tiempo abundante para el tango y la música de raíz nativa. Aún así, esos blasones no pasaron inadvertidos. En una de las primeras notas que le hizo la revista Sintonía, un cronista se maravillaba de su música, pero más se sorprendía por el hecho de que el personaje de la nota fuera argentino y músico de jazz: “Cuesta creer que se haya podido producir en nuestro medio un fenómeno como el de Oscar Alemán. ¡Estamos tan alejados de lo verdaderamente grande en la materia!”. La biografía de Oscar nos ofrece la oportunidad para reflexionar sobre varios aspectos de la cultura popular en el siglo XX. Por ejemplo, tenemos el tema de la hibridación, hoy tan en boga en los estudios culturales. Obviamente, Oscar nos recoloca en el mundo del jazz, esa música que nació y creció a partir de combinaciones muy audaces. Con su imaginación artística y su vida aventurera, el guitarrista realizó un personal aporte a ese proceso de hibridación propio del jazz. Primero lo hizo en Francia, en contacto con grandes jazzmen norteamericanos expatriados, allí donde siempre dio el tipo de “negro latino”. Cuando en la navidad de 1940 volvió a Buenos Aires expulsado por los nazis, encarnó el problema de lo nacional/internacional, pero esta vez en el marco de esa gran prueba de fuerza de los sectores populares que empezaba a darse en la Argentina. Fue así como de “negro latino” en París pasó a ser, en tiempo de Perón y Evita, el principal exponente de la música norteamericana en Sudamérica. Fue entonces “el negrito Oscar”, una calificación que, en virtud de su ascendencia afro, podía acreditarlo en materia jazzística pero, asimismo, situarlo en el lugar del subalterno, según los escalafones de la recelosa clase media argentina. 


Si bailas no puedes morir
La música argentina dio muchos animales escénicos, pero ninguno como Oscar Alemán. Si bien nadie discutió jamás la capacidad de entretener a su público de la que hizo gala por largos años, en el sistema valorativo del jazz, que en alguna medida reproduce el de la música académica, la destreza corporal podía ser entendida (mal entendida) como mera concesión comercial, un aditamento que nada agregaba –más bien restaba– a la interpretación. Si bien este prejuicio antishowman quedó desautorizado al confrontar con los conciertos de algunas estrellas internacionales de paso por Buenos Aires –Louis Armstrong, Dizzy Gillespie y, desde luego, del histriónico Cab Calloway–, ni siquiera el propio Oscar estuvo totalmente a salvo del mismo; en alguna oportunidad reclamó que se lo tomara “en serio”. Pero al cabo de un tiempo terminó aceptando la naturaleza espectacular de su música. Investigar los primeros capítulos de su vida y encontrarlo, antes de su viaje a Europa, ganándose el sustento en una Buenos Aires poblada de artistas excéntricos, nos ayuda a comprender la raíz de aquella infalible fórmula de espectáculo musical unipersonal, pero también a visualizar su posterior potenciamiento en la llamada Era del Swing, cuando el jazz se bailaba sin pausa. Fue en esa época que Oscar encontró su lugar definitivo en el mundo de la música, como si todo lo anterior hubiera sido una preparación para alcanzar esa explosividad rítmica que, honrando el carácter originalmente dancístico del jazz, iba y volvía entre sus pies y su guitarra, como en una cinta de Moebius. Este sentido de una música esencialmente corporal –y de un cuerpo esencialmente musical– lo abarcó por completo, incluso en sus últimos años, cuando ya no gozaba de la agilidad de otrora. Recordemos una anécdota ejemplar. En 1972, después de quince años sin grabar, Oscar pisa los estudios ION para hacer el disco Alemán 72. Los técnicos han colocado dos micrófonos a cada lado de la guitarra para captar no solo el sonido del instrumento sino también el de los pies. Pero a pedido del músico, los técnicos deberán alejar los micrófonos unos centímetros. Oscar necesita espacio para tocar. Necesita espacio para moverse mientras toca. Ese despliegue de energía que dispensaba sobre un escenario debía producir al menos una sonrisa. Su gracia mayor, esa que evocan sus viejos fans cuando afirman que “hacía lo que quería con la guitarra”, era tocar virtuosamente en una situación risueña. Había vocación de mago en esto, y sobre todo el deseo de hacer feliz al público, fuera este oyente pasivo o bailarín descocado. En esto la estampa de Oscar se asemeja a la del personaje central de Novecento, la novela de Alessandro Baricco. Allí se narra la vida de un pianista virtuoso, pionero del jazz, que nunca baja de un transatlántico. Su destino parece ser el de animar la vida de los pasajeros, hacerlos felices todo el tiempo que sea posible. En un tramo del libro, Baricco pone en boca de su personaje: “Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios”. Oscar tuvo una existencia difícil, para decirlo suavemente. Pero su música siempre contagió una energía inconmensurable. Energía propia del jazz, pero también del samba carioca, el baión, el boogie woogie, el primer rock and roll... Todas esas músicas emanaron de sus manos, de su cuerpo, de su voz. El las convirtió en puentes plateados entre la Argentina y el mundo. También en este aspecto su arte no parece condecir del todo con la tradición de tristeza y melancolía del tango y otros amores nacionales. Pero, ¿tan seguros estamos de que la música argentina es triste y melancólica?"

lunes, 23 de marzo de 2015

"Dignidad Afrodescendiente" -periódico online



La revista de revisión histórica "Dignidad Afrodescendiente", editada por Manuel Altamiranda, se encuentra ahora online. 
Su objetivo es visibilizar la realidad afroargentina -y afro en general- oculta por la información oficial. 
La revista pone especial énfasis en su uso para docencia primaria o secundaria, pero también está destinada para un público más amplio.

Se puede descargar de:

http://dignidadafrodescendiente.blogspot.com.ar/

miércoles, 18 de marzo de 2015

Historia de los afrouruguayos -online


El excelente libro de George Reid Andrews sobre Afro-Uruguay se puede descargar online. 

En:
http://d-scholarship.pitt.edu/21148/5/Negros_en_la_nacion_blanca_-_5MB_version.pdf

Agradezco a Regando Flores por el dato

viernes, 10 de octubre de 2014

George Reid Andrews en el GEALA

"Los afroargentinos de Buenos Aires" es un libro pionero que a la vez mantiene su vigencia. 
Convidado por el GEALA, George Reid Andrews rememorará y reflexionará sobre esta obra que se tornó un clásico de la historiografía argentina.


Muchas gracias a Darío La Vega por el diseño

viernes, 29 de agosto de 2014

Afrodescendientes y Derechos Humanos -según el Ministerio de Justicia de la Nación (Argentina)


Una publicación reciente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos realiza una interesante y útil compilación de numerosas resoluciones, nacionales e internacionales, referidas a los derechos de los afrodescendientes. 

Se puede descargar de:


Agradezco a Lea Geler por el dato

lunes, 30 de junio de 2014

Raza y Etnicidad en la cocina argentina -conferencia en el GEALA


El GEALA  (Grupo de Estudios Afrolatinoamericanos)
del Instituto Ravignani de la UBA/CONICET- invita a la charla

Raza y Etnicidad en la cocina argentina:
Una historia de la cocina criolla y de Doña Petrona

por
Rebekah Pite (Lafayette College)
el jueves 3 de julio a las 18.00 horas en el Instituto Ravignani 
(25 de Mayo 221, 2º piso) Aula C.

Esta charla será a partir de la lectura previa de su artículo "Raza y Etnicidad en la cocina Argentina: Una historia de la cocina criolla y de Doña Petrona", Apuntes XVI, 22, 2012, que se encuentra disponible en la web del GEALA:

Rebekah E. Pite es profesora asociada de historia en el Lafayette College (Pennsylvania, USA). Doctora en Historia y Estudios de Mujeres (Universidad de Michigan, 2007), su investigación se centra en la historia del género, la comida y el trabajo en Argentina. Es autora de Creating a Common Table in Twentieth-Century Argentina: Doña Petrona, Women, and Food (2013, University of North Carolina Press). Con este libro, Pite ganó el Premio Gourmand al “Mejor libro sobre cocina latinoamericana” publicado en USA y el premio de la Sección de Estudios del Cono Sur al “Mejor libro de Ciencias Sociales” en 2013. Cuenta con numerosos capítulos de libros y artículos publicados en diversas revistas, como Hispanic American Historical Review,Revista de Estudios Sociales, Apuntes o Massachusetts Historical Review.

viernes, 21 de marzo de 2014

La imagen de los "negros" argentinos a comienzos del siglo XX

En el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, un aporte concreto al mejor conocimiento del racismo argentino: reproduzco un artículo aparecido hace pocos meses en la revista Todo es Historia (No. 553, agosto de 2013) y de manera más extensa como capítulo de un libro editado por el GEALA
La imagen de los "negros" a comienzos del siglo 20, examinada a través de los artículos, chistes y propagandas aparecidas en la revista Caras y Caretas (1900-1910):









viernes, 10 de enero de 2014

Entrevista a Marisa Pineau


El diario Z entrevistó a la historiadora Marisa Pineau:

Marisa Pineau: “Se piensa que acá la esclavitud fue benevolente”
Por  Diego Sasturain

Experta en la historia de los afroamericanos, Marisa Pineau afirma que desde el Estado hubo una política deliberada para invisibilizar la presencia y la historia de los negros en el Río de la Plata así como desconocer su legado cultural.


En abril de 2013 el Congreso sancionó una ley que estableció el 8 de noviembre como Día Nacional de los Afroargentinos y de la Cultura Afro. Fue un primer reconocimiento del Estado argentino a una parte de la población -la afrodescendiente- que durante décadas trató de negar o invisibilizar. La ley, además, obliga a incorporar los temas vinculados a la historia y a la impronta de la cultura afrodescendiente en los programas escolares. Para la historiadora y especialista en temas africanos Marisa Pineau, este logro es más un punto de partida que de llegada. La investigadora conversó sobre la herencia afro con Diario Z en el patio del Museo Etnográfico Ambrosetti – en un pequeño oasis verde en el microcentro porteño– donde tiene su oficina.

Se suele decir que los africanos o sus descendientes murieron por la fiebre amarilla o en la Guerra contra el Paraguay, ¿es cierto?
Hubo una operación política e historiográfica de no dar cuenta de la presencia africana en nuestra cultura. Y quiero aclarar que esa presencia no necesariamente se nota en el color de la piel. Hubo toda la otra invisibilización, vinculada a la historia de los africanos aquí. Hay una larga historia de los africanos en el territorio que hoy es la Argentina, y que está vinculada a varias diásporas. Una primera es la del tráfico de esclavos. Que funcionó a partir del puerto de Buenos Aires y a partir de los puertos de Colonia y Montevideo, que era donde llegaban los africanos. Esos africanos también fueron después a muchos lugares del interior, muchos no se quedaban en la pequeña villa que era la ciudad de Buenos Aires en el siglo XVII y XVIII. Lo vemos por las pinturas, los relatos de los viajeros, y porque lo dicen los censos coloniales y de los primeros años de la vida independiente.

¿De qué parte llegaron?
Fundamentalmente, de la zona al sur del Ecuador, Angola, Congo y Mozambique, del sudeste de África. Hablaban lenguas de tronco bantú, que es a Africa como el tronco cultural indoeuropeo es a Europa.

Entonces, los africanos estuvieron en Buenos Aires desde siempre.
Pasa algo bastante particular, y es que hay varias capas africanas, unas sobre otras. No hay una única herencia afro. Una de las primeras tiene que ver con la esclavitud. Esta fue una sociedad donde hubo esclavos, y en la que los esclavos eran la base o una de las bases de su funcionamiento.

¿Eso es lo que se tendió a borrar?
Sí, de varias maneras. Hay una idea de que la esclavitud acá fue benevolente, que los trataban bien, que convivían con los dueños, como un paternalismo amable. En el único momento en que se muestra a los africanos en nuestra historia es en los aniversarios del 25 de Mayo o en la época colonial. Y se los muestra como menores, tutelados por los mayores, que son los blancos. Hay un ocultamiento de las relaciones sociales esclavistas que fueron fundantes de esta sociedad. También se borra cómo esa población de origen africano fue integrada a los ejércitos de las guerras de independencia como trabajadores y soldados.

¿Y las otras oleadas?
Una segunda diáspora está vinculada a la inmigración de Cabo Verde entre 1920 y 1950. Se asentaron fuera de la ciudad de Buenos Aires, en Dock Sud y Ensenada, porque estaban ligados a la actividad portuaria. Y es una comunidad que vive junta, que tiene una representación vecinal y una identidad complicada, a veces más portuguesa, a veces más africana, pero hay un fenotipo más visible. Y hubo una recuperación cultural en la década del 60 y de los 70, bailes, asociaciones de grupos que se reunían en Casa Suiza, en el subsuelo, donde la comunidad afroargentina organizaba bailes semanales. La dictadura es un corte en todo esto. Una tercera oleada comenzó a partir de la década de 1990, con la llegada de subsaharianos, especialmente de Senegal, de Nigeria y otros países del África Occidental y también de afroamericanos de otros países americanos, del Caribe y de Brasil. Hay algo así como una reafricanización.

¿Era importante el tráfico de esclavos para la economía de la colonia?
Era significativo, y las grandes familias participaban de la trata. Ahí dividiría los negocios, o la riqueza surgida de los negocios de la trata y los negocios surgidos del trabajo esclavo. Son dos cosas distintas. La trata era un negocio floreciente. En general, los africanos que llegaban ya estaban vendidos. No hay documentación que diga que haya habido un mercado de esclavos. Este era un puerto donde quedaban esclavos pero además pasaban para el interior, a Córdoba y el camino hacia Potosí. Iban a las minas y como cargadores.

¿Cuándo se empieza a perder esta presencia?
En el siglo XIX ya se empieza a perder el rastro. La ciudadanía política recién se consagrará con la Constitución de 1853. Hasta ese momento se establecía que un hombre para votar tenía que ser hijo de un hombre libre, por ejemplo. Otra cosa interesante del siglo XIX es que hacia 1870, más o menos, había muchas organizaciones afro. Estamos hablando ya de ciudadanos argentinos que se expresaban a través de la prensa, que se reconocían como descendientes de africanos y estaban reclamando por sus derechos. Encontramos sujetos orgullosos de lo que son, trabajando, haciendo cosas interesantes y pensándose como argentinos. Hay otras experiencias, en otros lugares de América, donde los afrodescendientes empiezan a pensar en la vuelta a África. Acá, en cambio, se piensan integrados.

¿Y qué pasó después?
A partir de la llegada de la enorme inmigración europea la población afro, que podía ser más o menos importante, pierde peso numérico. Por otro lado empieza a haber situaciones de mestizaje, casamientos entre miembros de distintas comunidades, que también es una característica propia de Buenos Aires.

¿Y el sistema educativo qué decía?
Desde la escuela se sostuvo con mucha fuerza que la Argentina era una sociedad blanca y homogénea. Quienes podían pasar por blancos, lo hacían, para no sufrir discriminación. Entonces, cuando el fenotipo no es tan marcado podía ser menos visible a los ojos de la sociedad.

¿Qué marcas quedan específicas de los afroargentinos?
Los lugares que quedan son dos o tres. El Parque Lezama, donde llegaban los esclavos en el siglo XVIII. Está bien poner un recordatorio por el día del afroargentino y de la cultura afro en ese lugar. Otro lugar es la Plaza San Martín, donde había una casona que funcionó como depósito y mercado de esclavos. Primero la alquiló la Compañía Francesa de Guinea y, hacia 1712, la South Sea Company, que traficaban con esclavos africanos. Eso le dio el nombre al lugar, “el retiro de los africanos”. También están documentadas las casas de afroargentinos en la calle Bolívar, a las que también se les pasó por encima en los procesos de modernización. Son dos herencias que están y que no están.

¿Cuánta gente se reconoce como afro hoy?
Hay una prueba piloto que se hizo en 2005 y se están haciendo censos donde se incorpora la pregunta étnica. La categoría es la de afrodescendiente (una persona que reconoce que tiene algún ancestro africano) y para el caso argentino es muy útil y por eso los movimientos afro la aceptaron y la usan. Se hizo una prueba piloto en Santa Fe y en la Ciudad de Buenos Aires, donde dio un porcentaje de más o menos un 5% de la población, que coincide con pruebas anónimas que se hicieron en hospitales públicos de la Ciudad de Buenos Aires. Lo hizo Francisco Carnese, que es profesor de Antropología biológica de la facultad, y le dio entre un 4 y un 5 por ciento con genes afro. En 2010 se incorporó en algunas zonas la pregunta sobre si “usted y su familia se reconocían como afrodescendientes” y hubo 150.000 personas que contestaron que sí. Es claramente una minoría, pero es como un puntapié para pensar nuevas cosas en el futuro.

¿Y por dónde pasa la Buenos Aires afro hoy?
Hay bares, algunos restaurantes. Pero yo creo que donde más se ve es en la movida cultural de las llamadas, en los tambores en San Telmo. Las llamadas y las llamadas no oficiales o contra-llamadas que se hacen. Hay un movimiento fuerte en ese sentido, y también ligado a la práctica de capoeira. Hay mucha gente que lo practica. Quizás estamos buscando a gente con todas las características raciales. Las poblaciones que se reconocen a sí mismas como negras no necesariamente son de piel oscura o mestiza, sino que se comparten ciertos valores culturales, formas de pensar la organización social y familiar, y formas musicales. El proyecto homogeneizador del Estado argentino fue sumamente exitoso en términos de invisibilización de la negritud y de los indígenas. Quizás haya sido el proyecto más exitoso que conocemos, porque nos convencieron de que somos europeos y de que éste es un país de blancos. Todos lo repetimos, nos lo repitieron en la escuela y lo seguimos reproduciendo.

¿Hay ganas de ocultar o de asumir esa herencia?
Yo creo que el orgullo afro tiene que estar ligado a cosas positivas. Si ser negro significa ser pobre, como en general es lo que pasa aquí, si la palabra “negro” es una palabra peyorativa y que equivale a ser pobre, entonces, reivindicarse como negro es más complicado. Me parece que puede ser una reivindicación de tipo política y aglutinadora.


Perfil de Marisa Pineau
Egresada de la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Marisa Pineau realizó sus estudios de posgrado en El Colegio de México, donde obtuvo el título de Master en Estudios de África.
Es profesora titular de las cátedras “Historia de Asia y África Contemporánea” e “Historia de la Colonización y la Descolonización” de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Además coordina la Sección Interdisciplinaria de Estudios de Asia y África, en el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti de la Universidad de Buenos Aires (http/museoetnografico.filo.uba.ar) y dirige el proyecto de investigación “África y su diáspora. Historia y realidades actuales” dentro de la Programación científica de la UBA.
Pineau es autora de Ruta del esclavo en el Río de la Plata y Huellas y legados de la esclavitud en las Américas, ambos editados por la Universidad Nacional de 3 de Febrero.

lunes, 30 de diciembre de 2013

La Asamblea del Año 13 y la esclavitud -según educ.ar


En distintas entradas en este blog fui bastante crítico de la manera en que, desde el gobierno, se publicitaron los "logros" de la Asamblea del Año 13 respecto de la abolición de la esclavitud. 
Este corto (4 minutos), producido por educ.ar, pone el tema en perspectiva, especificando mejor las limitaciones y los progresos reales que las disposiciones de la Asamblea sobre la libertad de vientres conllevaron en la vida de los esclavizados.

Fuente: http://www.educ.ar/recursos/ver?id=120656

Otras notas al respecto en este blog:

viernes, 13 de diciembre de 2013

El jazz y la conciencia negra


Sobre "Black Music: Free Jazz y Conciencia Negra  1959-1967" de Amiri Baraka (Leroi Jones) *
Por Berenice Corti

No se trata éste de un libro de jazz. O al menos, no sólo de jazz.
No, no es exactamente así.
Intentemos nuevamente: este es un libro sobre el jazz, y del período de transición que el autor, un intelectual y poeta negro de New York, describe como de surgimiento, formación y desarrollo de una nueva corriente musical. En la denominación que obtuvo esta música, New Thing o Free Music, subyace además la pretensión política y estética de hundir una cuña para escindirla del más de medio siglo de jazz regulado por el contexto norteamericano blanco.
El manifiesto que abre el libro, “El Jazz y la crítica blanca”, es un ensayo ya conocido por el público de habla hispana. A partir de su frase inicial “La mayoría de los críticos de jazz han sido americanos blancos, mientras que los músicos más importantes no” desnuda una verdad que requiere de una minuciosa deconstrucción: todo lo que hemos leído hasta ahora sobre el jazz, sus cronologías, sus historias y las críticas, han sido mayoritariamente escritos por hombres blancos –y poderosos-. Se trata de un hecho tan obvio y naturalizado, sobre todo, en el contexto argentino, que nos ha impedido acceder a gran parte del mundo del cual el jazz fue y es uno de sus exponentes.


Es así que los relatos de Baraka sobre el circuito de clubes de jazz, los discos, los conciertos, y la figura de los artistas, dan cuenta de otra manera de leer y escuchar esta música desde el núcleo mismo de la cultura afroamericana, en el marco de su sojuzgamiento histórico por parte de la sociedad estadounidense. Por cierto, algunos de los recursos que utiliza el autor para describir la música son ciertamente distintos a los de la visión euroccidental. Nos sirven, por un lado, de traducción “nativa” -como dirían los antropólogos- de esa usina cultural, pero también como vía de acceso a un sistema de pensamiento sobre/en la música que aún desconocemos demasiado, incluso también los que amamos esta música con pasión. Por ejemplo: “en el hermoso vaivén del sonido de la energía del espíritu negro, el sótano entero estaba poseído y animado. Las cosas volaban por los aires” (en referencia a un concierto de Pharoah Sanders, p. 137); o, refiriéndose al saxofonista Archie Shepp: “Es consciente de la responsabilidad social del artista negro que, por más secreta que se mantenga, ayuda a que se conserve la postura estética también” (p. 147).



También podríamos preguntarnos por las implicancias de leer a Amiri Baraka –tal es el nombre que adoptó LeRoi Jones al convertirse al Islam tras la muerte de Malcom X- en Buenos Aires y medio siglo después de haberse escrito, donde existe una activa escena de jazz y también de grandes cultores del free jazz. Las razones para su edición, aquí y ahora, resultan inescrutables, pero sí podemos pensar qué podemos hacer nosotros con este libro. En tal caso, Baraka mismo nos propone una manera de acercarnos a la música, ese “regalo maravilloso” que le da el título a la obra, y que nos “ha sido dada, con gentileza, a la luz de esa opresión”. Que haya “grandes” músicos de jazz blancos, afirma, se debe a su entendimiento y compromiso con “la música de los negros”. Este libro es un camino posible, de aprendizaje, para eso.

*Caja Negra editores, Buenos Aires, 2013

Berenice Corti es investigadora del Instituto de Investigación en Etnomusicología de la Ciudad de Buenos Aires

lunes, 16 de septiembre de 2013

jueves, 12 de septiembre de 2013

Terceras Jornadas de Estudios Afrolatinoamericanos del GEALA


El programa se puede descargar de:

Inscripciones: 
Las inscripciones se realizan durante el desarrollo de las III Jornadas. Los costos son los siguientes:

Ponentes:  $ 400
Ponentes estudiantes: $ 300
Asistentes con certificado: $ 100
Asistentes sin certificado: libre y gratuita
Más info sobre el GEALA en: http://geala.wordpress.com/

lunes, 9 de septiembre de 2013