Mas info (todo en inglés, lamento) en:
http://www.oyariseoftheorishamovie.com/ domingo, 30 de marzo de 2014
viernes, 21 de marzo de 2014
La imagen de los "negros" argentinos a comienzos del siglo XX
En el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación
Racial, un aporte concreto al mejor conocimiento del racismo argentino: reproduzco un artículo aparecido hace pocos meses en la revista Todo es Historia (No. 553, agosto de 2013) y de manera más extensa como capítulo de un libro editado por el GEALA.
La imagen de los "negros" a comienzos del siglo 20, examinada a través de los artículos, chistes y propagandas aparecidas en la revista Caras y Caretas (1900-1910):
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jueves, 6 de marzo de 2014
El candombe contra la violencia de género
Adriana Montiel y su padre, Jorge Echeverría
Mujeres candomberas en su día y en memoria
de Adriana Montiel.
Por Viviana Parody
El próximo 8 de Marzo, la comparsa África Ruge conmemora el Día de la Mujer en su espacio callejero
habitual –La Boca, Plaza de los Bomberos en la que desemboca la calle Caminito,
más precisamente en la esquina de Lamadrid y las vías-. Grupos musicales y
diversas actividades tendrán su inicio alrededor de las 16hs y su cierre con la
salida de los tambores por el barrio, como todos los sábados.
En esta oportunidad, sin embargo, algo
marca realmente una diferencia. Estas actividades en este día en 2014 cumplen
con rendir homenaje a una mujer que supo nacer
en el candombe y ser parte del mismo
con total entrega y disfrute, pero también con creciente compromiso cultural y
social (con su propia historia de vida en
primer lugar, y la de todos quienes la rodearon). Adriana Montiel, madre de un
hijo de 15 años y esposa en un seno familiar interracial, fue además en 2013 la primer mujer negra que participó de las
reuniones de comparsas de Buenos Aires, y así mismo de las gestiones y
asesorías en materia de candombe que se pudieron llevar adelante en oficinas
del Estado (Secretaría de Cultura de la Nación), pudiendo tener en tales
espacios opinión, voz y voto. Su palabra siempre era breve pero acertada, muy
atinada, y de tono conciliador.
La muerte de Adriana el pasado 26 de
Febrero, relacionada a cuestiones de género que aún se investigan, nos deja
además de un profundo dolor una serie de enseñanzas y desafíos que como
candomberxs (hombres y mujeres) y
como comunidad (negra/afro) debemos atender. En primer lugar, la necesidad de
fortalecer el candombe como espacio social y familiar de contención, a fin de
que además de significar un espectáculo artístico, el candombe pueda significar
una oportunidad de vida para las personas que lo constituyen. En este sentido, el
Estado tiene un fundamental compromiso para con las familias afrodescendientes,
imposible de llevar adelante si se tiene como único destino posible para el
candombe la participación del mismo en festivales artísticos. Detrás de “una
comparsa” hay mucho más: hay familias, hay sujetos de derecho. El candombe de
todos modos, en su propio fuero interno, también tiene mucho para hacer en
materia de lucha por los derechos culturales y sociales, es decir, en materia
de ejercicio de la ciudadanía. Resta además, una cuenta pendiente por saldar en
materia de género que corresponde a la sociedad toda.
Entiéndase entonces, este homenaje, como un
llamado de atención a todas nuestras conciencias en nombre del afecto y del respeto que Adriana, como muchas
mujeres negras que ya no están con nosotros, nos inspiraba a todos quienes
frecuentamos o hacemos parte del candombe. En su recuerdo van entonces estas
actividades del próximo sábado en La Boca, más todos los nuevos emprendimientos
venideros que a lo largo de 2014 tengan
a estas mujeres afro de este barrio como
protagonistas, ya que ellas son una fuente invaluable de vida, de lucha, de
transmisión, y de transformación “de fondo”. Fortalecer al candombe es
fortalecerlas a ellas -y a sus hijos- en primer lugar.
martes, 4 de marzo de 2014
Los Beatles contra la segregación racial (1964)
Hace poco se cumplieron 50 años de la primera gira de Los
Beatles a Estados Unidos (comenzó el 7
de febrero de 1964). Su éxito en esa oportunidad superó con creces lo que ellos
mismos esperaban, y volvieron de nuevo en agosto de ese año.
En esta segunda gira, el periodista radial Larry Kane
recuerda un hecho que mostró la templanza de los -todavía- muy jóvenes músicos.
En una parada entre conciertos se enteraron que uno de sus próximos eventos -en
el ya demolido Gator Bowl Stadium en Jacksonville, Florida - iba a ser con el
público segregado, una costumbre que aún era común en determinadas localidades norteamericanas.
Al conocer la noticia, Paul se paró y dijo " no
vamos a tocar allí". John, aún más decidido, dijo "no hay manera de
que eso suceda" ("no fucking chance of that happening"). Ringo y George
estuvieron de acuerdo.
Al día siguiente, John fraternizó y nadó en la pileta del
hotel -en Key West, en el mismo estado de Florida- con las integrantes de The
Exciters, un grupo de tres chicas afroamericanas que formaban parte de la gira
(al grupo se agregó más adelante un varón).
Las fotos de John en la pileta con las chicas afroamericanas llamaron la
atención de los medios sureños, y generaron más controversia.
Según Kane, que escribió un libro sobre los comienzos de
los Beatles, ya unos años antes el grupo había desafiado al establishment musical
de Liverpool ayudando a un grupo de músicos británicos negros, The Chants, a cantar en The Cavern. Como eran un grupo puramente vocal, incluso se ofrecieron a tocar con ellos -y lo hicieron, pese a la oposición de su manager, Brian Epstein.
Como en aquella oportunidad en Liverpool, también en
Estados Unidos los Beatles se salieron
con la suya: cuando llegó el momento, por primera vez en su historia, el Gator
Bowl fue sede de un evento racialmente integrado.
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lunes, 24 de febrero de 2014
Gabino Ezeiza -según Clarín
Diario Clarín, 24 de febrero de 2014
El payador que 150 años después sigue dando que hablar
Por Eduardo Parise
Gabino Ezeiza nació en 1858 y de la mano de la
improvisación y la guitarra hizo historia. En su honor existe en el país el Día
del payador.
Algunos historiadores fijan su fecha de nacimiento el 3
de febrero de 1858. Otros, el 19 de febrero de ese mismo año. De lo que no hay
duda es que Gabino Jacinto Ezeiza, nació en una modesta casa de Chacabuco al
200, en el barrio de Monserrat, por lo que era bien de esta Ciudad que después
lo iba a convertir en un ídolo. Ahora, más de un siglo y medio después, su
imagen de cantor popular sigue intacta aunque su nombre no le diga mucho a las
nuevas generaciones.
Gabino era hijo de Joaquín Ezeiza y de Joaquina García.
Lo curioso era que siendo de raza negra tuviera ese apellido europeo. La
explicación no tiene misterios: su padre había servido a la familia Ezeiza y,
como muchos herederos de viejos esclavos, lo había incorporado a su identidad.
El primer vasco con ese apellido que llegó a estas tierras fue Jerónimo Antonio
de Ezeyza Urrutume e Irazábal Pagola, un hombre nacido en Albistur, provincia
de Guipuzcoa. Fue entre 1740 y 1770. Y seguramente alguno de sus descendientes
fue quien contó al papá de Gabino como sirviente.
Lo cierto es que desde muy chico, el negrito Gabino se
entreveró en las pulperías de su barrio y de San Telmo. Huérfano desde pequeño
(su padre, como tantos de su raza, murió en 1867 en la guerra con Paraguay; su
mamá había muerto un par de años antes), en esas pulperías conoció a Pancho
Luna, un pardo anciano quien le enseñó los rudimentos de la guitarra.
Después de haber pasado por publicaciones de su comunidad
(firmaba con el seudónimo de “Liberato” y hasta fue director literario del
semanario La Juventud) Gabino Ezeiza optó por dedicarse al canto en forma
permanente. Tenía poco más de 20 años, vivía en San Telmo y, aunque figuraba
como de profesión jornalero, ya se perfilaba como payador. Su calidad de
orador, capaz de improvisaciones impactantes, hacía que la gente lo siguiera en
cada presentación.
Desde 1880 en adelante, su fama de gran improvisador y
filoso contrincante en los contrapuntos, lo llevarían a la mayor popularidad.
Sus enfrentamientos verbales con Nemesio Trejo, Pablo José Vázquez o Pedro
Vázquez (dicen que lo enfrentó dos veces y en ambas Gabino fue derrotado) lo
hacían figura. Pero para los historiadores, el mayor logro de Ezeiza fue cuando
en esos choques de palabras venció a Juan de Nava, un payador uruguayo, a quien
enfrentó en Montevideo. Fue el 23 de julio de 1884, en una cancha de pelota de
la calle San José, entre Quareim e Ibicuy. Cuentan que más 300 personas se
agolparon para ver esa tenida, consagratoria para Gabino. Por ese hecho, en la
Argentina, se considera al 23 de julio como “El Día del Payador”.
Además, de sus muchas visitas a Uruguay quedaría aquel
famoso saludo a Paysandú ( “Heroico Paysandú, yo te saludo / hermano de la
patria en que nací / tus hechos y tus glorias esplendentes / se cantan en mi
patria como aquí” ). Y también se haría leyenda su militancia política,
primero en las huestes de Leandro Alem (Gabino participó en algunos
enfrentamientos de la Revolución del 90 y hasta terminó preso) y después con
Hipólito Yrigoyen. Curiosamente, Ezeiza murió a los 58 años en su casa del
barrio de Flores el 12 de octubre de 1916, el mismo día en que Yrigoyen asumía
su primera presidencia. Como herencia, quedarían diez hijos de su matrimonio
con Petrona Peñaloza, al parecer bisnieta del “Chacho”.
Su fama de guitarrero payador y cantor siempre dijo
presente en conocidos boliches de la Ciudad. Así lo vieron por ejemplo en el
Café Oviedo, de Mataderos, o en el Café de los Angelitos, en Rivadavia y
Rincón, donde cuentan que compartía mesa con Carlos Gardel y José Razzano.
También grabó algunos discos con acompañamiento al piano de Manuel Campoamor.
Este hombre está considerado entre los pioneros del tango. Y tal vez su obra
más conocida sea el tango “La C…ara de la L…una”, dedicado a chicas que
trabajaban en prostíbulos. Pero esa es otra historia.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Cuando El Negro mató a Martín Fierro (2) - versión de Alberto Breccia del cuento de Borges
En la entrada anterior reproduje el cuento "El Fin", de Jorge Luis Borges (del libro Ficciones, 1944). Ahora, la versión dibujada por Alberto Breccia
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lunes, 17 de febrero de 2014
Cuando El Negro mató a Martín Fierro -según Jorge Luis Borges..
(dibujo: Alberto Breccia)
El Fin (Jorge Luis Borges -Ficciones, 1944)
Recabarren,
tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra
pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que
se enredaba y desataba infinitamente…
Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.
Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.
(dibujo: Alberto Breccia)
Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.
La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:
—Ya sabía yo, señor, que
podía contar con usted.
El otro, con voz áspera,
replicó:
—Y yo con vos, moreno.
Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.
Hubo un silencio. Al fin,
el negro respondió:
—Me estoy acostumbrando a
esperar. He esperado siete años.
El otro explicó sin
apuro:
—Más de siete años pasé
yo sin ver a mis hijos.
Los encontré ese día y no
quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.
—Ya me hice cargo —dijo
el negro—. Espero que los dejó con salud.
El forastero, que se
había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la
paladeó sin concluirla.
—Les di buenos consejos
—declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras
cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.
Un lento acorde precedió
la respuesta de negro:
—Hizo bien. Así no se
parecerán a nosotros.
—Por lo menos a mí —dijo
el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que
yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.
El negro, como si no lo
oyera, observó:
—Con el otoño se van
acortando los días.
—Con la luz que queda me
basta —replicó el otro, poniéndose de pie.
Se cuadró ante el negro y
le dijo como cansado:
—Dejá en paz la guitarra,
que hoy te espera otra clase de contrapunto.
Los dos se encaminaron a
la puerta. El negro, al salir, murmuró:
—Tal vez en éste me vaya
tan mal como en el primero.
El otro contestó con
seriedad:
—En el primero no te fue
mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.
Se alejaron un trecho de
las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la
luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó
las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:
—Una cosa quiero pedirle
antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su
maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en
su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se
entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
Hay una hora de la tarde
en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice
infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una
música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó,
perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda,
que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a
precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía
laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con
lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era
nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado
a un hombre.
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