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domingo, 21 de junio de 2015

Oscar Alemán -según Sergio Pujol


Trecho del nuevo libro de Sergio Pujol, que versa sobre la vida del famoso músico afrodescendiente Oscar Alemán (aparecido en suplemento Radar del diario Página 12 -y aquí una interesante entrevista que le hacen al respecto).

"Es el único músico de jazz argentino del período histórico cuyos discos de los años ’40 y ’50 fueron pasados a soporte digital. Conocido por su enorme destreza con la guitarra y con el cuerpo, Oscar Alemán rompió prejuicios en la relación entre público masivo y jazz. Nacido en 1909 en Machagai, Chaco, tuvo una ascendente carrera en París, truncada por la Segunda Guerra Mundial. Volvió a la Argentina, donde se convirtió en uno de los grandes animadores de la cultura popular y masiva casi hasta su muerte, en 1980. Aquí se anticipan fragmentos del libro de Sergio Pujol, Oscar Alemán. La guitarra embrujada (Planeta), que se distribuye esta semana."

Por Sergio Pujol:
"Verano de 2011, sábado al mediodía. La escena transcurre a centímetros de la mesa que elegí para almorzar en un restaurante típico de Buenos Aires. Una madre de más de 80 años y una hija que debe rondar los 50 y pico conversan con desánimo pero a un volumen lo suficientemente alto para que las pueda escuchar con claridad. Imagino que la madre vive en un geriátrico y la hija fue a buscarla para llevarla a almorzar a un lindo lugar. Se respira incomodidad en el ambiente. A cada comentario bienintencionado de la hija, la madre responde secamente, siempre al borde del disgusto. Discuten cada cosa pequeña, que en esa situación resulta enorme: el menú, la temperatura del comedor, la atención (para la madre es desatención) del mozo y, en fin, la desafortunada idea de la hija de ir a comer justo este día, justo a este restaurante. Lejos de marcar una tregua, la llegada de la comida empeora las cosas: “yo no pedí esto”, ataca la madre mientras con el tenedor examina el plato como si este contuviera ántrax. Entre los vanos esfuerzos que la hija hace para remontar un encuentro que sabe será breve o larguísimo según cómo logre pilotearlo, se presenta el del fisgoneo compartido. “Mirá, mamá. ¿Ese no es Dringue Farías?” Un buen intento. Las paredes del restaurante están cubiertas de retratos de argentinos famosos, todos ellos del astronómicamente llamado “mundo del espectáculo”. Todos murieron hace bastante tiempo; como suele decirse a manera de consuelo metafísico: ahora viven en el recuerdo. En efecto, se trata de Dringue. Y más allá está Troilo. Y un poco más allá, casi adentro de la cocina, Tita Merello. Todos perfectamente enmarcados, de blanco y negro. De pronto, la madre, que hasta ese momento se ha mantenido impertérrita, resistente a la seducción de ese pasado glorificado, hace un gesto de expectación y levanta la mano señalando uno de los retratos. Su rostro se transforma, lo viste una sonrisa leve que la hija celebra, aliviada, pero que no llega a entender en todo su significado. “Aquel es Oscar Alemán. Con tu padre lo íbamos a ver cada vez que podíamos. Bailábamos con su música. No sabés las cosas que hacía con la guitarra.” A partir de aquel descubrimiento y al menos durante el tiempo que dure el almuerzo, la relación entre ellas quedará mágicamente expurgada de resentimientos y malentendidos. La madre podrá rezongar de vez en cuando, como un rasgo de identidad al que no quiere renunciar, pero el recuerdo de la música que una vez la hizo feliz cortejará el resto del mediodía y la llevará en amable fox trot hasta los límites de la tarde. Insólitamente, en lugar de profundizar la brecha, el flashback de la memoria se ha convertido en un puente generacional. Piensa la hija, casi en voz alta: no bien regrese a casa, me pondré a buscar información sobre este señor que tanto le gustaba a mamá. Está bastante sorprendida. De todos los retratos de famosos que engalanan las paredes del restaurante como trofeos de cultura popular argentina, su madre sólo se conmovió con uno, el que ella nunca hubiera imaginado. El único que ella no conocía. No tuve la suerte de ver a Oscar Alemán “en vivo”. Sólo alcancé a disfrutar, sentado frente al televisor de la casa de mis padres, de su última presentación en Canal 7 (por entonces ATC). Guardo de aquello un recuerdo vívido aunque fragmentario. Un hombre negro en traje blanco, casi un boicot a la flamante TV color. Anteojos grandes sobre un rostro frágil y un tanto indescifrable. Veloces dedos corriendo por todo el diapasón de una guitarra acústica sobriamente electrificada. Algún paso de zapateo americano y, para el cierre, la madera encordada en raudo viaje hacia la espalda. La música no era rock and roll, aunque estaba cerca de serlo. Era algo más antiguo pero no necesariamente demodé. Sonaba como si la escena musical mundial, sometida a un experimento de criogenia, hubiera quedado congelada en 1950, y súbitamente recuperara el pulso de aquellos días. Como en los auditorios de las radios en los que supo reinar durante largas décadas, Oscar convocó esa tarde a un grupo de curiosos y viejos fans. No bien terminó su número, llovieron los aplausos, mientras los apuntadores avisaban que venía el corte. Y ahí –así– quedó Oscar, saludando con un leve movimiento de cabeza. Un fantasma de la Argentina de nuestros abuelos y nuestros padres nos había visitado –¿cómo saber que aquella sería la última vez?– para hacer su eficaz número de jazz y musichall en el país de Seru Giran, la música disco y la censura. 



Héroe de la guitarra
Al cabo de cuatro años de investigación en torno a su música y su época, ya no estoy tan seguro de no haberlo visto en vivo. Su presencia encandilando a miles de espectadores en las noches de los años 40 o 50 o su heroica reaparición en la década del ’70, cuando muchos ya lo daban por muerto, son imágenes que no dejan de visitarme. También lo veo descalzo en la puerta de un cabaret de Santo, niño de la calle ganándose la vida con un cavaquinho, después de que su padre se arrojara al vacío desde un tranvía carioca. Lo veo en la Buenos Aires de 1928 haciendo su número de música hawaiana a dos guitarras con el hombre que lo salvó de la indigencia, el brasileño Gastón Bueno Lobo, o participando en una jam session en el Hot Club de Francia, en uno de los descansos que le permite la gira con Josephine Baker. En fin, lo veo en los camarines del Casino de París tocando su guitarra metalizada frente a Duke Ellington que lo quiere en su orquesta. Oscar no se ha ido del todo. La escucha de su música está bastante más extendida de lo que podría suponerse. Luis Salinas lo considera uno de los tres guitarristas que más lo influyó (los otros dos son Roberto Grela y Atahualpa Yupanqui). Lo escuchan con atención los jóvenes que quieren tocar jazz de los años ’30 en guitarra: “Hombre mío”, tema de su autoría que lo identificaba en la radio y en los bailes, roza el estatus de standard del swing con cuerdas, y el riff de su versión de “Tengo ritmo” es tan idiosincrásico como los de “Sucio y desprolijo”, de Pappo, y “Postcrucifixión”, de Pescado Rabioso. Su nieta, Jorgelina Alemán, canta blues y jazz con pasión equiparable a la que vuelca en mantener viva la memoria de su abuelo. La verdad es que ningún músico argentino de jazz “histórico” puede despertar tanto interés. El hecho de que los discos que grabó en los 40 y 50 sean los únicos en su género que fueron pasados a soporte digital –el resto de la historia del jazz argentino anterior a la década del 60 sigue dormido en las pastas de los coleccionistas– debería considerarse entre las pruebas de su vigencia. Obviamente, a su música no se la escucha solamente en Argentina. Desde que cosechó los elogios de los mejores críticos de jazz de Europa –y eso fue en épocas tempranas, cuando tanto él como el jazz tenían una larga carrera por delante–, su figura nunca se desdibujó del todo. Sus fans se encargaron de avisar que su nombre era mencionado con entusiasmo por el célebre Leonard Feather, y que antes de eso los pioneros de la crítica jazzística en el mundo, el francés Hugues Panassié y el belga Robert Goffin, lo habían distinguido como a uno de mejores guitarristas. Pues bien, ese capital simbólico se viene indexando desde su muerte en 1980. En 1997, se llevó a cabo en Oslo, Noruega, un concierto en su homenaje. Entre los invitados estuvieron los mejores intérpretes argentinos del estilo gypsy swing: Walter Malosetti, Ricardo Pellican, Chachi Zaragoza y Héctor López Furst, entre otros. Unos años más tarde el documental de Hernán Gaffet, Oscar Alemán. Vida con swing, fue distinguido en el XVII Festival de Cine Latinoamericano de Trieste. En 2009, el crítico holandés Hans Koert abrió un blog titulado “The Rediscovery of Oscar Alemán”. Ese año, centenario del nacimiento del músico, un ilustrador nacido en Kosovo, Gani Jakupi, publicó la biografía gráfica Le roi invisible. Un portrait d’Oscar Alemán. Pero quizá la prueba más impresionante de cómo su música sigue viva al amparo del tiempo sea la que recientemente nos brindó el mismísimo Bob Dylan, cuando en su programa de radio satelital Theme Time Radio Hour eligió –y presentó– “Bye bye blues” (“Blues del adiós”), tema grabado por el quinteto de Alemán en 1942, en la ciudad de Buenos Aires. Fue emocionante escuchar la voz áspera de Dylan contando brevemente la vida del “true unsung heroe of swing guitar”. 

De París a Buenos Aires
A diferencia de la parábola ascendente del artista latinoamericano que finalmente triunfa en Europa o en los Estados Unidos –de Carlos Gardel a Carmen Miranda, la lista es pródiga–, la vida de Oscar, nacido en Machagai, Chaco, en 1909, dibujó una parábola descendente, en la medida que debió abandonar París y regresar a Buenos Aires en medio de la Segunda Guerra Mundial. Esto frustró su carrera internacional, justo cuando su talento empezaba a ser comparado con el de su amigo Django Reinhardt (solían presentarlos como “el indio y el gitano”). Cabe decir que resulta cuanto menos eurocéntrico afirmar que la carrera de Oscar se frustró porque debió abandonar París, ciudad en la que se había radicado en 1931. Es entendible que se lo piense de esa manera –el mismo Oscar lo creía así–, toda vez que las escenas jazzísticas más interesantes estaban por entonces muy lejos de Buenos Aires. París era la gran caja de resonancia de las culturas del mundo: siendo un músico de minorías en Francia, Oscar tenía más chances de convertirse en universal que siendo un artista masivo en Sudamérica. De todos modos, aquel dramático cambio de planes no fue algo fácil de sobrellevar. El enfant terrible de la orquesta de Josephine Baker –así lo llamaba la diva– debió hacer valer esos blasones cosmopolitas en un país que empezaba a vivir un tiempo abundante para el tango y la música de raíz nativa. Aún así, esos blasones no pasaron inadvertidos. En una de las primeras notas que le hizo la revista Sintonía, un cronista se maravillaba de su música, pero más se sorprendía por el hecho de que el personaje de la nota fuera argentino y músico de jazz: “Cuesta creer que se haya podido producir en nuestro medio un fenómeno como el de Oscar Alemán. ¡Estamos tan alejados de lo verdaderamente grande en la materia!”. La biografía de Oscar nos ofrece la oportunidad para reflexionar sobre varios aspectos de la cultura popular en el siglo XX. Por ejemplo, tenemos el tema de la hibridación, hoy tan en boga en los estudios culturales. Obviamente, Oscar nos recoloca en el mundo del jazz, esa música que nació y creció a partir de combinaciones muy audaces. Con su imaginación artística y su vida aventurera, el guitarrista realizó un personal aporte a ese proceso de hibridación propio del jazz. Primero lo hizo en Francia, en contacto con grandes jazzmen norteamericanos expatriados, allí donde siempre dio el tipo de “negro latino”. Cuando en la navidad de 1940 volvió a Buenos Aires expulsado por los nazis, encarnó el problema de lo nacional/internacional, pero esta vez en el marco de esa gran prueba de fuerza de los sectores populares que empezaba a darse en la Argentina. Fue así como de “negro latino” en París pasó a ser, en tiempo de Perón y Evita, el principal exponente de la música norteamericana en Sudamérica. Fue entonces “el negrito Oscar”, una calificación que, en virtud de su ascendencia afro, podía acreditarlo en materia jazzística pero, asimismo, situarlo en el lugar del subalterno, según los escalafones de la recelosa clase media argentina. 


Si bailas no puedes morir
La música argentina dio muchos animales escénicos, pero ninguno como Oscar Alemán. Si bien nadie discutió jamás la capacidad de entretener a su público de la que hizo gala por largos años, en el sistema valorativo del jazz, que en alguna medida reproduce el de la música académica, la destreza corporal podía ser entendida (mal entendida) como mera concesión comercial, un aditamento que nada agregaba –más bien restaba– a la interpretación. Si bien este prejuicio antishowman quedó desautorizado al confrontar con los conciertos de algunas estrellas internacionales de paso por Buenos Aires –Louis Armstrong, Dizzy Gillespie y, desde luego, del histriónico Cab Calloway–, ni siquiera el propio Oscar estuvo totalmente a salvo del mismo; en alguna oportunidad reclamó que se lo tomara “en serio”. Pero al cabo de un tiempo terminó aceptando la naturaleza espectacular de su música. Investigar los primeros capítulos de su vida y encontrarlo, antes de su viaje a Europa, ganándose el sustento en una Buenos Aires poblada de artistas excéntricos, nos ayuda a comprender la raíz de aquella infalible fórmula de espectáculo musical unipersonal, pero también a visualizar su posterior potenciamiento en la llamada Era del Swing, cuando el jazz se bailaba sin pausa. Fue en esa época que Oscar encontró su lugar definitivo en el mundo de la música, como si todo lo anterior hubiera sido una preparación para alcanzar esa explosividad rítmica que, honrando el carácter originalmente dancístico del jazz, iba y volvía entre sus pies y su guitarra, como en una cinta de Moebius. Este sentido de una música esencialmente corporal –y de un cuerpo esencialmente musical– lo abarcó por completo, incluso en sus últimos años, cuando ya no gozaba de la agilidad de otrora. Recordemos una anécdota ejemplar. En 1972, después de quince años sin grabar, Oscar pisa los estudios ION para hacer el disco Alemán 72. Los técnicos han colocado dos micrófonos a cada lado de la guitarra para captar no solo el sonido del instrumento sino también el de los pies. Pero a pedido del músico, los técnicos deberán alejar los micrófonos unos centímetros. Oscar necesita espacio para tocar. Necesita espacio para moverse mientras toca. Ese despliegue de energía que dispensaba sobre un escenario debía producir al menos una sonrisa. Su gracia mayor, esa que evocan sus viejos fans cuando afirman que “hacía lo que quería con la guitarra”, era tocar virtuosamente en una situación risueña. Había vocación de mago en esto, y sobre todo el deseo de hacer feliz al público, fuera este oyente pasivo o bailarín descocado. En esto la estampa de Oscar se asemeja a la del personaje central de Novecento, la novela de Alessandro Baricco. Allí se narra la vida de un pianista virtuoso, pionero del jazz, que nunca baja de un transatlántico. Su destino parece ser el de animar la vida de los pasajeros, hacerlos felices todo el tiempo que sea posible. En un tramo del libro, Baricco pone en boca de su personaje: “Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios”. Oscar tuvo una existencia difícil, para decirlo suavemente. Pero su música siempre contagió una energía inconmensurable. Energía propia del jazz, pero también del samba carioca, el baión, el boogie woogie, el primer rock and roll... Todas esas músicas emanaron de sus manos, de su cuerpo, de su voz. El las convirtió en puentes plateados entre la Argentina y el mundo. También en este aspecto su arte no parece condecir del todo con la tradición de tristeza y melancolía del tango y otros amores nacionales. Pero, ¿tan seguros estamos de que la música argentina es triste y melancólica?"

lunes, 22 de septiembre de 2014

Carmen Bernand en el GEALA

El GEALA 
Grupo de Estudios Afrolatinoamericanos del Instituto Ravignani (UBA/CONICET) 
invita a la charla

Ramificaciones morenas de lo popular:
Músicas de negros y subversión en América virreinal


que brindará
Carmen Bernand 
el miércoles 24 de septiembre a las 17.30 horas 
en el Instituto Ravignani (25 de Mayo 221, 2º piso), Sala de Investigadores.
La actividad es libre y gratuita.

Carmen Bernand es antropóloga e historiadora, profesora emérita de la Universidad Paris-Nanterre. Ha publicado numerosos trabajos sobre los campesinos de los Andes, las sociedades mestizas coloniales y la esclavitud urbana. En 1994 fue nombrada miembro del Institut Universitaire de France. Algunos de su libros son: Negros esclavos y libres en las ciudades hispanoamericanas (2001, Madrid, Fundación Histórica Tavera),Homogeneidad y nación: con un estudio de caso: Argentina, siglos XIX y XX(con Mónica Quijada y Arnd Schneider, Madrid, CSIC, 2000). Descubrimiento, conquista y colonización de Amèrica a quinientos años (compiladora, FCE, 1994), Histoire du Nouveau Monde, Tome II: les métissages y Tomo I: De la Découverte à la Conquête. Une expérience européenne (con Serge Gruzinski, Paris, Fayard, 1993 y 1991). Tiene además numerosos artículos y capítulos de libros en publicaciones especializadas.

martes, 8 de abril de 2014

La presidenta y el rapero...

Mustafá Yoda rapea en cadena nacional,  frente a la presidenta y otros funcionarios, en el escenario de Tecnópolis en el primer día del Encuentro Federal de la Palabra ...


Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1679221-quienes-se-presentaron-en-la-inauguracion-del-encuentro-federal-de-la-palabra

martes, 4 de marzo de 2014

Los Beatles contra la segregación racial (1964)


Hace poco se cumplieron 50 años de la primera gira de Los Beatles a Estados Unidos (comenzó el  7 de febrero de 1964). Su éxito en esa oportunidad superó con creces lo que ellos mismos esperaban, y volvieron de nuevo en agosto de ese año.
En esta segunda gira, el periodista radial Larry Kane recuerda un hecho que mostró la templanza de los -todavía- muy jóvenes músicos. En una parada entre conciertos se enteraron que uno de sus próximos eventos -en el ya demolido Gator Bowl Stadium en Jacksonville, Florida - iba a ser con el público segregado, una costumbre que aún era común en determinadas localidades norteamericanas.
Al conocer la noticia, Paul se paró y dijo " no vamos a tocar allí". John, aún más decidido, dijo "no hay manera de que eso suceda" ("no fucking chance of that happening"). Ringo y George estuvieron de acuerdo.


 Al día siguiente, John fraternizó y nadó en la pileta del hotel -en Key West, en el mismo estado de Florida- con las integrantes de The Exciters, un grupo de tres chicas afroamericanas que formaban parte de la gira (al grupo se agregó más adelante un varón).  Las fotos de John en la pileta con las chicas afroamericanas llamaron la atención de los medios sureños, y generaron más controversia.
Según Kane, que escribió un libro sobre los comienzos de los Beatles, ya unos años antes el grupo había desafiado al establishment musical de Liverpool ayudando a un grupo de músicos británicos negros, The Chants, a cantar en The Cavern. Como eran un grupo puramente vocal, incluso se ofrecieron a tocar con ellos -y lo hicieron, pese a la oposición de su manager, Brian Epstein.


Como en aquella oportunidad en Liverpool, también en Estados Unidos  los Beatles se salieron con la suya: cuando llegó el momento, por primera vez en su historia, el Gator Bowl fue sede de un evento racialmente integrado.

viernes, 24 de enero de 2014

Duerme negrito / Drume mobila


Encontré esta algo antigua nota de Página 12 que relata cómo Atahualpa Yupanqui recopiló la famosa canción de cuna "Duerme negrito" -y luego el video donde Don Ata lo cuenta, personalmente, antes de cantarla. Las semejanzas con "Drume Mobila", cantada por Bola de Nieve (más allá de las increíbles diferencias interpretativas, ver el video más abajo) son notables....

Duerme, duerme, negrito,

que tu mama está en el campo,
negrito.
Duerme, duerme, negrito,
que tu mama está en el campo,
negrito.
Te va a traer codornices para ti,
te va a traer mucha cosa para ti,
te va a traer carne de cerdo para ti,
te va a traer mucha cosa para ti.
Y si negro no se duerme
viene el diablo blanco
y ¡zas!
le come la patita.
Duerme, duerme, negrito,
que tu mama está en el campo,
negrito.
Trabajando, trabajando duramente,
trabajando sí,
trabajando y no le pagan,
trabajando sí,
trabajando y va tosiendo,
trabajando sí,
trabajando y va de luto,
trabajando sí,
pa’l negrito chiquitito,
trabajando sí,
no le pagan sí,
duramente sí,
va tosiendo sí,
va de luto sí.
Duerme, duerme, negrito,
que tu mama está en el campo,
negrito.


Dijo Atahualpa Yupanqui sobre la canción: “Estos acordes pertenecen a una vieja canción tradicional que allá, hace muchos años, encontré en la zona Caribe, en la frontera de Venezuela y Colombia. La cantaba una mujer de color. La aprendí, me encantó y la caminé por el mundo. Mucha gente me la adjudica. Honor hubiera sido para mí que fuera mía, pero no lo es. Es mía en cuanto a lo que tenga de sensibilidad mi corazón de cosas receptivas. Es un tema anónimo, plural, folklórico. El tema es la madre que deja a su niño porque se va al cafetal a trabajar, y deja a su niño en manos de una mujer, de una vecina, hermana de ella en el color, en el destino, en la vida. Y entonces le dice que se duerma, le pide que se duerma al niño la vecina, y le ofrece, le promete, que la madre ha de traerle cosas que todo niño negro quisiera gustar, comer, probar. Pero de a dónde; a veces no se puede, la vida tiene otras letras, otra condición”.
Hay quienes adjudican a las similitudes de esta canción con “Drume, mobila”, de Bola de Nieve, un posible origen en común.

lunes, 6 de enero de 2014

6 de enero: San Baltazar -la vigencia de una devoción


En enero de 2012, publiqué en el blog esta imagen de San Baltazar, que pertenece desde hace varias generaciones a la familia de Darío La Vega.

Cosas de internet, hace poco apareció dando vueltas en Facebook, ilustrando una estampita en honor al santo, aparentemente elaborada en la ciudad de Fernando de la Mora, ubicada en las afueras de Asunción en Paraguay:


La devoción a San Baltazar/Baltasar y sus festividades están experimentando actualmente un vigoroso renacer, de la mano de la familia Caballero, en Corrientes capital, pero nunca dejó de formar parte de nuestras prácticas y creencias religiosas.

Algunos ejemplos interesantes de esta continuada vigencia, rescatados en estos días por amig@s en Facebook:

revista Anteojito, 1989 (click en la imagen para agrandarla)



Milonga candombe de Manzi y Piana, ejecutada por la orquesta de Aníbal Troilo, cantada por Rodolfo Fiorentino y con recitado introductorio de Julián Centeya (grabada en 1942). 
(no remite a la devoción (religiosa) por el santo popular, sino más bien al Rey Mago, pero muestra su lugar en el imaginario social local)

Y no puedo dejar de colocar esta bella pintura de Rubén Vispo, artista que vivió en Corrientes (1917-2008):

"San Baltazar" (1952)

Agradezco a Darío La Vega (imagen SB), Silvina Agnelli (Anteojito) y Ariel Prat (video).
Cuadro de Vispo de: http://museovidalctes.es.tl/RUBEN-VISPO-.--Pinturas.htm

sábado, 4 de enero de 2014

El Choque Urbano festeja el pasajero 8 millones de Aerolíneas Argentinas



Candombe, breakdance y hasta malambo en el flash-mob ideado por El Choque Urbano para festejar al pasajero número 8 millones de Aerolíneas Argentinas....

¿El futuro de la percusión?


martes, 31 de diciembre de 2013

¡Muy feliz año nuevo!


¡Para terminar el año y comenzar el que viene, nada mejor que un poco de aché cubano-yoruba (de Benin)!

Una versión africana del son cubano, con un swing pocas veces visto... por algo las raíces son las raíces (y lo lamento -no tanto- si la afirmación no está al día con la teoría antropológica....).

Toda la letra de la canción gira alrededor del estribillo: "no se recoge sino lo que se siembra", un buen consejo para tener en cuenta en el año que se inicia....

¡Que tod@s tengamos un excelente 2014! 



lunes, 16 de diciembre de 2013

Candomberío: Candombe/s en y del Litoral argentino



Candomberío es un corto realizado por las antropólogas María Cecilia Picech, Manuela Rodríguez y Julia Broguet (de la Universidad Nacional de Rosario) con la edición de Fernando Herrera. 

Sinopsis: Llevando el foco a la región del Litoral argentino, específicamente a las ciudades de Paraná, Santa Fe y Rosario, Candomberío investiga las diferentes apropiaciones que se han hecho del candombe uruguayo, así como las posteriores recreaciones de un “candombe del Litoral” o “afrolitoraleño”, a partir de rastrear las experiencias de distintos colectivos artísticos/políticos que hoy están ejecutando esta práctica cultural en la zona.
A través de una serie de interrogantes acerca de que sería “lo propio” y “lo ajeno” de las tradiciones culturales de la región, surgidos tanto de las propias realizadoras como de los mismos candomberos, este registro reflexiona sobre parte de la historia reciente de la Argentina post crisis 2001, mostrando cómo a partir del candombe se cuestionaron, ensayaron y/o produjeron modos alternativos de hacer arte y política. Estas transformaciones propiciaron la resignificación de ideas de resistencia y comunidad, abriendo interrogantes acerca de una “identidad nacional”, pretendidamente homogénea, blanca y europea.

Señalan las autoras:
"Esta investigación sobre los candombes del sur de la región del Litoral argentino surge del deseo de reunir nuestras experiencias académicas y artísticas con esta manifestación y a partir de allí producir nuevos relatos e imágenes en y desde el ámbito local. Asimismo, es parte de un ejercicio reflexivo sobre la propia práctica etnográfica que nos planteó el desafío de un proceso de “traducción” múltiple, al poner en relación justamente nuestras experiencias como performers del candombe, la escritura académica como antropólogas y el lenguaje imago-sonoro junto a las técnicas y recursos de montaje, poco explorados por nosotras hasta el momento. De este modo, comprendimos que la dificultad en la “traducción” de estas ideas a los distintos formatos, da cuenta de la resignificación constante que se produce al interior de las prácticas culturales, cuando son ejecutadas, y cuando son investigadas."

Este proyecto recibió el apoyo del Fondo Nacional de las Artes.

viernes, 13 de diciembre de 2013

El jazz y la conciencia negra


Sobre "Black Music: Free Jazz y Conciencia Negra  1959-1967" de Amiri Baraka (Leroi Jones) *
Por Berenice Corti

No se trata éste de un libro de jazz. O al menos, no sólo de jazz.
No, no es exactamente así.
Intentemos nuevamente: este es un libro sobre el jazz, y del período de transición que el autor, un intelectual y poeta negro de New York, describe como de surgimiento, formación y desarrollo de una nueva corriente musical. En la denominación que obtuvo esta música, New Thing o Free Music, subyace además la pretensión política y estética de hundir una cuña para escindirla del más de medio siglo de jazz regulado por el contexto norteamericano blanco.
El manifiesto que abre el libro, “El Jazz y la crítica blanca”, es un ensayo ya conocido por el público de habla hispana. A partir de su frase inicial “La mayoría de los críticos de jazz han sido americanos blancos, mientras que los músicos más importantes no” desnuda una verdad que requiere de una minuciosa deconstrucción: todo lo que hemos leído hasta ahora sobre el jazz, sus cronologías, sus historias y las críticas, han sido mayoritariamente escritos por hombres blancos –y poderosos-. Se trata de un hecho tan obvio y naturalizado, sobre todo, en el contexto argentino, que nos ha impedido acceder a gran parte del mundo del cual el jazz fue y es uno de sus exponentes.


Es así que los relatos de Baraka sobre el circuito de clubes de jazz, los discos, los conciertos, y la figura de los artistas, dan cuenta de otra manera de leer y escuchar esta música desde el núcleo mismo de la cultura afroamericana, en el marco de su sojuzgamiento histórico por parte de la sociedad estadounidense. Por cierto, algunos de los recursos que utiliza el autor para describir la música son ciertamente distintos a los de la visión euroccidental. Nos sirven, por un lado, de traducción “nativa” -como dirían los antropólogos- de esa usina cultural, pero también como vía de acceso a un sistema de pensamiento sobre/en la música que aún desconocemos demasiado, incluso también los que amamos esta música con pasión. Por ejemplo: “en el hermoso vaivén del sonido de la energía del espíritu negro, el sótano entero estaba poseído y animado. Las cosas volaban por los aires” (en referencia a un concierto de Pharoah Sanders, p. 137); o, refiriéndose al saxofonista Archie Shepp: “Es consciente de la responsabilidad social del artista negro que, por más secreta que se mantenga, ayuda a que se conserve la postura estética también” (p. 147).



También podríamos preguntarnos por las implicancias de leer a Amiri Baraka –tal es el nombre que adoptó LeRoi Jones al convertirse al Islam tras la muerte de Malcom X- en Buenos Aires y medio siglo después de haberse escrito, donde existe una activa escena de jazz y también de grandes cultores del free jazz. Las razones para su edición, aquí y ahora, resultan inescrutables, pero sí podemos pensar qué podemos hacer nosotros con este libro. En tal caso, Baraka mismo nos propone una manera de acercarnos a la música, ese “regalo maravilloso” que le da el título a la obra, y que nos “ha sido dada, con gentileza, a la luz de esa opresión”. Que haya “grandes” músicos de jazz blancos, afirma, se debe a su entendimiento y compromiso con “la música de los negros”. Este libro es un camino posible, de aprendizaje, para eso.

*Caja Negra editores, Buenos Aires, 2013

Berenice Corti es investigadora del Instituto de Investigación en Etnomusicología de la Ciudad de Buenos Aires

viernes, 29 de noviembre de 2013

viernes, 26 de julio de 2013

Los extraños frutos de los árboles del Sur


Página 12, contratapa, 26 de julio de 2013
Una maldita pastoral
Por Juan Forn

En 1999, la revista Time la eligió desde su tapa como la canción más importante del siglo XX, “la Marsellesa de la lucha contra la segregación racial”, pero sesenta años antes, cuando Billie Holiday la estrenó, la opinión había sido levemente diferente: en un pequeño suelto, la revista lamentaba que la politización hubiese llegado al jazz, e incluso daban a entender que Billie Holiday la cantaba y la había grabado sin entender la letra. La letra decía: “Un fruto extraño cuelga de los árboles del galante Sur / un cuerpo negro que se balancea en la brisa como en una pastoral / los ojos saltones, la boca en una mueca / el aroma dulzón de las magnolias y la carne quemada / que a los cuervos les gusta picotear / a la lluvia empapar y al viento balancear / es el fruto de una amarga cosecha”. Se refería a una foto que había aparecido con escándalo en un diario en 1939: mostraba el cadáver de un negro ahorcado y carbonizado colgando de un árbol en medio del campo.
El autor de la canción no era negro ni vivía en el Sur. Era judío y comunista y maestro de escuela en el Bronx. Se llamaba Abel Meeropol. Escribía canciones en sus ratos libres con el seudónimo Lewis Allan. El día que vio la foto del negro linchado escribió aquellas líneas, que envió como poema a The New Masses, el diario del PC norteamericano, y además le puso música y empezó a tocarla en los mitines del partido. Esas reuniones se hacían los lunes en el Café Society, un bar en Greenwich Village en cuyas paredes había murales defendiendo la causa republicana de la Guerra Civil Española y un Hitler simiesco colgando del techo. El Café Society era uno de los pocos lugares públicos de la ciudad donde los músicos negros que tocaban de martes a domingos podían entrar por la puerta principal y no por la cocina. El Café Society fue el primer lugar fuera de Harlem donde cantó en vivo Billie Holiday. Un lunes que había estado ensayando, el dueño del café le rogó que se quedara al mitin para oír la canción, a ver si le interesaba para su repertorio. Billie no pareció muy impresionada pero consultó con sus músicos y dijo que podía hacerla, aunque no a esa manera blanquiñosa (Meeropol la tocaba a la manera de las canciones de Brecht y Kurt Weill). Cuando le presentaron al autor, sólo le preguntó qué significaba pastoral.


El dueño del Café Society quería que Billie cerrara su show con esa canción, que cuando sonaran los primeros acordes se apagaran todas las luces del local (menos un foco que daba en la cara de Billie) y se interrumpiera todo el servicio del bar, las mesas y la cocina, para impedir el menor ruido. Con el último acorde del piano ese foco debía apagarse para que Billie desapareciera del escenario, y nunca volviera a saludar, así los espectadores se llevarían la canción en las entrañas, sin paliativos. A los músicos les pareció demasiado: Billie la interpretaba en mitad del show y la banda apenas daba tiempo a la audiencia de reponerse cuando arrancaba con los primeros compases del tema siguiente. Pero la estremecedora manera en que la cantaba ella, con los dientes apretados (“como si destripara cada palabra que salía de su boca”, decía Hal Roach, el baterista de la banda) corrió como un reguero de pólvora por Nueva York y los shows se hacían a sala llena.
La Columbia, el sello que le sacaba los discos a Billie, no quiso saber nada de grabársela, después del suelto de Time. Pero ella la grabó igual, para un sello mucho más pequeño, Commodore Records. Los discos de Commodore se vendían a un precio tres veces más caro que los de los sellos importantes (imposible competir con los costos) y la canción era muy cortita, así que, para justificar el precio, se le agregó una obertura instrumental al principio, porque al final no se le podía agregar nada. En dos semanas se vendieron más de diez mil placas. Los críticos de jazz la snobearon: Downbeat dijo que no era una canción para el estilo de Holiday; John Hammond dijo que era lo peor que pudo pasarle artísticamente a Billie. También desde la comunidad negra se alzaron voces de reproche: decían que era una canción para blancos progresistas más que para negros, por el precio del disco, porque sólo se podía conseguir en Nueva York y porque ninguna radio se atrevía a pasarla. Sin embargo, cada vez que Billie la cantaba (y la siguió cantando el resto de su vida, aunque sólo en los bises, las veces que le daba el cuerpo o el alma para hacer bises), los camareros impedían a los oyentes encender un cigarrillo siquiera.


En su autobiografía, Lady sings the blues (que, como es bien sabido, escribió enteramente un fantasma llamado William Dufty), Billie aparece diciendo que cuando escuchó “Strange Fruit” por primera vez fue como si la hubiese escrito ella, que se acordó al instante de cuando su padre murió en la calle de neumonía porque ningún hospital de Dallas quiso cobijarlo, que la mayoría de los clubes donde se presentaba le impedían por contrato interpretarla y que las veces que la interpretó en el Sur la echaron de la ciudad, pero es bien conocido el comentario que hizo Billie sobre esa autobiografía (“No sé ni qué digo ahí, no pude ni leer el maldito libro”) y cuánto odiaba el dramatismo que le adjudicaban. “No hay nada sentimental en mí”, le oyó decir Elizabeth Hardwick una vez (porque Billie Holiday nunca le hablaba a nadie, siempre hablaba como si estuviera sola, aunque tuviera siempre gente alrededor, para servirle whisky, para traerle heroína, para encenderle el cigarrillo, para vestirla y desvestirla). Cuando le preguntaban de dónde venía el dramatismo que imprimía a las canciones, contestaba: “Del cuarto frío y oscuro en donde nos tuvieron esperando hasta que nos dejaron subir a tocar”. Según su pianista Mal Waldron, Billie esperaba sin hablar con nadie, fumando y bebiendo sorbitos de whisky, envuelta en un tapado largo de piel en el que parecía una mezcla de cosaco y de pantera, mientras los músicos rogaban que no se escapara a inyectarse heroína. A los treinta empezó a preguntarse en voz alta si había tenido una vida muy larga o muy corta; se lo siguió preguntando hasta los cuarenta y cuatro. Esos catorce años fueron un prolongado e impúdico derrumbe, pero ella siempre se obstinó en repetir que no hacía a nadie responsable por sus elecciones. Al último que se lo dijo fue al policía que la custodiaba a los pies de la cama de hospital donde murió, porque en 1959 era delito punible inyectarse heroína, y la moribunda era reincidente y estaba en libertad condicional. Nueve meses antes del fin, estaba reponiéndose de una condena de ocho meses en prisión en casa de la poeta Maya Angelou en Harlem, y una noche le cantó a capella “Strange Fruit” al hijo de su anfitriona. Cuenta Angelou que cuando terminó la canción y oyó la voz de su hijo preguntándole a Billie qué significaba pastoral, ella contestó: “Es cuando agarran a un negrito como tú, le cortan los huevitos, se los meten por la garganta y lo dejan colgando de un árbol. Eso es una maldita pastoral, querido, y no dejes que nadie te haga creer otra cosa”.



Strange fruit
Autores: Dwayne P. Wiggins, Maurice Pearl y Lewis Allan 

Southern trees bear a strange fruit,
Blood on the leaves and blood at the root,
Black bodies swinging in the southern breeze,
Strange fruit hanging from the poplar trees.

Pastoral scene of the gallant south,
The bulging eyes and the twisted mouth,
Scent of magnolias, sweet and fresh,
Then the sudden smell of burning flesh.

Here is fruit for the crows to pluck,
For the rain to gather, for the wind to suck,
For the sun to rot, for the trees to drop,
Here is a strange and bitter crop

viernes, 17 de mayo de 2013

Festival Mandinga: Identidad y cultura afro en la Argentina


Comienza el Festival Mandinga en el Conti -con actividades variadas e interesantes-.
El programa entero en:
http://www.derhuman.jus.gov.ar/conti/default.htm

lunes, 22 de abril de 2013

Chuck Berry, Peter Tosh, Cidade Negra: Los caminos de Johnny B. Goode

Johnny B. Goode, escrita en 1958, es uno de los mayores éxitos de Chuck Berry. Está ranqueada número 7 entre las 500 mejores canciones de todos los tiempos y número 1 en la lista de las 100 canciones de guitarra más grandes de todos los tiempos, según la revista Rolling Stones (Wikipedia dixit, y acá al menos debemos creerle). 
Pero además, ha tenido versiones reggae que ya son clásicos por derecho propio: la primera, adaptada y cantada por Peter Tosh, y luego, ya más cerca en el tiempo y el espacio, por el grupo brasilero Cidade Negra. 
Como testimonio de la continuidad, versatilidad y adaptabilidad de la cultura afroamericana, acá van todas ellas (al final, con mala calidad de imagen pero potente audio y performance en vivo, por Peter Tosh de nuevo):







Agradezco a Ana Wortman

Chuck Berry: El padre (afro) del rock' n' roll


La semana pasada el suplemento Radar de Página 12 le dedicó la tapa -y una larga nota- a Chuck Berry, el músico afro(norte)americano a quien muchos consideran el verdadero padre del rock and roll. La foto lo muestra haciendo su legendario "goose step" -en los videos que coloqué se lo ve en acción.
No transcribiré la nota en su totalidad, que se puede leer en el site del diario, sólo algunos testimonios que en ella figuran de (archi)reconocidos músicos que muestran su enorme y pionera influencia. 
Antes y más arriba de Elvis, el Rey blanco, Chuck Berry...


(el goose step, en el minuto 2.50)


Dijo Keith Richards:
“Para mí, Chuck Berry siempre fue el epítome del rhythm and blues, del rock and roll. Su forma de tocar era hermosa, sin esfuerzo, y su tempo era la perfección. Era el supremo del ritmo. Es el hombre que empezó todo. Yo le robé cada fraseo, cada lick que haya tocado. Cuando crecía, Chuck era mi hombre. Fue por quien dije ‘quiero tocar la guitarra’. Gracias a él supe lo que quería ser. Su sonido cambió mi vida. Yo no sé si Chuck se da cuenta de lo que hizo. La gente suele no saberlo. Probablemente Miguel Angel pensaba que sólo estaba pintando. El primer disco que escuché fue Johnny B. Goode. Supe entonces que eso era lo que quería hacer. No soñaba que iba a poder vivir de esto. Pero supe que quería tocar, aunque fuera como un hobby. Es el único tipo que me pegó una trompada y al que no se la devolví. Fue en New York, en un camarín –él estaba con una chica blanca–. Y cometí el error de tocarle el hombro y decirle: ‘Chuck, no te vayas sin saludar’. Nos conocíamos desde 1965. El se dio vuelta y me puso una piña en la cara, casi me voltea. Yo estoy orgulloso de no haberme ido al piso. Yo lo respeto y siempre voy a respetarlo por lo que hizo como músico. Lo amo, y amo a su familia, y no tengo forma de disgustarme con él aunque me dio más dolores de cabeza que Mick Jagger –y eso que trabajamos una sola vez juntos–.”


Dijo Mick Jagger:
“Keith y yo empezamos a tocar juntos cuando éramos adolescentes, ensayábamos algunas veces en casa de la tía de Dick, donde experimentábamos con toda clase de rock y rhythm and blues, sobre todo temas de Chuck Berry. Así es como realmente se aprende. Un buen día descubrí que también se podían obtener discos comprándolos directamente a la compañía discográfica Chess Records, en Chicago... Costaban una fortuna... Lo peor era que nunca sabíamos si nos iba a gustar el disco, no se podía escuchar con antelación. Decidir qué comprar era muy importante. Por supuesto, sabía que me gustaba Chuck Berry y me compré todos sus discos.”


Dijo John Lennon:
“Si intentaras darle otro nombre al rock’n’roll, podrías llamarlo Chuck Berry. En los ’50, una generación adoró su música y cuando se lo escucha tocar hoy, el pasado y el presente suceden al mismo tiempo y el mensaje es uno solo: viva el rock’n’roll. Cuando lo conocí le dije ‘Sos mi héroe’. No pude evitarlo, me salió. Influyó a todos, blancos y negros, pero sé que a nosotros, los chicos blancos, nos marcó Chuck Berry. Los Beatles, los Stones y todos los demás fuimos influidos por él. Sus letras eran muy inteligentes y en los ’50, cuando la gente cantaba virtualmente sobre nada, él hacía comentarios sociales y todo tipo de canciones con increíble métrica en las letras. Como letrista me influyó a mí, a Dylan y a muchísima otra gente. Realmente lo admiro mucho, es el más grande de los rockeros.”

(Johnny B. Goode, uno de sus grande éxitos. Es sólo audio, pero el tema y las fotos valen la pena)

Fuente de la nota y testimonios:

lunes, 10 de diciembre de 2012

Música africana contemporánea


Radio online con música africana contemporánea, en:

(tradicionalistas, abstenerse...)


domingo, 9 de diciembre de 2012

Tributo a Oscar Alemán - el libro...



Ayer recibí mi  copia del libro Tributo a Oscar Aleman, de autoría de Guillermo, José y Estanislao Iacona. Hace rato que venía siguiendo con interés la página en facebook donde lo anunciaban (dire abajo) y en la cual reproducen una valiosa serie de fotos del música y notas periodísticas de la época. El libro superó mis expectativas (que ya eran altas, en base al material fotográfico ya expuesto en el muro). Trae una cantidad enorme de fotos en distintos tamaños y de diferentes momentos de la vida del música -algunas incluso de cuando era un niño y tocaba en un conjunto familiar- todas de una calidad visual impactante, y reproducidas  en papel ilustración.


Las acompaña un ameno e informativo texto trilingue (en español, inglés y francés), escrito por el músico Guillermo Iacona -recientemente fallecido- que fue alumno de Alemán, y llegó a acompañarlo en sus últimas presentaciones en Buenos Aires. El texto repasa su vida, y cuenta innumerables anécdotas protagonizadas por el músico afroargentino. Uno de los últimos capítulos cuenta la relación de Iacona con Alemán y da cuenta de su resurgimiento musical local a comienzos de la década de 1970. Cierra una completísima discografía y acompaña un perfil de su nieta música Jorgelina Alemán, quien también  hizo uno de los prefacios. Otro es de Capitanich, el gobernador del Chaco, quien ayudó a (parcialmente) financiar el libro -bien por él.


El libro cuesta 280 pesos, y vale cada centavo. Tiene 240 páginas, se lee rápido, y pese a toda la información que trae, despierta tanto interés que uno quiere saber aún más. Esperemos que sea la primera de varias obras que aborden la vida y los tiempos de Alemán (en Argentina, por el mundo) y lo restituyan a su merecido lugar en nuestra cultura. Este libro es un paso gigante en esa dirección.

No está en venta en librerías. Se puede pedir a través de la página de Facebook
o sino comunicándose a: consultas@tributoaoscaraleman.com.ar

Ver también:

jueves, 22 de noviembre de 2012

Los orichas bailan timba...



Adalberto Alvarea y su son

Impresionante video, que derrocha virtuosismo, alegría como manera de estar-en-el-mundo, y que muestra el amor colectivo por la danza, la música y la religión afro de los cubanos. Al principio parece un "show foklórico" más -con varias Iemanjás, Ochunes, Changós bailando con esa precisión (y mecanicidad) ya un poco atemorizante de los bailarines cubanos- pero luego se transforma en una fiesta colectiva. 
Muy buena idea la de intercalar los bailes de los ensayos -atrás de la virtuosidad también hay sudor- y conmueve la gente bailando parada en medio de las butacas -nunca entendí por qué, por ejemplo, algunos grupos brasileros se presentan en paquetes teatros porteños donde hay que verlos sentaditos y solemnes.
La afroamericanidad al palo...

Agradezco a Berenice Corti

lunes, 19 de noviembre de 2012

Ricardo Nudelman y el candombe (afro)porteño: Rectificando malentendidos

Ricardo Nudelman es un percusionista que formó parte de los grupos de música afroargentina Bakongo y Bum Ke Bum. Hace unos días el lic. en antropología Pablo Cirio tuvo palabras poco amables hacia su persona, en un grupo yahoo que administra. Como Ricardo ya no forma parte de ese grupo y no puede responderle allí, me pidió permiso para dejar constancia de su descargo en este blog. Acepté sin dudarlo, ya que cualquiera que conozca a Ricardo sabe de su hombría de bien.. 



"Escribo estas palabras a modo de descarga sobre las falsas acusaciones dirigidas hacia mi persona por parte de Pablo Cirio, hecho sorprendente y desagradable del cual me enteré gracias a una persona con códigos y valores intachables que pertenece al grupo de yahoo "Esplendor Afroargentino" administrado por Pablo Cirio.
En un mensaje al grupo enviado el 1/11/2012, Cirio dijo que hubo  "gente que se acercó a la asociación (Misibamba) con dizque interés y, en definitiva, sólo quería apropiarse de candombes en beneficio propio. Ricardo Nudelman por ejemplo, expulsado a tiempo."
Luego de un mensaje enviado por una amiga en mi defensa, Cirio volvió a insistir en el tema en una misiva del 3/11/2012, refiriéndose a mi persona de la siguiente manera: " así me pagó, escapándose por la ventana sin dar ninguna explicación, cuando tuvimos que ponerle un freno para que se apropie de lo que no le correspondía.  (...) Y las últimas novedades suyas es que también es alcahuete, pero bueno, me reservo el silencio, porque tampoco mi ánimo es polemizar. Sólo lo coloqué, con nombre y apellido, como es mi estilo, no como una denuncia ...."
Resulta irónico que haya dicho todo eso "sin ánimos de polemizar", que pretenda que sus acusaciones mendaces no sean "una denuncia" y que pretenda mostrarse como una persona virtuosa ("con nombre y apellido, como es mi estilo") cuando hace esas apreciaciones falaces y despectivas sobre mi persona en un grupo de internet en el cual no puedo responder por ya no formar parte del mismo.
Acusar y difamar a alguien en un grupo en el que no tiene posibilidad de defenderse evidencia, por el contrario, poca moral y coraje -una actitud, desgraciadamente, repetida por parte de Cirio, quien ya ha efectuado acusaciones en ese grupo contra personas, inclusive mujeres afrodescendientes, que no tienen posibilidad de contra-argumentar allí. 


Con respecto a las acusaciones falsas que Pablo Cirio hizo sobre mi persona, desearía aclarar algunos puntos:

No me echaron de la Asociacion Misibamba, sino que yo me fui por mi propia voluntad. Escribí una carta dando mis razones y se la entregué a un prominente miembro de la comisión directiva. En la misma señalaba que no estaba de acuerdo con cómo Pablo Cirio estaba representando a dicha asociación y a la comunidad afroargentina en general, sobre todo en sus mensajes al grupo "Esplendor Afroargentino". Recuerdo, por si hiciera falta, que fui vocal de la primera comisión directiva de Misibamba y formé parte de los grupos musicales a ella ligados.
También me fui por mi propia decisión del grupo musical Bum Ke Bum, del cual tuve el honor de participar, así como antes también de Bakongo, que lo antecedió.

Es absolutamente falso que yo me haya querido "apropiar" de candombes. Si la "acusación" es realizada por el cd que grabé: "Porque mi negro", en el cual hago cuatro temas afroargentinos, es preciso señalar que dos de ellos, un candombe porteño y una rumba abierta son de mi autoría tanto en letra como en música. Otro de los temas, con ritmo de semba, también lleva música mía y la letra es una recopilación de Nestor Ortiz Oderigo.




Con respecto a los candombes en idioma africano, se señala claramente en los créditos que son cantos tradicionales, dejando así el antecedente que no pertenecen a ninguna persona en particular y protegiendo los mismos.


Varios amigos afrodescendientes participaron del disco: Antonio "Toti" Fernandez, Cesar y Melisa Lamadrid, Xavier y Marcia Da Rosa. También, claro, Maria Elena Lamadrid, con quien hablé mucho respecto a esta grabación e inclusive fue suya la decisión de cantar los temas en idioma africano. Hasta Pablo Cirio participó, grabando varios coros. Todos sabían perfectamente que iba a ser para un disco, y sus voces (solitas o en coro) y sus toques de tambor fueron grabados por separado y especialmente con este propósito, y luego mezclados digitalmente. Hasta realizaban bromas acerca de cuándo iba a salir "el disco de Ricardo".
Tampoco podría ser yo "apropiador" cuando el propio Pablo Cirio ya ha publicado en sus trabajos candombes argentinos transcriptos en letra y música y algunos de los temas aparecen en los cds de "La voz de los sin voz", editados por la UNESCO o fueron grabados por La Familia en el cd "Sonidos Negros".
Resulta cuanto menos un contrasentido bregar por la difusión del candombe afroporteño y luego levantar acusaciones a quienes lo hacen.

Con respecto a la insólita acusación de "alcahuete", sólo puedo señalar que dice más de quien la emite que de mi persona. No creo haber estado en una logia ni en un grupo que tenga cosas para ocultar como para no poder discutir mis experiencias personales con quien me parezca apropiado, de la manera que me parezca relevante. Se preocupan por los "secretos" aquellos que han realizado acciones acerca de las cuales luego han mentido, o que serían consideradas poco éticas. Sin duda que los afroargentinos de Misibamba no tendrán ningún motivo para preocuparse.

Lo más lamentable es que Pablo Cirio realice sus comentarios personales en nombre de la Asociación Misibamba, o como si fueran compartidos por todos sus miembros. Hablé personalmente con miembros de la comisión directiva de la Asociación y no estaban al tanto de estos lamentables acontecimientos. Es más, basta acercarse a cualquier afroargentino que me conozca y preguntarle sobre mi para ver que con ellos tengo una relación excelente. Les tengo mucho cariño, respeto y un profundo agradecimiento por abrirme las puertas de su familia y de su cultura .

Para terminar, hago saber mi disposición de hablar con cualquier persona que quiera saber cómo fueron realmente los hechos aquí tratados, puesto que no tengo nada que esconder y tengo, gracias a Dios, la conciencia muy limpia."