jueves, 18 de agosto de 2011

Religiones


No es estrictamente "Afroamericanas" (los "primitivos" son -digamos- "genéricos") pero no me pude resistir...


Robado del facebook del Babá Milton de Sàngó
Mo dupé, babá mi...

miércoles, 17 de agosto de 2011

Contenido erótico..

También los programas anti-virus funcionan en base a estereotipos?


martes, 16 de agosto de 2011

Hegemonía y Contrahegemonía...

"Conformando el orden racial" - Foto: Darío La Vega - Juguetería en Lomas de Zamora

Sincronicidad. El mismo día que Darío La Vega (Raíz Afro) subía la foto de arriba a su facebook, Eugenio Fernández (Q!) me mandaba la de abajo....

"Subte sin esclavos"- Foto Eugenio Fernández- Estación de subte

Agradezco mucho a Darío y Eugenio, claro... 

lunes, 15 de agosto de 2011

Día del Santito - en lo de Perla





Dia del Santito


(algo de afroamericano hay en esta devoción....)

Foto de Alejandro Frigerio de talla en hueso realizada por Daniel Guridi (Montevideo)

domingo, 14 de agosto de 2011

La Quilombera

Cuando muy joven, Sandra Chagas fue la Mama Vieja del Grupo Cultural Afro (y en ocasiones también lo fue su mamá, Pocha). Desde aquellas lejanas épocas viene sosteniendo un lugar para la mujer afro, quizás con más intensidad o conciencia desde su militancia dentro del Movimiento Afrocultural. Celebro el reconocimiento a su labor que le brinda el suplemento Las 12, del diario Página 12.

Sandra y su mamá Pocha, en las Llamadas de San Telmo de 2009

Las 12 - Página 12, viernes 12 de agosto de 2011
SANDRA CHAGAS
La quilombera
Por Luciana Peker

Nació en Montevideo, pero sus orígenes cruzan el Río de la Plata. Vino a Buenos Aires a los 14 años, pero su destino se cruza más allá de esa pequeña frontera. Su papá (Juan Carlos Chagas) y su mamá Santa Hilda Techera (alias Pocha) son afrodescendientes. Ella también. Pero no es sólo su ADN, su aspecto que no le deja marcada ni una arruga, su pelo que se trenza en su gorro y su polera blancos que se acoplan –por contraste– a su piel. Es, también, su lucha. Sandra es activista afrocandombera y perteneciente al movimiento afrocultural. Además es lesbiana y feminista (aunque le pide al feminismo que levante las banderas de esa discriminación que destiñe la igualdad por el color) y vive con su pareja y su mamá.
El martes 9 de agosto cumplió años. No quiere decir la edad. Y es indescifrable en ese rostro que parece latir vida y en ese cuerpo que se ocupa de cuidar a su pareja y a su mamá (que son discapacitadas) en la misma casa en donde se definen como familia y de la que ella sale para cuidar a personas mayores o discapacitadas.
Ella quería ser abogada. Pero vino a Buenos Aires de adolescente y tuvo que salir a trabajar en esas oficinas donde siempre tenía menos tiempo para almorzar o menos sueldo que el resto de sus compañeras. Sin casualidad más llana que la discriminación



Sandra y su mamá Pocha, en las Llamadas de San Telmo de 2009

“Vas a ser defensora de pobres y ausentes”, le decía su papá (que falleció en el 2005). Pero ella no se atraganta con la frustración del título porque siente que como activista cumple con el diagnóstico de su batalla –-convertida en baile, comida, religión y espíritu– por la justicia. Eso sí: de pobres (puede ser), pero de presentes.
Sandra pelea por visibilizar a la comunidad afro en la Argentina. Esa comunidad que nos legó la palabra tango, que parece una marca registrada de Buenos Aires y que, en realidad, es tangó por el baile africano que sobrevivió a la esclavitud y al genocidio contra el pueblo africano y a las violaciones masivas de mujeres negras. “La discriminación se sufre y se vive. Pero el baile, lo religioso, los tambores, la cultura son formas de resistencia: somos negros y aquí estamos”, se planta.
El lenguaje también es una batalla. “Yo defiendo el quilombo porque quilombo no es una mala palabra sino el lugar donde se juntaban negros, blancos, mestizos y compartían la resistencia”, arremete y desarticula el silencio sobre años de historia borrada. Pero, además, defiende a las más invisibles dentro de los invisibles: las mujeres afro. “En el mundo hay 80 millones de afrodescendientes y hay 650 mujeres con algún poder político de importancia. De esas 650, sólo 12, en todo el globo, son afro. Esto demuestra las deudas pendientes”, ejemplifica. “Nunca dejé de estar con mi comunidad. Pero también soy lesbiana y feminista. A la mujer afro le cuesta mucho decir lo que piensa y lo que quiere y en esos espacios pude empoderarme”, valora. Pero también reprocha: “En los Encuentros de Mujeres, que ahora va a ser el número veintiséis, nunca hubo una mesa de mujeres afro. Todavía falta instalar el tema en el feminismo”.


Foto: Página 12

El 25 de julio fue el Día de la Mujer Afrolatinoamericana. “Hay problemáticas particulares de la mujer negra –acentúa–. Se da una situación de exclusión, de no poder terminar los estudios y de no encontrar un trabajo bien renumerado”, describe. Pero la discriminación a veces no es sólo individual o laboral sino estatal. Sandra cuenta su mayor batalla: “El último quilombo urbano era en Herrera 313, en Barracas. De ahí fuimos desalojados por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y le estamos haciendo un juicio por discriminación institucional que ya tiene una sentencia a favor”.

sábado, 13 de agosto de 2011

Mukombo

Mukombo, un improbable jugador de fútbol del lejano Zaire, una misteriosa ausencia cotidiana que se corporifica como un milagro en una Buenos Aires menos globalizada.
¿Acaso nos resultan hoy menos lejanos y ajenos los cientos (miles?) de vendedores africanos apostados en nuestras calles?

Imagen: Diario Clarín, 13 de agosto de 2011

Se me hace cuento- Clarín, 13 de agosto de 2011.
Mukombo
Por Marcelo Birmajer 

Mukombo era un jugador del seleccionado del Zaire que participó del Mundial 1974. Era defensor.
¿Por qué su nombre surcaba los patios escolares porteños, repetido en las bocas de niños que desconocían el Zaire, que no tenían ni idea de quién era Mobutu Sezeko? ¿Por qué continuaríamos recordándolo el resto del año, mucho después de terminado el Mundial, cuando ni siquiera nos enteramos de un evento relevante, como la pelea Alí-Foreman, en octubre, en ese mismo país? Mukombo, Mukombo, azuzábamos, como hechiceros conjurando una peste o deseándole el mal a un enemigo.
El Mundial se jugaba en Alemania, con jugadores de la talla de Beckenbauer, el holandés Cruyff o nuestro ratón Ayala. Pero no llegaban a interesarnos como el ignoto y deslucido Mukombo. Ignoto, porque ni los relatores ni los diarios lo mencionaban. Y deslucido, porque la única participación recordable del Zaire en aquel Mundial fue un partido que perdieron contra Yugoslavia por 0 a 9.
En fin, ahora que nuestros Newton contemporáneos han descubierto que cuando uno necesita un dato lo busca en Google, los liberaré de esa interrupción revelándoles que aquel año Mukombo fue la figurita más difícil.
Yo fungía como jugador para alguno de los potentados que, bendecidos por sus padres con un permiso financiero ilimitado, podían comprar todos los paquetes deseados, pero no conseguir a Mukombo.
Ni el azar ni el dinero lo deparaban.
La horrible costumbre de mis manos de transpirar continuamente se tornó virtud en el antihigiénico juego del Chupi, consistente en dar vuelta una figurita con un sólo golpe de la palma de una mano. El juego lleva el nombre de lo prohibido: chuparse la palma de la mano para que la figurita quede pegada. Yo no necesitaba chuparme las manos, de eso ya se encargaba el destino. En mi caso, era cierto lo del 10 por ciento de talento y 90 por ciento de transpiración. La misma figurita de Mukombo – quizás la única del universo– había pasado dos veces por mis manos transpiradas, pero ninguna de las dos para quedarse. El inversor me dejaba como recompensa un diez ciento de las figuritas ganadas, a su elección.
Me habían cambiado dos veces de colegio: una, porque me había hecho la rata a un edad impropia; la otra, porque había ratas en la escuela.
A duras penas conocía los nombres de dos o tres compañeros del aula. No era capaz de dibujar una cara humana: ponía la nariz por debajo de la boca. Las hojas de mi cuaderno estaban siempre borroneadas o manchadas.
Perdía todos los útiles y una vez hasta perdí el guardapolvos. Me quedaba en babia cuando explicaban los asuntos más importantes, y a menudo olvidaba aquellas clases en las que sí había prestado atención. De algún modo, yo me parecía a Mukombo: era el defensor de un equipo que perdía 9 a 0.


Mukombo (ausente), la dífícil

A principios de septiembre una epidemia de pediculosis azotó la aldea de los Mukombos. Afortunadamente, a los atacados se nos impedía concurrir a clase; no creo que hubiese sobrevivido, en aquellas circunstancias, a concurrir a la escuela completamente rapado, con mis dos enormes orejas.
En mi casa no sabía qué hacer. Me tomé el 132 por Paraguay, pelado y en proceso de desinfección, a vivir mi licencia por la ventanilla.
En Paraguay y Maipú vi a un montón de negros con camperas blancas saliendo de un lujoso hotel. Eran altos y llenos de rulos; pensé en jugadores de basquet. La espalda de uno de ellos me informó que pertenecían al seleccionado del Zaire. Me levanté tan rápido que los piojos deben haberse mareado.
Apreté el timbre fuera de la parada; el chofer supo, por mi manera de oprimir, que debía matarme o abrir. Bajé corriendo. Llegué hasta los jugadores y, sin mirar a ninguno en particular, comencé a gritar: Mukombo, Mukombo, Mukombo...
Mukombo giró como si una tía hubiese atravesado el océano a nado para venir a avisarle que se había olvidado un pañuelo en el Zaire.
Yo dije “¿Mukombo?”, por cuarta vez.
Sin explicación alguna, nos fundimos en un abrazo. Parecía una tarjeta de la UNICEF.
Mukombo, además de pésimo jugador, demostró ser un excelente Intérprete; logró comunicarme que estaban en Argentina de paseo y, agregó, si clasificaban, tal vez pudiéramos vernos aquí mismo en el 78.
Previo paso por sanidad escolar para testificar que mi cabeza estaba despiojada, retorné al colegio: a eso, extrañamente, lo llamaban curarse.
Mi principal inversor tuvo la deferencia de comentarme que, durante mi ausencia, sus ganancias habían mermado.
– ¿Sabés qué? –me dijo–. Me salió Mukombo.
– Dejá –contesté–. Ya lo tengo.


Fuente: http://www.clarin.com/ciudades/Mukombo_0_535146662.html
Foto de figuritas y más información sobre Mukombo en:
http://mundod.lavoz.com.ar/futbol/mukombo-la-gran-figura-del-mundial-de-alemania-0