domingo, 10 de octubre de 2010

Imaginando la población afrodescendiente...

Hoy se realiza la Black Family Reunion  o -en mi traducción- Reunión de la Familia Negra -iniciativa que hace unos días venimos anunciando en el blog, y sobre la cual ahora adjuntamos información más abajo. 
 A partir de ello, y enhebrando el evento con una anécdota personal,  Nicolás Fernández Bravo reflexiona lúcidamente acerca de las dificultades -y también la necesidad- de imaginar -pensar, concebir, interpelar- a los afrodescendientes de y en Argentina de la manera más inclusiva posible. Tarea sin duda nada sencilla...


The Gap (la distancia) y the challenges (los desafíos)
Por Nicolás Fernández Bravo

El tren de la línea Mitre es insólito. Viniendo desde Retiro, su recorrido experimenta una bifurcación al llegar a su intersección con la avenida Monroe, en el barrio de Coghlan. A partir de allí, un ramal se dirige hacia la localidad de José León Suárez, en el conurbano bonaerense. El recorrido termina literalmente en medio de uno de los barrios más marginalizados del país. Conocí bastante bien ese barrio, la villa de Carcova y su tristemente célebre vertedero de residuos mientras trabajaba con la población que se dedica a la recolección informal de residuos. Muchos recordarán al Tren Blanco, el “tren de los cartoneros”. Bueno, ese mismo tren. Esos mismos cartoneros. El otro ramal de la línea Mitre es el que se dirige hacia la localidad de Olivos, terminando exactamente frente a la Quinta Presidencial. Es un ramal en el que estadísticamente viajan muchos menos cartoneros y muchos más abogados e ingenieros. Fue conversando con Cristina Sampaio que “descubrimos” lo racializado que estaba cada uno de los ramales. Quiero decir: no es que no lo hubiese notado antes, pero fue con ella que logramos una conversación en profundidad sobre el tren, las miradas y los lugares. Es más, dejamos pasar algunos trenes para ver quién subía a uno y quién (y cómo) lo hacía al otro. Los resultados nos dejaron perplejos.
Tengo el raro privilegio de residir exactamente entre las dos estaciones que le siguen a la bifurcación. Esto me permite tomar indistintamente uno u otro servicio. Nunca llegué al extremo de analizar mi propia subjetividad al momento de elegir, pero tengo a favor de mi propia corrección política el hecho de que el servicio de José León Suárez cuenta con más frecuencias que el de Coghlan. De modo tal que tomo seguido el de Suárez. ¡Pero también tomo el de Coghlan! Especialmente en la mañana, cuando viene comparativamente más vacío. Debo reconocer que disfruto muchísimo comprando mi boleto en una de las estaciones mejor preservadas del sistema ferroviario urbano, una bellísima construcción de estilo inglés con puentes de hierro hechos en Glasgow y relojes de colección, que la Asociación de vecinos de la Estación – de la que soy miembro – ha ayudado a preservar. Por lo general puedo viajar sentado, leer, y disfrutar del sol tibio que de mañana entra por las ventanas del lado izquierdo. Mi propia experiencia de viajero urbano, más cercana a la de un ciudadano común que a la de un etnógrafo pretensioso, me ha transformado en un cultor del tren y en un observador de las relaciones sociales que allí se establecen.


Entre los distintos habitué de la línea, hay un señor cuyos ancestros seguramente hayan sido africanos. El tipo es muy negro, digamos. Suele pedir limosna de la mano de un niño de unos ocho o diez años. El niño también es ostensiblemente negro. De tantas veces que nos hemos visto, suelo saludarlo y él me saluda. Ojo, no soy tan obsesivo: también acostumbro saludar a un tipo que se pasea en silla de ruedas, y muchas veces he hecho lo propio con el hippie de la armónica que se las tira de canchero. Y con la violinista que –según mi entender– está un poco alienada. Ni el hippie parece particularmente marginal, ni la chica toca tan bien el violín. Son algo así como vecinos y siempre me pregunto si ellos improvisarán mapas sociales del mismo modo en que lo hago yo. El punto es que el negro es muy conversador, y varias veces me sentí tentado de participarlo de alguna de las actividades que se realizan entre las redes de la población de origen africano en Buenos Aires. Me obstaculiza la incomodidad del señalamiento, esa forma de identificación violenta que supone cargar con un corpus de pensamientos, lecturas y experiencias sobre un pobre tipo que probablemente le importe bastante poco lo que yo pueda pensar de él. Así las cosas, el tiempo transcurre y los trenes pasan. Los encuentros también. Nos seguimos cruzando con frecuencia y nos saludamos, obliterando la circunstancia de su pedido de limosna y mi poca simpatía a las prácticas caritativas. De hecho, hace tiempo que no me pide nada – pero nos seguimos saludando con idéntico respeto.
Fue en el servicio del miércoles en la tarde cuando me volví a cruzar con el negro y recordé que tenía las tarjetas que Fede Pita me había dado para promocionar la Black Family Reunion ®, un encuentro que aspira a reunir a los afrodescendientes dispersos que hoy residen en Buenos Aires y sus alrededores. Para “empezar a reconocernos entre nosotros”, como dice Pita, líder de la Asociación Civil DIAFAR. Inmediatamente pensé ¡esta es mi oportunidad para intercambiar dones! Le entregué una de las tarjetas y le dije: “fijate, esto tal vez te interese”. La miró, agradeció, la guardó y siguió con su trabajo. Claro, después me quedé pensando: ¿qué iría a interpretar este tipo al llegar a su casa? Lo más probable es que olvide inmediatamente el hecho y pierda contacto con la referencia de una de las miles de interacciones que seguramente tenga a diario con los miles de pasajeros que se desplazan por la ciudad. También es probable que pierda la tarjeta o que esta termine cumpliendo una función absurda emparejando la pata de una mesa despareja, o como aporte ridículo a la industria del reciclaje de cartón. Pero supongamos que no, que le preste atención y le genere intriga: ¿qué leería en la invitación esta persona que –eventualmente– podría llegar a identificarse como afrodescendiente en el próximo censo nacional de población?
Esto no lo podemos saber. Pero sí podemos ensayar algunas conjeturas.


La primera y más evidente, es la necesidad de pensar una y mil veces las formas en las que se imagina a la población afrodescendiente en un país como Argentina. Por lo general, existe una distancia enorme, un abismo (un “gap”, en inglés), entre las políticas que se suponen para la población afrodescendiente y la población objetivo en sí. Déjenme aclarar mi jerga. Todos los actores del campo afro tienen una política, en el sentido etimológico de la palabra. No solo el Estado, sino también los artistas, las agencias “bienintencionadas”, las asociaciones, los activistas (tanto los corporales como los virtuales), los investigadores. Por su parte, muchos de los que cuestionan –con razón– la “objetivación” de los sujetos de derecho, ¡suelen tener una “población objetivo” en mente! Tal vez los únicos que no tengan una “población objetivo” (ni les interese) sean los afrodescendientes dispersos en todo el país, desconectados de debates que parecen atraer a un público cada vez más previsible. La población afrodescendiente, al margen de la apelación discursiva y estratégica a la existencia de una “comunidad”, se encuentra fundamentalmente dispersa y fragmentada. Esta dispersión no supone necesariamente un conflicto en el sentido que le asignó recientemente un funcionario de una agencia involucrada en promocionar su “visibilidad”. Como sabemos, es el resultado de un proceso histórico de mezclas y omisiones que ha fagocitado radicalmente la memoria histórica y su relevancia en el presente. Y se ha sentado elegantemente sobre las diferentes formas de denuncia del prejuicio racial y de clase.
La segunda conjetura se desprende de la primera: ¿quién imagina a la población afrodescendiente y para qué? Dejemos de lado al Estado. Más allá del hecho de que muchos afrodescendientes tengan contacto con otros afrodescendientes, lo cierto es que la presencia recurrente de algunas pocas personas en las actividades de mayor o menor envergadura, denota un déficit al momento de generar entusiasmo entre una población que no se siente muy atraída por la oferta de reivindicaciones. Este problema es complejo y no es nuevo. En este sentido, la investigación de Lea Geler sobre finales del siglo XIX genera paralelismos escalofriantes. Pero ante todo, no constituye una particularidad de la población afrodescendiente: nada es más desafiante en una democracia, que generar participación. En las actuales circunstancias, no puedo sino solidarizarme en la reflexión. Considero que el diálogo entre los intelectuales y el activismo puede traer aire fresco a un conjunto de reclamos que pueden estar transitando un recorrido circular y corriendo el riesgo de tornarse irrelevantes para la misma “comunidad”.


La tercer conjetura, sobre la cual tengo muchas más preguntas que respuestas, tiene que ver con el lenguaje. ¿Qué lenguaje puede atraer a la población afrodescendiente a la esfera pública? (o aunque sea, al auto-reconocimiento) ¿El lenguaje de valoración de las tradiciones olvidadas por la historia? ¿El de la mitología afro-argentina? ¿El del arte y la música, en sus múltiples y variadas resignificaciones? ¿el de la reivindicación de los derechos? ¿El de un panafricanismo politizado? ¿El del hip-hop? ¿Una combinación? La iniciativa de recuperar el sentido de uno de los lugares más emblemáticos de la memoria reciente (los bailes del Shimmy Club) en la próxima Black Family Reunion ®, con una estética moderna y joven, es ciertamente una novedad. Como miembro del grupo que lo organiza, entiendo que es una apuesta interesante y merece especial atención. He escuchado voces críticas respecto de una convocatoria “en un idioma extranjero”. ¡Como si el lenguaje de la liberación fuera el español! Incluso se observó cruzadamente el hecho de apelar a una estética innovadora y no tradicional. No estoy seguro de cuál es el lenguaje más acertado. Sí creo que intentar algo nuevo puede traer resultados inesperados. Tal vez no para que el mendigo del tren pague $ 20 para asistir a un local en Palermo, pero quizás sí para que el niño encuentre en el bolsillo del pantalón de su abuelo, una razón que le permita transitar el “gap” que actualmente separa las reivindicaciones del entusiasmo.

Ilustraciones: Detalles de Manifestacion (1934) de Antonio Berni

Black Family Reunion

(Foto de la invitación: Rocío Frigerio)
Invita
Diáspora Africana de Argentina

Texto de la invitación:
"BLACK FAMILY REUNION® es un encuentro de familias afrodescendientes y africanas residentes en el país. Es una antigua costumbre la de reunirse para compartir y transmitir nuestras tradiciones.
Como alguna vez lo fueron los encuentros en la "Casa Suiza" en la Argentina, hoy en el mundo las Black Family Reunions® son una experiencia en expansión. En su versión local vamos a descubrir el encuentro entre las viejas costumbres como la transmisión oral de nuestra historia, el candombe y el tango, y las nuevas expresiones culturales como las proyecciones audiovisuales, el rock, el reggae y el hip hop, etc.
En esta ocasión inauguraremos los premios “Diaspora Honors”, un reconocimiento a las personas y organizaciones de la comunidad de ayer y de hoy, que se hayan destacado en los campos de lo social, lo cultural y lo político.
Recordando el pasado, viviendo el presente y conquistando el futuro.
Celebremos nuestra identidad! "

sábado, 9 de octubre de 2010

Dina Picotti en La Nación

Dina Picotti es una de las personas que más ha luchado por la inclusión de temas relativos a Africa y Afro-América en la universidad y en distintos ambientes culturales. Y además es una excelente persona. La Nación de hoy la entrevista.
Foto Miguel Acevedo Riú para La Nación

En cada fiesta patria en que la libertad es el motivo de festejo, el ritual se repite: primero, la notificación con las instrucciones de cómo hay que vestir al nene para el acto; después, las alpargatas desflecadas, los pastelitos, el aguatero, el que vende velas, todos con las caritas pintadas con corchos quemados y, como paseando por una realidad que parece no ser propia, camina altiva la dama con peinetón y el caballero con levita. El plano se repite cada año con algunas variaciones mínimas: atrás los negros y, adelante, los blancos patriotas. Y todos terminan diciendo: "¡Viva la patria!"
¿El saldo? De 10 chicos que participaron en el acto patrio, por lo menos siete hicieron de "negros", es decir, actuaron de gente que no ven, que no quieren ver, que no pueden ver; personas que existieron, pero que parece que se las tragó la tierra, que trabajaron a destajo en un pasado que se enseña como alegre y dicharachero, y que los niños no indagan. Dina Picotti, doctora en Filosofía por la Universidad de Munich, está acostumbrada a estas consultas. Ella, que se doctoró con una tesis sobre la superación de la metafísica como tarea histórica en Martin Heidegger, dedicó gran parte de su vida a estudiar la presencia negra en la Argentina y América, cómo se originó y se manifiesta en cada uno de los aspectos de nuestra vida y cultura.
Dina es una entrevistada misteriosa, de rostro bonito, delgada, elegante y edad indefinida. Nos abre la puerta de su casa en el Bajo Belgrano y la gran sala de estar, de color celeste, alberga cuadros, tallas, fotos y artículos africanos de una belleza extraña, que sólo se encuentra en aquel continente.
Y nada es casual. Porque Dina, que se fue de Villa Regina, Río Negro, a doctorarse en filosofía en Munich en la década de los 60, conoció en esa ciudad alemana al hombre de su vida, el padre de sus tres hijos, el ingeniero amoroso que construyó obras y caminos acá y en Africa, Abdourahmane Camara, guineano musulmán, negro y "muy buen mozo", como ella misma apunta, mientras sonríe levemente.
Cuenta Dina que a pesar del islam, al que Camara adhería, en los primeros años de los 70, la pareja se casó por la Iglesia Católica en Villa Regina y el evento constituyó allí una sorpresa: la blanca, muy blanca, desposándose con un negro, muy negro, fue el comentario general de sobremesa. "Todos pasaron por la iglesia y los que no, fueron a ver las fotos", comenta, divertida, esta mujer que no se resigna a haber perdido a su esposo hace ya 10 años, pero que mira la foto de Alejandro, su único hijo vivo, mulato y hermoso, que toca música y canta con un deleite incomparable.
"Es que cuando volvimos de aquellas mecas de estudios de posgrado, como era Munich -dice Picotti- nos preguntamos qué debíamos pensar nosotros mismos, a partir de nuestra experiencia. Pero entonces advertimos que en verdad no conocíamos la propia historia, porque no nos la habían enseñado; por ello comencé a bucear en las culturas que hacen a nuestra identidad, concretamente en las indígenas que habitaron también el valle del Río Negro."
Y acá vendrá la primera de muchas sorpresas que nos regalará a lo largo de la charla: "Daba clases de filosofía, pero me planteaba todo desde la perspectiva de cómo pensar aquí las grandes cuestiones, el hombre, sus prácticas, historia y cultura, llegando de este modo a preguntarme si en realidad aquí no hay negros, como solía decirse. Cabe recordar que cuando se le preguntó a un ex presidente argentino qué pasaba con los negros en su país respondió que ese problema lo tenía Brasil". Subraya la palabra problema como una de las que tenemos que desterrar del lenguaje: las demás se las dirá a esta cronista durante la charla.
¿Y por qué con su esposo decidieron radicarse aquí y no en Africa?
Por las guerras y en general la difícil situación que viven los países africanos.
A través de la investigación, Dina se dio cuenta de que la presencia negra era más importante de lo que se solía aceptar y que el aporte a todos los aspectos de nuestra vida e historia era tan doloroso como inconmensurable. Y dice: "Por ejemplo la palabra «tango», entre otras, es de origen africano y la invisibilidad que se produjo fue tal, que ya nadie se acuerda de que Carlos Gardel tenía un guitarrista negro".
"La Argentina empezó a negar a los negros por el hecho de estar relacionados con la esclavitud, y a mí me interesaba rescatar el valor que tuvo y tiene su presencia, porque toda cultura significa una experiencia humana irreemplazable. Entonces, no reconocer una cultura significa perder una parte importante de la historia humana, es impedir nuestro auto- reconocimiento".
Dina dice todas estas cosas con una sencillez llamativa y se concentra para dar respuesta en alguno de los muchos objetos africanos que decoran su casa. Asegura que una buena parte de la población argentina tiene impronta africana, aunque no lo sabe o quizá no quiere saberlo.
"Se lo advierte en diversos rasgos físicos y culturales, yo lo veo", y cuenta que, por ejemplo, el artista uruguayo Carlos Páez Vilaró seguramente tiene antepasados afro.
"Es que mirá, gran cantidad de esclavos negros ingresaron en el Río de la Plata por el puerto de Buenos Aires a través de diversos asientos, a los que hay que agregar los que venían de contrabando y que luego eran repartidos por el interior hasta Chile y el Perú. En algunos países, esas comunidades se mezclaron menos, pero aquí hubo un intenso cruce entre blancos, negros e indios, y se fue perdiendo el color.
¿Se sabe cuántos negros había en la Argentina hace 200 años?
"Se supone que un tercio del total de la población de Buenos Aires colonial era negra, y las estadísticas del centro, oeste y norte de país superaban el 50%, en ciertos lugares, como Santiago del Estero, llegaba al 90%, pero después ya no se los registró en los censos. Esperemos que este año se pregunte claramente por el origen del encuestado para poder apreciar si ascendió del 5 o 6% la actual población de color, que se estima según una prueba piloto hecha hace un par de años. "
¿Qué pasó? No desaparecieron simplemente a causa de las guerras y las pestes, como se afirma; se mezclaron, dice Picotti, y aclara que el así llamado "cabecita negra" venido del interior tenía en buena parte ascendencia negra. Agrega que hay bastantes datos, entre ellos una cerámica precolombina existente durante ocho siglos, que testimonian ya una relación precolombina de culturas negras con las nativas de América.
"Además de la presencia esclava tuvimos luego una inmigración importante de Cabo Verde durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y desde los años 90 una inmigración reciente africana y afroamericana que procede de diversos países, por ejemplo, hay más de 1000 senegaleses, que sólo se involucran con sus pares, viven en hoteles y suelen tener la familia en su continente."
Las referencias de Picotti son tan interesantes que es difícil no caer en la muletilla de preguntarle qué palabras o qué costumbres hemos incorporado de la negritud. Y siguen las sorpresas: palabras como "tango", "zamba", "mucama", "marote" o la expresión "fulo de rabia" son de origen negroafricano; el arroz en la comida, la percusión en la música, el 2x3 que está en el ritmo del folklore y los ritos animistas, aunque ésta es otra de las palabras que Dina quiere desterrar del lenguaje, porque supone desconocimiento desde una visión eurocéntrica. "Quienes fueron rebajados a esclavos, enviados como frente de choque a las guerras, empleados en condiciones inhumanas en toda suerte de trabajos, supieron sin embargo devolvernos canto y danza, que son lenguajes superiores."
Y habla de los tambores que, dice, llegaron a ser la voz de los sin voz, "un lenguaje convocante. Y la danza. Los niños negros antes de aprender a caminar danzan, es el lenguaje por excelencia, porque es expresión de vida. Pienso que hay un subsuelo negro entre nosotros, que se manifiesta de diversas maneras, incluso en las síncresis religiosas, donde por ejemplo cada santo cristiano tiene su correspondencia africana.
Dina y su hijo conocieron a sus familiares africanos mucho tiempo después de que Camara y ella se casaran. Fueron a Angola, Mali, Guinea y vieron lo bello y la riqueza humana y natural de esa tierra, pero también la devastación y la pobreza. Años más tarde, el ingeniero Camara volvió a su continente a construir colegios, rutas y puentes, y regresó también dolido de ver tanta corrupción interna y externa que mantiene a la población en condiciones inaceptables. "Continúan así -comenta Dina- la familia tiene tierras, pero apenas subsisten, sin servicios sociales básicos; no he regresado desde entonces."
Ya es tarde, Picotti acompaña a La Nacion hasta la puerta, pero se detiene para mostrar en el escritorio una foto de su esposo. Hay, todavía, un deseo irrefrenable de verlo en este instante, unas ganas contagiosas de acercarse, pero se contiene y sólo saluda. Y queda sola. En esa casa con tantos espíritus...

Perfil- Dina V. Picotti de Camara:
Doctora en filosofía
Quién es: se doctoró con una tesis sobre la superación de la metafísica como tarea histórica en Martin Heidegger, dedicó gran parte de su vida a estudiar la presencia negra en la Argentina y en América, cómo se originó y se manifestó en cada uno de los aspectos de nuestra vida y cultura. Ha editado una docena de libros sobre esta temática y es investigadora en temas de filosofía contemporánea, filosofía de la historia y pensamiento latinoamericano. Se doctoró en Filosofía en Munich. Estuvo casada con un ingeniero guineano, padre de sus tres hijos.
Es directora de su Instituto de Pensamiento Latinoamericano y Directora del doctorado de Filosofía del mismo claustro. Ha sido coordinadora de la Maestría en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de la Matanza.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1313289
(Hay comentarios de lectores)
Agradezco a Cecilia Galera por avisarme

Eramos pocos y llegó... ¡¡el campeonato de Batucadas!!

Hace varios días ya me llegó este anuncio del "Primer Campeonato de Batucadas de Buenos Aires". Mi primera reacción fue: "¿Campeonato? ¿Hay necesidad de futbolizar también la música?". Después pensé que en el sambódromo de Rio compiten las escolas, y que lo mismo pasa en las Llamadas de candombe de Montevideo. Ahora tenemos el campeonato de tango de Buenos Aires -y antes, en realidad, también existían ...
Sin embargo, los efectos de al menos los primeros dos ejemplos de grandes competencias son bien conocidos, y criticados por casi cualquiera que esté realmente interesado en la situación y evolución de estos géneros musicales y no sólo en cuántos turistas podemos traer a la ciudad. Muchos referentes que respeto de estas tradiciones están absolutamente en contra de esta modalidad que no lleva a  la excelencia musical y performática sino a una mayor espectacularización y a la adopción de criterios estéticos que no son los del grupo que les dio origen.


Seguí pensando: ¿será que la modalidad de competencia casi "deportivas" necesariamente lleva a la desvirtuación del género? Quizás habría que ver, primero, con qué criterios se juzga la performance, y quiénes son los jurados.
Ayer me llegó esta información de Agenda Murguera, que señala los criterios por los cuales se evaluará a los grupos:
"Primer Campeonato de Batucadas de Buenos Aires. Sábado 9 de Octubre a partir de las 13 hs. en el predio situado entre Av. Figueroa Alcorta y Av. Infanta Isabel, al lado del Museo Sivori. Entrada libre y gratuita para el público, se solicita colaborar con alimentos no perecederos destinados a instituciones barriales de San Telmo. Batucadas de Glew - Olavarría - Tandil - Sunchales (Sta. Fe), Gualeguay y Gualeguaychu (Entre Ríos) - (Entre Ros) - Gran Buenos Aires (Calzada - Lanús - Ballester ) y Capital (San Telmo -San Cristóbal - Palermo) nos traen la magia y el poder de los tambores.
(Nota de AF: abajo, la info importante):
Participarán 15 grupos de batucada que realizarán shows de 15 minutos cada una y serán evaluadas en Estética, Carisma, Coreografía, Originalidad, Arreglos Musicales, Sincronización y cambios de ritmos, Performance general/puesta en escena, según el estilo de batucada brasilera.
Cronograma de actividades: 13 hs. Comienzo del evento. Se presentaran ante el jurado las 5 primeras batucadas. 15hs. Se presentan las siguientes 5 batucadas. 17 hs. Presentación de las restantes 5 batucadas. 19 hs. Anuncio de los resultados y entrega de premios. 20hs. Cierre del evento con una zapada abierta a todas las batucadas participantes y al público en general."

El afiche completo, con los sponsors del evento

Reconozco que mi formación musical no es suficiente como para opinar con autoridad respecto de la pertinencia de las categorías -o sea, sobre qué tanto ayudan a desarrollar la excelencia musical o a incentivar el circo. Tomando en cuenta el estado general del conocimiento del público local y la proclividad a reproducir siempre "hinchadas de tribuna"  me temo que la valoración estética vaya por cualquier lado menos el deseable. Pero es sólo un temor a priori y bien puedo estar equivocado. Alguno que vaya y quiera contarlo, agradezco.
Sí espero que para las Llamadas de San Telmo de diciembre no tengamos, todavía, concurso, premio, esas cosas... Ya que mucha gente en Montevideo no está de acuerdo con el rumbo que tomaron las cosas allá, no tenemos por qué seguir el mismo camino....
Esto no implica estar en contra de las innovaciones, sólo la necesidad de pensar un poco qué es lo que las produce y cuáles son sus efectos...

Informacion tomada de Agenda Murguera - gracias capo!!

viernes, 8 de octubre de 2010

La pregunta sobre afrodescendencia en el Censo 2010 -una opinión

La pregunta sobre afrodescendencia, en la página 1 del cuestionario ampliado

Por si algún lector de este blog no lo es también de la revista online Quilombo!, aviso que para el número de este mes escribí una nota en la que hago algunas reflexiones sobre la inclusión de una pregunta sobre afrodescendencia en el próximo censo .

Se puede leer en:

Una aclaración (por si es necesario):
Al comienzo de la nota señalo que
"Quizás lo más interesante es que se ha incluido, por primera vez, una pregunta sobre “afrodescendencia”. "
No quiero decir que en censos anteriores -durante el siglo XIX- no se haya preguntado sobre "raza". Durante toda la nota intento remarcar que -a mi criterio al menos- preguntar sobre "afrodescendencia" es diferente - hay otros criterios en juego que exceden lo fenotípico....
Sin duda, un tema interesante (y necesario) que merece más discusión ...
Se pueden ver opiniones de militantes afrodescendientes al respecto e información adicional -además de en entradas anteriores de este blog- en:

Algunas imágenes que quedaron fuera de la nota en Q!:
Afiche de campaña de país latinoamericano -que no llego a precisar. Algo así se debería haber hecho aquí, pero los fondos no eran suficientes para una campaña masiva.

Arriba y abajo, Folleto del INDEC sobre la inclusión de preguntas sobre afrodescendientes, pueblos originarios, y personas con discapacidad  (doble click en las imágenes para agrandarlas y leerlas)


Poster afrodescendientes de: http://prensa.politicaspublicas.net/index.php/alatina/censos-2010-las-americas-tienen-color-afrodescendientes-en-los-censos-del-siglo-xxi

jueves, 7 de octubre de 2010

Sobre la serie "Jazz" de Ken Burns

A raíz de la entrada anterior sobre la serie "Jazz" de Ken Burns, que se está mostrando en Film and Arts, recibí un mensaje de Berenice Corti (la asesora en jazz del blog )  :-)  con comentarios críticos y sugiriendo también la lectura de la nota de Diego Fischerman en Radar (va abajo).

Ilustración de Maurice Delavier para el libro Magie Noire, de Paul Morand. Editado en París por ed. Ferenczi, 1930

Dice Berenice Corti:
"En la nota que salió en Radar (ver abajo) Diego Fischerman plantea con justeza que uno de los grandes problemas de la serie es que las "abundantes comparaciones del tipo “Ellington es nuestro Mozart”, más que dar legitimidad propia al jazz ponen en evidencia precisamente lo contrario: la necesidad de encontrar una legitimación externa". Esto ya fue señalado por varios autores y es una discusión que sige vigente y se relaciona con cuestiones del tipo de qué tan norteamericano es el jazz: "el jazz es el gran aporte norteamericano al arte", o “el Jazz sucedió en América, y sólo podría haber sucedido aquí” (James Collier).
Como señala E. Taylor Atkins, estas afirmaciones soslayan otros fenómenos que tienen que ver con "la expansión de fronteras, el colonialismo, la esclavitud, la inmigración, la industrialización, y la hibridación cultural". Esto tiene mucha tela para cortar pero quería llegar al otro punto que ese discurso nacionalista del jazz deja afuera, y que intelectuales negros como Amiri Baraka ya en la década del sesenta sostuvieron: que la música de jazz no podría haber existido autónomamente de las políticas raciales y de clase en los Estados Unidos. Si, en tal caso, el jazz es norteamericano, lo es también pero principalmente por su historia de racismo y esclavitud.
En la nota de Radar Fischerman hace mención a ésto pero lo desdeña como si se tratara de un argumento fácil, en cuanto a que el "africanismo" del jazz es la otra cara de la americanidad, ambas partes de un supuesto mismo mito. Sin embargo la anécdota que relata sobre la controversia en torno a si Armstrong pudo o no haber sido hijo de esclavizados pone la cuestión en su completa relevancia.
El jazz debió ser mediado por la industria cultural para norteamericanizarse, pero además de traer consigo todas las gramáticas culturales africanas lleva impresa en sí mismo la historia de las relaciones raciales en los Estados Unidos, mal que les pese a los que sólo ven al jazz como una música sofisticada (que lo es, pero no en su sentido glamoroso) o cool.
El documental apunta a reforzar una narrativa sobre el jazz, que por supuesto no es la única porque hay académicas, y hay la de los militantes negros. Wynton Marsalis juega un papel crucial en ésto, no sólo desde el punto de vista discursivo sino también desde el artístico, rescatando a algunos referentes y descartando otros. Esta es una de las cosas que hace el documental, demasiado hincapié en artistas que son clave pero no los únicos, porque falta un mejor desarrollo por ejemplo de la década del sesenta, Miles, Coltrane, etc. Burns elige qué mostrar, y en Estados Unidos fue muy criticado. Creo que es un ejemplo más de cómo lo que ni siquiera es dominante en los Estados Unidos nos llega acá como lo único, porque es lo que construye la industria cultural."

Sobre la serie "Jazz" de Ken Burns -en Radar

Jan Matulka - Negro Jazz Band - 1926. Saint Louis Art Museum

Publicado en Radar, suplemento de Página 12, 26 de septiembre de 2010
Televisión - La historia del jazz de Ken Burns
A Jazz lejos y hace tiempo
497 piezas musicales, 2000 películas de archivo y 75 entrevistas son el material que Ken Burns editó, compaginó y montó en una monumental Historia del jazz. Durante 19 horas y bajo la conducción de Wynton Marsalis, traza un recorrido fascinante desde el nacimiento de esa música norteamericana como segunda voz de las leyes racistas en el siglo XIX, a través de la Primera Guerra Mundial, las revoluciones artísticas y científicas en el siglo pasado, y hasta las puertas de la era del entretenimiento. Después de sus trabajos sobre la Guerra Civil y el béisbol, Burns ofrece un viaje lleno de perlas y sorpresas al corazón del sonido norteamericano, erigido alrededor de la figura de Louis Armstrong.
Por Diego Fischerman

Toda historia cuenta, a la vez, la historia de quienes la hacen. Ken Burns, en su tercera multipremiada serie de documentales, se enfocó en el jazz. Que las dos anteriores hayan estado dedicadas a la Guerra Civil norteamericana y al béisbol pone en claro, en todo caso, que esta música forma parte, para él, de una trilogía del imaginario estadounidense. De los mitos y construcciones de lo que ellos llaman “América”. La serie, titulada Historia del jazz, abarca diez capítulos y será emitida todos los viernes a las 23, a partir del próximo 1º de octubre, por Film&Arts. Allí, con abundante documentación fotográfica y un muy buen material fílmico, se cuenta, sobre todo, el origen del jazz y se hace hincapié, en particular, en el hecho de que ésa es la “música americana” –es decir norteamericana– por antonomasia. Abundantes comparaciones del tipo “Ellington es nuestro Mozart”, más que dar legitimar propia al jazz ponen en evidencia precisamente lo contrario: la necesidad de encontrar una legitimación externa.
La cuestión sobre la americanidad del jazz –o su africanismo, la otra cara del mismo mito– se relaciona con otra escena fundante: la doble mentira de Louis Armstrong acerca de su fecha de nacimiento y la de sus padres. Que asegurara haber nacido el 4 de julio de 1900 –en lugar del 4 de agosto de 1901– tenía que ver, más que con una cuestión de prestigio personal, aunque la hubiera, con un reclamo de identidad nacional para el jazz. Esa fecha doblemente simbólica, el primer día de la independencia estadounidense del siglo XX, tenía la intención de instituir como un icono nacional, junto a Armstrong, al jazz en su conjunto. Había en ese gesto un fuerte afán de integración. El jazz discutía su lugar como música americana y no como race music (que era sólo consumida por público negro) al mismo tiempo que reivindicaba su negritud. Y la otra mentira de Armstrong, la que falseaba la fecha de nacimiento de los padres, jugaba en ese sentido. Los padres de Armstrong habían nacido después de la abolición de la esclavitud pero, haciéndolos más viejos de lo que habían sido, Louis Armstrong podía decir que era hijo de esclavos. También en este caso, la fundación de una leyenda personal habla de cómo se constituyen las leyendas colectivas. No importa tanto la trascendencia que Armstrong quisiera darse a sí mismo a través de estas imposturas como la prueba que éstas proveen acerca de qué cosas podían otorgar valor simbólico al jazz. Las dos mentiras del trompetista que, en muchos aspectos, fue, para una porción considerable del público, la más perfecta personificación del jazz y que la historia de Burns llega a considerar casi como su sinónimo, remiten ni más ni menos que a los dos polos que conforman el origen reconocido del jazz: lo afro y lo americano. Como en las fechas de Armstrong, hay también allí una falsedad que, no obstante, resulta fundamental en cuanto al hallazgo de un mito de fundación. Lo afro ya era, en los finales del siglo XIX, afroamericano, en el sentido de que entre las fuentes del jazz no había músicas africanas puras sino géneros ya constituidos en Estados Unidos y, en muchos casos, con más de un siglo de antigüedad. Los fundadores del jazz no eran los esclavos recién llegados ni sus hijos, sino descendientes para quienes Africa era más bien una leyenda lejana.

Fernand Léger -  Jazz (Variante) - 1930. Galerie Beres, Paris.

En ese sentido, y más allá de una postura ideológica que está lejos de brindar una lectura única o más o menos abarcadora pero aporta datos notables para ser confrontada con otras historias, el documental brinda una cuidadosa reconstrucción del sur estadounidense en los finales del siglo XIX, del crecimiento de Nueva Orleáns y, aun cuando el origen del jazz en esa ciudad sea discutible –las fuentes más confiables permiten aventurar que, más bien, el jazz era una forma de interpretar bastante común en todo el sur del territorio y que se extendió con gran velocidad hacia otras ciudades– el panorama resulta sumamente enriquecedor. En particular resultan reveladoras las abundantes fotos de negros y blancos juntos y los documentos que hablan del racismo de los mestizos “criollos de color”, que formaban parte de la pequeño-burguesía local, aún mayor que el de los blancos proletarios que eran tan pobres como sus compañeros de trabajo negros. Las escenas, en algunos casos fotos sobre las que un acercamiento revela algún detalle en especial, son comentadas por músicos de jazz actuales y críticos del género como Larry Giddins o Stanley Crouch, que podrían ser considerados algo así como los ideólogos del marsalismo. Y es justamente Wynton Marsalis quien coprodujo el documental y aparece a lo largo de los diferentes capítulos comentando lo que se ve en escena, hablando del estilo de algún músico y, en algunas ocasiones, ejemplificando él mismo, con su trompeta, el efecto de wah wah realizado por los músicos de Kansas al tapar y destapar los pabellones de las trompetas con sus sombreros.

Duke Ellington, la figura en la que el jazz busca a su Mozart.
(ilustración y epígrafe de la nota de Radar)

“En el comienzo de mi film sobre béisbol, el escritor Gerald Earley decía que cuando se estudiara nuestra civilización americana dentro de 2000 años seríamos reconocidos sólo por tres cosas: la Constitución, el béisbol y el jazz”, afirma Burns, en consonancia con los temas elegidos para sus documentales. “Creo que lo que él estaba diciendo es que el genio americano está en la improvisación. Se trata de cuatro hojas de papel, escritas al final del siglo XVIII, que alcanzan a los problemas más complicados del siglo XXI; de un simple juego de chicos, con un palo y una pelota, pero que funciona con infinitas combinaciones casi ajedrecísticas; y de una música, creada por afroamericanos, un conjunto de personas que tenía la única, extraña experiencia de no ser libres en un país supuestamente libre. ¿Y qué podían crear? La única forma de arte que los americanos han inventado: el jazz. Fuera de él, casi cualquier música entre las que disfrutamos en la actualidad remite de alguna manera al jazz: rap, hip-hop, rhythm & blues, soul, rock. No puedo imaginar que alguien que tenga interés en nuestro país no tenga interés en el jazz. Es la banda de sonido de América.” La cuestión de la pertenencia del jazz a los Estados Unidos –y tal vez también de lo contrario– es central en el film de Burns. En rigor, la crítica principal que puede hacérsele es su afán de demostración. Hay una ideología que el film comparte con Marsalis según la cual el jazz es el correlato exacto de la Democracia Americana. La interpretación es, desde ya, bastante optimista tanto acerca del jazz como de la llamada Democracia Americana. “En el jazz –explica Burns–, uno no puede tocar lo que tiene ganas. Tiene que escuchar al otro y saber qué es lo que está diciendo. Uno toca lo que tiene ganas pero respetando, necesariamente, lo que tocan los otros. Eso es la democracia.” Allí donde, en cambio, con sencillez la cámara muestra a los músicos tocando y se deja oír el sonido de la trompeta de Armstrong o el de la orquesta de Ellington, el documental cobra vuelo.
James Blanding Sloan - Jazz: the new possession - 1925. Smithsonian American Art Museum, Washington D.C.

El otro reparo tal vez se saldaría si esta historia hubiera sido titulada “Los orígenes del jazz”. En rigor, de los diez capítulos uno sólo, el último, va más allá del swing y del proyecto de modernidad asimilable con la orquesta de Ellington en los ‘40. Y ese décimo capítulo presenta una especie de visión apocalíptica sobre lo que vendría. En palabras de Branford Marsalis, “muchos músicos jóvenes de jazz comenzaron a hacer otra música, cosa que hasta ese momento no había sucedido nunca”. En este planteo, obviamente, el jazz-rock, las distintas amalgamas con músicas de otros géneros, mucho del free jazz más politizado, quedan afuera o son, más bien, los síntomas de la llegada de los bárbaros que causarían la caída del imperio. La historia del jazz de Burns es una historia parcial. No debe –ni puede– tomarse como la historia sino, en todo caso, como un panorama sumamente ideologizado pero maravillosamente documentado acerca de cómo el jazz creció y se convirtió en la música de un país. Los estilos de Armstrong, Ellington, Fletcher Henderson, Dizzy Gillespie, Charlie Parker, el primer Miles Davis, son profusa y minuciosamente explicados. Mingus, Dolphy o Bill Evans, en cambio, apenas son tenidos en cuenta. Y tampoco se reconoce la importancia de alguien como Nat Cole, que entre otras cosas fue pianista de Lester Young, tal vez porque la perspectiva moralista de Burns –y su machacada idea del jazz como “forma del arte”– no le permite perdonar su conversión en estrella pop. Eso es lo que no está. Y no tendría sentido buscarlo allí. Lo que sí está, en cambio, es un relato en el que el jazz va funcionando como segunda voz de las leyes racistas de trabajo en el siglo XIX, de la Primera Guerra Mundial, las revoluciones artísticas y científicas de los años veinte en el siglo pasado: Picasso, Freud, Einstein. Acierta, en todo caso, en la certeza acerca de que el jazz fue parte de una transformación radical del mundo. Y que parte de esa transformación, en la que los medios de grabación del sonido y su difusión –primero la pianola y luego el disco y la radio– fue a su vez aprovechada por el jazz como su material preferente. Burns se sorprende, según dice, de haber descubierto la importancia de Armstrong en el arte del siglo XX, más allá de la propia historia del género. Se sorprende, más allá de cualquier catequismo, con el sonido de su trompeta. Y este film, con sus 19 horas de duración, con las 497 piezas musicales incluidas, sus 2000 películas de archivo, algunas nunca antes difundidas, intercaladas con 75 entrevistas, es el portador, al fin y al cabo, de las imágenes de Armstrong, Coleman Hawkins, Thelonious Monk o Charlie Parker. Y, sobre todo, de sus sonidos. Y allí es donde estará, siempre, la sorpresa.

La serie de 10 episodios se emitirá, a partir del viernes 1° de octubre, todos los viernes a las 23 por Film & Arts.

Las ilustraciones de Léger, Matulka y Sloan no figuran en la nota de Radar.
Fuente de la nota de Radar: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-6499-2010-09-26.html
Site de la serie: http://www.pbs.org/jazz/
Agradezco a Berenice Corti