martes, 22 de septiembre de 2009

Graffitis y tango (y candombe ..)

Caminando por San Telmo el domingo me llamó la atención el contraste que muestran estas fotos. Habia visto otras veces las pinturas tangueras pero siempre enmarcando los negocios que venden objetos “argentinos”: artesanías (en la foto vertical) o cuadros de tango (abajo de la/s pareja/s danzante/s). Pasando de noche se puede ver cómo lo que de día es tango de noche se “vuelve” graffiti. Una forma de cultura sigue en el curso del día a la otra y se pasa de lo (supuestamente) local a lo global, en pocas horas. La imagen de las fotos evoca, también, otra serie de contrastes, además de cultura local- cultura global, Si olvidáramos (como sucede con cada vez mayor frecuencia) las (fuertes) raíces negras del tango, podríamos decir también cultura blanca-cultura negra, O si obviáramos su actual renacimiento y popularidad en diversos ámbitos sociales, cultura adulta-cultura juvenil.
La dicotomía cultura local-cultura global también se puede pensar, en términos algo menos contemporáneos –pero que aún tienen vigencia en determinados ámbitos- como cultura “nacional” – cultura “foránea”. Sería fácil quedarse con la primera impresión de que a lo “auténticamente” “nuestro” se le agrega o superpone algo “foráneo”. Ahora bien, si uno ve los objetos en venta –al menos en la tienda de cuadros- uno puede presuponer que son, más bien, for export o para turistas.
Por otro lado, el carácter fuertemente sexualizado de las imágenes tangueras dibujadas arriba de las ventanas y persianas –la mujer con mucha menos ropa de la que se usa para bailar el tango- sugiere que no están hechas principalmente para locales, sino para adecuarse a un estereotipo foráneo. Están hechas para vender productos (subrayo vender y productos) locales adaptados a criterios foráneos de exoticidad y erotismo.
El graffiti, por otro lado, está pintado sólo por el placer de hacerlo. Unicamente se verá a la noche; nadie lo compra; el artista no hace ni adapta su arte en función del comprador. Lo hace porque quiere, porque le sale. Es probable que se identifique principalmente en términos de su quehacer artístico:. “Yo soy un graffitero” -o como se diga estos dias-. Pensado en estos términos (admito, conjeturales y valorativos, pero nada más que para el desarrollo del argumento, ya que no conozco a ninguno de los involucrados) la ecuación valorativa puede invertirse. El arte local, tradicional, nacional, está hecho primordialmente en función del consumo externo; la manifestación global se hace por el valor expresivo y estético que tiene para individuos locales.
¿En términos de producción artística, cuál es la genuina?


Esta reflexión viene probablemente a colación de una pregunta similar, realizada algo antes esa misma tarde. Primero, tengo que confesar que el paseo dominical multitudinario en que se convirtió la calle Defensa me perturba un poco: me molesta la comercialización (la comodificación o mercantilización) de nuestra cultura y símbolos nacionales varios. No me llega a gustar esa feria exagerada en función del turismo, de lo que se pueda vender a los extranjeros: principalmente todo lo que tenga que ver con tango, filete, imágenes de argentinos célebres, etc. Además de, o quizás por, su propósito eminentemente comercial, me parece que generalmente son cosas bastante –voy a ser valorativo, pero franco- berretas. Me da pena ver tanto filete apresurado (debe haber algunos bien hechos también, no hice un estudio al respecto, pero gran parte de los que se ven son bastante flojos), tanto cuadrito de tango hecho para sacarle unos mangos a los paseantes. En esto nos hemos convertido: en mercachifles de nuestra argentinidad. Es lo que nos queda. Cómprennos en nuestra versión mas berreta.
En medio de esta desazón que me suele producir la feria, mientras esperaba que pasara una comparsa de candombe, miraba cómo una pareja de tangueros bailaba una milonguita para los flashes y cybershots de gringos varios y hermanos latinoamericanos ídem. No me gustó mucho lo que ví: era obvio que era para el turismo, y, al contrario de otras parejas que hay por allí, no me parecía que lo hacían muy bien. (Hoy estoy demasiado valorativo, lo reconozco). Tanto entrevistar tangueros viejos algunos criterios estéticos suyos se me pegaron. No me parecía que seguían demasiado el ritmo, su postura no era elegante –aún para una milonga- y el brazo izquierdo de él flameaba como una bandera y parecía guiar el movimiento del torso en vez de ser al revés. Tampoco transmitían esa sensación que –verdadera o falsa- logran comunicar otras parejas del baile como de disfrute supremo del aquí y ahora. Parecían pensar más en el después (de la performance) que en el ahora.


Ahí recordé las declaraciones de (algunos) vecinos de San Telmo vertidas en la reunión que habían tenido con representantes del Movimiento Afrocultural unos díás antes y en la cual habían defendido la identidad “tanguera” del barrio en contraposición a una “candombera” –representada por la avanzada de la invasión negra. (Ver las opiniones en el escrito de Viviana Parody unos días antes en este blog). Pensé que, irónicamente, el tango en el barrio estaba principalmente en función del turismo externo. Para venderse. Lo específico del tango en San Telmo (respecto de otros barrios que se podría argumentar son “más” tangueros) es que está principalmente para el consumo turístico. No únicamente quizás, pero sí principalmente.
Por el contrario, el candombe actualmente está en San Telmo porque a quienes tocan los tambores les gusta hacerlo. Nadie les paga nada, ni siquiera –en general- pasan la gorra . Lo hacen porque es lo que más les gusta y quizás, también, lo que los identifica. En un primer momento eran mayormente (afro)uruguayos, pero ahora son centenares de argentinos quienes, desde hace diez o quince años, adornan con su sangre los cueros de los tambores que pasean por Defensa y calles conexas. Como los graffiteros, aún si el último turista dejara de venir al barrio, todavía estarían allí, marchando, tocando y bailando. Se ha vuelto lo que hacen, lo que ellos son. No lo hacen para los demás ni por su dinero.
De nuevo, ¿cuál es, en estas condiciones y en este contexto, la cultura genuina?

Comentario de Pablo Cirio

El turista es cómodo
Hola Alejandro, se me está haciendo ocasional rutina participar en tu blog y está bueno. Espero no lo tomes como un abuso.
Como hombre viajado, sabés que todas las grandes capitales, las grandes ciudades y hasta los grandes centros “folclóricos” (como Cosquín) tienen lugares privilegiados para que merodeen los turistas. Generalmente se trata del centro histórico que, por constituir la parte más antigua de la ciudad, está cerca de todo: entes administrativos, bancos, comederos “bien” y, fundamentalmente, hoteles. Así, pueden salir a dar “la vueltita” por un lugar que es a la vez seguro, cálido, cerca, pintoresco y, generalmente, a la altura de sus pretensiones de ver/comprar algo “auténtico” incluso ya con carteles en inglés, para hacérsela más digestiva. Como hombre también viajado, sé que lo que se vende en esos lugares son, muchas veces, chucherías de la industria turística (recuerdo pasear por los bajos de la Acrópolis, las cercanías de la Catedral de Santiago de Compostela, por ejemplo, y ver siempre lo mismo en sustancia, vasitos, platitos, cuadritos, en fin… “recuerdo de…”).
No es cierto que “En un primer momento eran mayormente (afro)uruguayos”, ya que hay abundante información histórica de la presencia callejera los afroargentinos, más allá de que la Argentina no existiera como nación, y ya a esta altura podemos decir con alto grado de certeza que no tocaban, precisamente, el candombe que hoy se escucha allí. En todo caso, el reverdecer afro vía los uruguayos -como por ejemplo los Bonga, sin ir más lejos- se potenció o directamente se dio con la vuelta a la democracia y si eligieron ese barrio para sus llamadas fue porque era un barrio histórico y, por ende, vinculado con la negritud local. Pero también porque ya estaba constituido como un polo turístico -aunque no con las dimensiones marketineras actuales-, con lo cual se asegurarían un público ya que, después de todo, si un evento es público es porque se busca/necesita de la mirada ajena (con o sin gorra). También podrían haber ido a otros lugares históricos igualmente vinculados con la negritud local, como Retiro o Flores, pero no lo han hecho y creo, sencillamente, porque allí “no vende”. San Telmo ofrece todo lo que un turista cómodo busca, Retiro es demasiado espacioso y “no hay nada” y a Flores ningún turista en su sano juicio iría: “no hay nada”, es peligroso y queda lejos.
Coincido con vos en la calidad berreta de lo que allí se merca, sean bienes tangibles e intangibles, a excepción de las performaces de candombe al estilo uruguayo, emotivas y espontáneas. Ahora, uno también contribuye, aunque sea indirectamente, a que la berretada se agrande, como el agujero de ozono. Y eso es el “efecto turista”, que todo lo convierte en sale y flash. En un documental sobre budismo laosiano el investigador reflexionaba con los lugareños sobre los efectos colaterales del mismo al exponerlo a la voracidad televisiva primermundista como un nuevo lugar de visita: de un lugar tranquilo y apacible donde los monjes de túnicas rojas caminan en fila por las mañanas recibiendo de los aldeanos una limosna de arroz -todo lo que comerán en el día-, el documental induce a pensar: “miren, acá hay exoticidades nuevas, vengan, compren esta imagen”, y como lo cual, en poco tiempo, la caminata matutina podría devenir en otra performance convenientemente escenografiada al monitoreo de ocasional foráneo, los monjes engordarían por tener que repetirla más allá de la ayuna y los preceptos religiosos serían desplazados por los preceptos del negocio.
PD: Si a los vecinos de San Telmo les molesta la presencia actual negra y no la reconocen como símbolo de la identidad barrial como sí al tango es porque -entre otros motivos, seguramente- en cadena cronológica el tango está más cercano en el tiempo que el candombe y la memoria inmediata del ciudadano medio se ancla más en el pasado vivido más que en otros pasados que hoy sólo están en los libros. Con igual pretensión histórica, los antiguos querandíes podrían reivindicar su presencia histórica, incluso la más antigua de todas, pero ya no ocupan ningún lugar de memoria viva y -salvo que aparezcan argentinos reivindicando esa pertenencia étnica- ni siquiera viven.
Atte. Pablo Cirio.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Centro (Afro)Cultural Defensa


20 de septiembre de 2009 - Primer Toque




viernes, 18 de septiembre de 2009

Santería ABC 1


Es de noche, no muy tarde. Llueve. Camino por una de las calles más renombradas del barrio más caro de Buenos Aires. Llegando a mi destino, un edificio con amplios departamentos que ocupan un piso entero, escucho los tambores batá. Me reto por llegar tarde. Subo hasta el piso correspondiente, la puerta del departamento de donde sale la música está abierta. Pienso: ¿y los vecinos? ¿Cómo no se están quejando ya? ¿Tambores batá en este barrio? Sin embargo, nadie se queja en toda la noche –o al menos, no que yo sepa.
Entro al departamento, con paredes blancas que siempre parecen recién pintadas, pese a que los valiosos cuadros que las adornan no son siempre los mismos. En el living está mi favorito, un Wilfredo Lam. Luego me entero que también hay uno de un archifamoso pintor europeo, pero después de Lam, ya no me importa. Debajo de Lam están preparados los instrumentos de la banda de son cubano que tocará un poco más tarde.
Pero a su derecha está la estrella de la noche: el comedor está completamente tomado por el trono de Yemayá, la homenajeada de la velada. Una gran tela azul entre traslúcida y satinada cuelga del techo con varios pliegues, y le hace de cielo a la sopera bellísima que está colocada sobre un pedestal, un poco más alta, creo, que los demás orichas. A su derecha Changó, con una bella escultura que si no es las que hace el maestro bahiano Otavio se le parece mucho, a la izquierda Ochum, más allá Ochossi (con cuernos de ciervo y una piel de animal sobre el asiento), Obatalá, Oyá y otros orichas que no llego a identificar, algunos que ni siquiera conozco. En la penumbra, Babalú Ayé y Naná, santos a los que no les gusta mostrarse. Sobre la tela que hace de cielo, un cañon que está en el piso proyecta imágenes del mar. No se ven como una pantalla, sino que sugieren, más adecuadamente, sobre los pliegues de la tela, olas y movimiento. Tecnología del siglo XXI para el culto de un oricha primordial. Claro que hace rato que los altares africanos y afroamericanos logran combinar lo antiguo y lo moderno, ya que dentro del concepto de lo que es el oricha todo confluye. El mar fue, es y será, sin importar con qué medios lo represente en cada época. El símbolo muda, el significado permanece. En el piso, sosteniendo al trono, a los orichas, a las múltiples ofrendas de comidas y flores, otra tela, tul esta vez, con manchitas blancas como gotas de agua. Yemaya en su elemento, agua por arriba y por debajo. El altar es una obra de arte. Una instalación que nada tiene que envidiarle –por el contrario- a las que se ven en las galerías. Todos los que estamos allí –y muchos son artistas renombrados- lo sabemos.
Frente al trono, tres tamboreros tocan sus batá, haciendo un oró de igbodú –un homenaje exclusivamente de toques de tambor. A su alrededor, en el living, unas 30 personas miran la escena. Luego llegarán más. Pronto aparece el dueño de casa, El Santero. El Santero es un hombre joven, jovial, elegante, de un carisma infinito. De otra manera no se explica esa rara conjunción que allí logra entre cultura erudita (con C mayúscula) y cultura popular, negra. Miro a mi alrededor: una gloria de la pintura argentina, un renombrado crítico, la mujer de un conocidísimo político, varios artistas de Bellas Artes. En fin, gente que uno espera ver en los eventos reseñados en el suplemento de cultura de La Nación pero no aquí disfrutando de los batá, los mojitos y la excelente comida cubana que empieza a salir de la cocina. Como siempre, quiero capturar el momento, congelar la belleza de esa obra de arte devocional, pero no puedo. La dueña de la fiesta, Ella, no ha sido consultada y no sabemos si es posible sacarle una foto o no. Suena quizás a gentil negativa del dueño de casa, pero nadie más saca fotos, por lo tanto que supongo que así será. Y sé que en esa religión y en esa casa nada se hace sin preguntarle al santo.
De repente los tambores, que habían ido in crescendo, paran. Cuando pienso que la parte religiosa ha terminado y ahora pasaremos al cocktail social, lo que sigue me corrige. Los tamboreros ponen sus sillas –de esas que se ven en anticuarios- en el living, de espaldas a Wilfredo Lam y siguen los toques para cada orixá, ahora cantados por un akpwon. El cantante, a quien conozco de otras ceremonias en barrios menos elegantes de Buenos Aires, ha depurado su técnica. Produce unos bellos contrapuntos cargados de juguetona ironía con el tamborero principal, un pionero de los toques de Ocha locales.
El Santero se pone a bailar frente a los tambores. Una omó-ocha lo acompaña. Un babalawo cubano presencia la escena, complacido. A su lado hace lo propio otro afrocubano, vestido íntegramente de blanco. Su cara me parece conocida, no recuerdo bien de dónde. No contento con protagonizar esta bella escena, cuando llega el canto para Yemaya El Santero nos dice que todos hagamos una rueda y bailemos para agradar a la Homenajeada. La polirritmia endiablada de los tambores es, sin embargo, acompasada y mirando los pies de El Santero y la omó-ocha puedo sacar unos pasos decentes. Termina la rueda y nos pide que nos pongamos en filas frente a los tambores. Bailamos como si estuviéramos en La Habana o Miami –o, en el Gran Buenos Aires. Pero estamos en uno de los barrios más exclusivos de Buenos Aires, con un público –a esta altura ya participantes- netamente ABC1. Imagino las caras de los vecinos de los departamentos de enfrente, y espero la llegada de la policía, que no se produce.
Para terminar el toque y los cantos, El Santero –impecablemente vestido- trae un balde de agua, lo deja frente a los tambores, nos hace formar en dos grupos enfrentados con el agua en el medio, primero bailando en la misma dirección, luego un grupo baila hacia la izquierda mientras el otro lo hace hacia la derecha. Finalmente El Santero agarra el balde, gira y baila con él. Se va hacia la puerta del departamento, y sale a tirarla afuera –¿adónde? ¿a la calle del nombre ilustre?. Qué pensarán los vecinos? Nunca lo sabremos. Quizás estén hechizados, también, como todos los que asistimos a esa fiesta.
Luego de la música sagrada viene la secular. El afrocubano alto, vestido de blanco, se pone delante de uno de los micrófonos y canta, con una voz a la vez rasposa y dulce. Ahí recuerdo quién es. Su nombre está grabado en cualquier lista ilustre de la música afrocubana. Canta un son clásico tras otro, mientras de la cocina llega el plato principal, una comida cubana cuyo nombre ignoro pero que sabía mejor que la que probé varias veces en Miami o Los Angeles. No puedo compararla con la de La Isla porque nunca, desafortunadamente, estuve allí. Luego comemos la torta que estuvo en el piso frente a la Homenajeada.
La fiesta cumple con creces la promesa de la invitación: “Te invito a pasar una noche en la Habana sin salir de Buenos Aires; de mi tierra te traigo a Martí y Lecuona ,al guajiro y la santera, al son ,a la rumba, al ron y el habano, te traigo a Cuba mi hermano, la tierra de mis amores". Pese a que El Santero vive parte del año en Buenos Aires y parte en otro país del primer mundo, su corazón sigue, sin duda, en Cuba.
Finalmente, salgo a la calle. Continúa lloviendo, agua que cae del cielo -apropiada para la velada-. La policía nunca vino.

La artista de la Yemayá...

Encontré la Yemayá que ilustra la entrada "Santería ABC 1" algo de casualidad -pero cuando la ví supe que era la imagen perfecta para ella. Era bella y poseía cierto aire de nobleza y riqueza en su gesto y vestimenta. Y no era de las tantas típicas imágenes que se encuentran por internet.
Por suerte, también tenía el nombre de la autora abajo, lo que facilitaba su uso. Es complicado el tema de las imágenes en la web, uno puede estar "robándolas" sin siquiera darse cuenta. Yo intento ser cuidadoso y dar crédito todas las veces que puedo -aunque a veces uno encuentra imágenes poderosas y no sabe bien de quién es la foto o el cuadro.
Para mi alegría, días más tarde recibí el siguiente mensaje de la pintora:
"Hola,veo mi Yemaya' en su pagina...muchisimas gracias!
Si quiere, puede encontrar los otros Orishas que he pintado en mi sitio:
también en YouTube:
MIS ORISHAS - Maria Giulia Alemanno
PARA CUBASANTERIA -Maria Giulia Alemanno
MI CUBAORISHAS - Maria Giulia Alemanno
MI PANTHEÓN YORUBA
Un saludo especial y Aché."
Maria Giulia Alemanno
Artista plástica italiana

jueves, 17 de septiembre de 2009

Movimiento AfroCultural -no queremos a estos negros acá

( Diego y Javier Bonga, del Movimiento AfroCultural, entrando al CC Defensa, el sábado pasado)

Espero no volverme muy monotemático estos días con lo del Movimiento Afro-Cultural, pero me parece que es un caso testigo realmente importante, ya que va a poner a prueba y revelar todas las prenociones, prejuicios, escalas de jerarquía cultural y también, claro, actitudes racistas de nuestra sociedad. De funcionarios, "defensores de la cultura", "vecinos", periodistas, jueces y aún de quienes habitualmente nos ocupamos de estos temas.

La situación es similar al caso de la familia que piensa que sí, que todos tenemos iguales derechos sin importar raza ni condición social. Primero la hija tiene un compañero negro en el colegio ( "que bien, que abiertos de mente los del colegio"); luego el compañero se hace amigo de la nena ("¿ sos muy amiga del chico ese?"); el nuevo amigo comienza a ir a la casa frecuentemente ("pero tenés que traerlo a casa tanto?"); se ponen de novios ("te dije que no me gusta ese chico para vos") y finalmente anuncian que se casan ("cómo te vas a casar con ese negro de mierda?).

Los límites de la "tolerancia" se prueban cuando los derechos de las minorías comienzan a acercarse peligrosamente a los nuestros y sentimos que amenazan algunos de nuestros privilegios.
Cuando exceden el "lugar" (geográfico, cultural, moral) que les hemos asignado.

Las opiniones de los "vecinos" transcriptas abajo lo muestran claramente. Esta es una "reunión" pero no los dejamos hablar. "Su" lugar no es "este" lugar (por más que legalmente ahora les corresponda). Los apoyamos pero no los queremos acá -ni en el Centro ni en el barrio. Defendemos la cultura pero no esta cultura -que, si es cultura, es suya y nunca podrá ser nuestra.

Movimiento Afrocultural -que hacemos con el "hijo negro"?

El martes pasado se realizó un (des?)encuentro entre los miembros del Movimiento Afrocultural y vecinos e integrantes del CC Defensa.Una de las participantes nos relata su experiencia,
( Integrantes del Movimiento Afrocultural entrando al CC Defensa, el sábado pasado)

¿Y ahora que hacemos con el “hijo negro” de la familia?
Por Viviana Parody
Prof. De Educación Artística esp. en Diversidad Cultural
Maestranda en Antropología Social -FLACSO

Pasadas las 18.15hs del martes se inicio la esperada reunión que pudieran sostener los miembros del Movimiento Afrocultural con integrantes y participantes del Centro Cultural Plaza Defensa, en presencia del Sr. Willie González Heredia (en representación del Ministerio de Cultura) con la finalidad de llegar a un acuerdo respecto de la inminente situación de tener que compartir el espacio cito para el desarrollo de las actividades culturales que ambas instituciones u organizaciones desde hace años llevan a cabo.
El clima reinante desde el inicio del intercambio fue tenso, ya que el inusual modo del Ministerio de Cultura de la CBA de presentar o-mejor dicho- no haber presentado la situación frente a los actores sociales involucrados del Barrio, generó en las últimas semanas que los trabajadores y vecinos de Defensa 535 se embanderen contra la supuesta “privatización” del Centro Cultural.
A los casi 50 minutos de diálogo, las distintas organizaciones de San Telmo presentes como parte de los trabajadores y participantes del C.C. P. Defensa, dejaban en claro su repudio a la política cultural del Gobierno macrista, y también se negaban rotundamente a la propuesta concreta de solidarizarse respecto de compartir el espacio.
Intentando impulsar políticas culturales “pluralistas”, “inclusivas, integradoras, tendientes a la diversidad cultural y a l reconocimiento de la Identidad Afro del Barrio de Monserrat”, el Ministerio. de Cultura de la Ciudad de Bs.As. olvidó sin embargo que la integración social depende también de los lazos sociales que entre las alteridades puedan construirse, y omitió propiciar el encuentro social, que finalmente tuvo lugar el martes por iniciativa del Movimiento Afrocultural. Desconociendo la gran mayoría de vecinos del Defensa la situación y trayectoria del Movimiento Afrocultural, elevaron al Sr. Lombardi por intermedio de su representación presente (Guillermo González Heredia), el “rechazo a incluir cualquier otro tipo de actividad en el espacio de Defensa 535,por razones horario-espaciales exclusivamente- y la concreta propuesta de que para el día viernes 18/9 el GCBA pueda dar respuesta a tal situación asignando al Movimiento Afrocultural un espacio propio en las inmediaciones de San Telmo”.
“En ésta casa no hay lugar”
La situación produjo en el intercambio de palabras (de tono altamente violento casi permanentemente) la emergencia de todas aquellas representaciones respecto de la alteridad que como ciudadanos tenemos sin resolver. No faltó quién reclamara por espacios para ancianos y niños (“acá había una plaza, la tiraron abajo…”), por la redefinición del monumento a la mujer realizado en el Barrio (“queremos una mujer activa, de pie, esa estatua esta durmiendo, en posición acostada”), por las calles cortadas y veredas averiadas de San Telmo, y por no haber sido recibidos por las autoridades para múltiples reclamos y cuestiones. Pero específicamente en materia de identidad, se produjo una constante disputa por “quién daba realmente identidad al Barrio” frente a la propuesta política de devolver “la identidad negra amputada a Monserrat” (según dichos del Ministro Lombardi, en reunión del sábado 12-9).
Los distintos activistas culturales y los vecinos participantes comenzaron a definir inscripciones identitarias múltiples en materia de prácticas culturales…. “a éste espacio lo inauguró la murga, y es la murga la que siempre le dio identidad al Barrio…es la que nos representa”; “aquí nosotros, mis hijos y nietos aprendieron tango, porque es el tango el que le da identidad al barrio”.
Durante casi 60 minutos todos los actores sociales presentes hicieron uso de la palabra hablando de los afrodescendientes sin darle a los referentes del Movimiento Afrocultural la palabra para presentarse y comentar su situación. Realmente dialogaban sin la intención de conocer al Otro que aparece en la escena, a quien el Estado reconoce como “históricamente amputado” de la identidad del barrio pero dada la situación finalmente aparece como “usurpador” .
Se sucedieron expresiones como: “por qué no los mandan a Secretaría…”; “¿a dónde los vamos a meter?”, “por qué tenemos que ponerlos acá”, expresiones frente a las cuales finalmente toma la palabra (en un tono y volumen muy bajo de voz) el Presidente del Movimiento Afrocultural (Diego Bonga Martínez), expresando la intención de no molestar de ninguna manera a los vecinos ni a los demás trabajadores culturales, y solicitando se conversara en términos de respeto.
Reconocer el hecho de los afrodescendientes como históricamente “amputados” del barrio debio haber generado claras políticas de reparación, de reconstrucción del tejido social, con operatorias que precedieran y desplegaran el acto de una resolución en el proceso de un encuentro social propiciante del consenso. (1)
Con temor a que “hoy traen a los compañeros afro y mañana llenan esto de nigerianos y senegaleses”, y con temor a que en nombre de la “cultura quilombola” el Centro Cultural Plaza Defensa se vuelva “un conventillo….porque quieren vivir acá”, los vecinos-murgueros-tangueros-abuelos-mujeres-amigos del Barrio del Defensa expresaron que “de ningún modo es su intención hacerlos volverse a subir al barco (negrero que los trajo de África)…pero que realmente no podrían albergar las actividades afro en Defensa 535….por falta de espacio”.
Frente a la explicación legal de que solo por un tiempo éste espacio serviría para no dejar en la calle –en tanto medida cautelar- las actividades culturales afro , y frente al interrogante de si podrían o no compartir los horarios vacíos de actividad, “los amigos del Defensa” sugirieron entonces la creación de tres centros culturales para el Barrio, atendiendo lógicamente al modo que han demostrado tener de percibir la diversidad, que es desde la fragmentación : “un Centro Cultural para la Murga, otro para los Afro, y que quede tal cual está el Defensa”. Ante esta propuesta, las representantes del COPADI (Colectivo para la Diversidad) allí presentes insistieron en construir otra posibilidad que no fuera “hacer un Centro Cultural para los blancos y otro para las negros”. Pese a ello, pero aclarando que “no hay discriminación porque la Argentina es un país de inmigrantes…” (europeos), los vecinos votaron por unanimidad la moción. También mencionaron que “estando el Movimiento Afrocultural fuera de Defensa” sería “más fácil” continuar la lucha por un espacio, y que de ese modo los vecinos del Barrio de San Telmo podrían apoyar y sumarse a la lucha.
Frente a tal situación, como expresara el presidente del. Movimiento Afrocultural (Diego Bonga Martínez), el Movimiento Afro lo único que espera es “poder llegar a buen puerto”…luego de tantos siglos (continuando la metáfora del barco negrero)…., y en pos de ello…¡se sigue remando!-

De algo podemos estar seguros entonces, como viniéramos conversando desde el Movimiento Afrocultural hacia toda la comunidad afrodescendiente en Argentina: no es exactamente un problema de “invisibilización”…..porque ¡SI se nos ve, en la alegría, en el arte, en la cultura, en la política!...pero ahí nos tienen, como los propios vecinos lo expresaran: “cada domingo desde hace años los escuchamos y vemos pasar por San Telmo con los tambores…y bailamos con ustedes”….pero aún no pueden o no saben “dónde ponernos”, cómo hacerle un lugar a la historia negada, amputada, al hijo perdido...-
El Estado parece estar maniobrando una “cirugía mayor”, que por decreto evite el proceso histórico, social, cultural, simbólico y educativo que aún tenemos por hacer.


Aclaración: las frases entre comillas son textuales de los vecinos y trabajadores de la cultura del CC Defensa.
(1) Estas escenas-como la ficción de dicha reunión del día de hoy-que son emergente tabú de la trama social argentina, “crisol de razas”, que recibe “a todo aquél que quiera habitar suelo argentino”, muchos las hemos visto resurgir a lo largo de las últimas décadas, sin que tengan un tratamiento social y cultural digno de la sociedad que esperábamos ser en el siglo XXI. Quienes participamos de las actividades culturales afro en la década de los ´90 en el Centro Cultural Rojas hemos sido testigos de idénticas escenas políticas. Similares discusiones entre los participantes de las actividades afro, sus docentes y la coordinadora del Area Afroamericana, frente a todos quienes han sido la autoridad máxima del Centro -alguno luego ha sido Jefe de Gobierno de la Ciudad. También entonces los vecinos solicitaban “sacar los tambores por problemas de ruido”, con lo cual luego de arduas discusiones se acabó por disolver el Área Afro del Rojas. Me pregunto cuál será la razón por la cual 15 años despues – y en materia tanto de sociedad y ciudadanía como de políticas culturales estatales de la CBA- “no sabemos adonde meter los tambores”.