¿ Se volvió blanco, después? ¿Qué añade el negro del título a su condición de condenado?Certera e implacable, la revista Barcelona.
¿ Se volvió blanco, después? ¿Qué añade el negro del título a su condición de condenado?
Quizás mi visión de la nota escrita por Cicco para la revista de Crítica sea un poco menos negativa que la de Nicolás, simplemente porque a esta altura, desgraciadamente, no espero nada de los periodistas. No pretendo que sean “leídos” (que lean libros o intelectuales de moda), ni espero que se informen antes sobre el tema que van a escribir –que sepan qué escribieron otros periodistas antes, o cuál es el estado del conocimiento sobre un tema. Usar el archivo de notas de la editorial? Ya fue. No digo que esté bien tener un umbral de expectativas tan bajo como el mío, pero corresponde a lo que suelo encontrar en los periodistas que me contactan. Con excepciones, claro (digamos uno/a de cada tres o cuatro, lo que los convierte en excepciones….).
Aunque ahora con un signo positivo (como corresponde al periodismo border, ver abajo), ésta parece ser un poco la imagen que se desprende de la nota. Cualquiera que la lea va a creer que Isa Soares es sólo “una negra discriminada que no se calla la boca”, obviando el hecho nada menor que fue la precursora e impulsora de una movida cultural ya masiva e importante en la ciudad. Sin minimizar el aporte también muy importante de Telma Meirelles y otras profesoras, no se podría entender el impresionante desarrollo local de la danza afro sin el trabajo inagotable y las dotes humanas y de maestra de Isa. Pero sus múltiples logros docentes y artísticos no aparecen en la nota, que sólo resalta sus peleas reivindicativas en su consorcio. Algo similar sucede con Diego Bonga, otro pionero indispensable de la cultura afro en el país, cuya tarea de promoción cultural y activismo de dos décadas son casi ignorados a favor de su estado febril y su probable desalojo. Lo mismo se puede decir para el incansable activismo militante de Miriam, o de Pocha (éste sí, algo más reivindicado..)
Fuente del texto de Lanata: http://www.criticadigital.com.ar/index.php?secc=nota&nid=7581
Fuente de los dibujos: Clarín del 19/5/1991 y Página 12 (Sátira 12) del 5/5/1991
Periodísticamente hablando, entiendo que una nota de una revista dominical debe dar cuenta de aquellos temas de actualidad que, por su tratamiento o por su grado de inmediatez, ameritan un enfoque diferente (¿profundo?) de la noticia convencional. No obstante, es considerable pensar que una revista dominical “toca” temas de actualidad. Una comparación de las principales notas de la revista, aporta los siguientes datos: en su edición del 13 de julio se publicó una nota sobre un ex carcelero de la guerrilla colombiana (asociada a la reciente liberación de Ingrid Bettancourt), un reportaje a Gastón Gaudio (deportista de actualidad a punto de volver al circuito internacional de tenis), y una crónica sobre el aprendizaje del manejo de automóviles en Buenos Aires (temática asociada al elevado número de accidentes y muertes en la vía pública).
Del mismo modo, resulta un tanto ingrato retratar a una personalidad de la envergadura y la trayectoria de María Magdalena Lamadrid, a partir de la violencia con la que – en 1969 – ubicó de un puñetazo a una “coqueta señora” que le había proferido un improperio cargado de racismo. La violencia amerita un abordaje adecuado. Sin un tratamiento serio, la violencia cae en los lugares comunes que tanto mal le han hecho a los negros en todo el mundo. La lectura de clásicos como Frantz Fanon y de intérpretes contemporáneos como Homi Bhabha, podrían aportar algunas ideas para explicar las razones históricas de la violencia social en función del color de la piel, sin tener que recurrir a anécdotas menores sobre situaciones discretas (mucho menos en letra de molde). Este modo de ver las cosas termina por generar un círculo de violencia entre vecinos y vecinas, sin que la responsabilidad se retire de la escena doméstica-tribal. Nunca es tarde para recordar que el genocidio de Rwanda, que en 1994 cobró la vida de aproximadamente 1 millón de personas, fue retratado por los más prestigiosos medios internacionales, como “una guerra entre tribus de negros”. La explicación del proceso histórico que condujo a esta situación, (de la que participaron europeos, africanos y asiáticos) como la matriz de pensamiento que primó en las decisiones que llevaron a la comunidad internacional a retirarse de la escena en el momento de mayor violencia política, estuvo radicalmente ausente: invisible. Está claro que el periodismo irresponsable no es el único actor a señalar en casos extremos como este, pero las personas que toman decisiones también viven en familias que toman el desayuno en sus casas leyendo revistas dominicales.
Es prácticamente parte del sentido común progresista cuestionar los modelos sociales del siglo XIX, incluso con las herramientas combativas de la actualidad, como la palabra. Pero también es importante saber los riesgos que supone el uso alegre de comentarios historiográficos en una revista dominical. Una adecuada lectura de Las Bases de Alberdi o el Facundo de Sarmiento, permitiría un análisis algo más interesante de su legado que un conjunto verborrágico de insultos hacia individuos que – no debemos olvidar – ni siquiera están en condiciones de enviar una carta de lectores.
Desde un punto de vista antropológico, los comentarios sobre los patrones de migración, los estereotipos nacionales, sus gentilicios y el uso de las fuentes a partir de información oral, no hacen más que remachar el mismo clavo que se pretende cuestionar a base de improperios. Investigadoras como Marta Maffia (la diputada que estuvo trabajando desde la Legislatura para encontrar una solución al problema del desalojo del Movimiento Afro Cultural se llama Diana y se apellida Maffia), han demostrado lo complejo de los patrones migratorios actuales, los cuales hacen difícil inferir generalidades sobre las características de los migrantes contemporáneos – y mucho menos sobre sus sueños. Otras investigadoras de África contemporánea, como Marisa Pineau y Luciana Contarino, han invertido mucho tiempo en la formación académica para desmitificar el esencialismo que asocia nacionalidades, etnias y tribus, a comportamientos homogéneos. Si bien la coyuntura del mercado de trabajo y las redes sociales facilita que muchos senegaleses vendan artesanías y otros tantos nigerianos usen su inglés para conseguir un empleo, es un tanto peligroso afirmar que “cada africano tiene su especialidad”, y que por lo tanto “suelen” trabajar de esto o aquello. Sería equiparable a afirmar que los nativos de periodistilandia que no tienen una especialidad, suelen escribir sobre temas que no les interesan y disimulan su desconocimiento con palabras contundentes.
Por último, es importante volver al rol social de los periodistas, que es diferente del rol de un dirigente político o el de un investigador. Formar opinión es una tarea de tal responsabilidad, que debería existir un mecanismo para medir las consecuencias de un mal ejercicio de la profesión, del mismo modo que un médico debe dar cuenta ante la mala praxis. El campo africanista es un excelente ejemplo del daño que el periodismo sensacionalista les ha causado no solo a los africanos, sino a la humanidad en general que, sedienta de curiosidad y exotismo, ve a un persona (reparemos en el concepto: persona) cuya piel es negra u oscura, y comienza a desarrollar una larga serie de fantasías. Las opciones podrían ser distintas: ver a una persona diferente y ser hospitalario, ver a un africano e imaginar su valentía, ver a una hermosa mujer negra y suponerla ingeniera, encontrarse con un inmigrante y preguntarle si necesita una mano para entender a una sociedad contradictoria hasta la exasperación como lo es la Argentina. Pero no: parece que los africanos se encuentran condenados a ser reproducidos por el sentido común de izquierda a derecha. Revertir esta situación o denunciar su injusticia (ese parecería ser el objeto de la nota de Cicco) es una tarea casi tan importante como informar su existencia.Nicolás Fernández Bravo es antropólogo y docente de historia contemporánea de Asia y África (UBA). Fue director de la oficina del Centro Carter en Mozambique y trabajó en el campo de los derechos humanos en Mozambique, Angola y Sudáfrica. Actualmente asesora al Movimiento de la Diáspora Africana en la Argentina.

